Título: Las rebeliones útiles
Autor/a: Albert Libertad
Fecha: 1907
Tema: Rebelión
Fuente: Transcrito desde el original provisto por [Anarquismo en PDF]
Notas: Publicado originalmente el 28 de marzo de 1907. Traducción y notas por Diego L. Sanromán. Extraído de “Contra los pastores, contra los rebaños”, primera edición de noviembre de 2013 publicada por Pepitas de Calabaza.

Después del discurso tan preciso de Bruckère,[1] resultaría superfluo querer presentaros el historial de la conspiración del gobierno contra nuestro amigo Matha[2] y narraros cómo, bajo el pretexto de detener a un monedero falso, se encarceló a un propagandista.

Habréis de perdonarme, pues, si abandono el tema del mitin de esta noche antes mismo de haberlo abordado.

Me permitiré simplemente invitaron a añadir, a la protesta que hacéis contra la arbitrariedad hipócrita que golpea a Matha, el caso Armand.[3] Los dos hechos son similares. No son dos emisores de moneda falsa los que están en el punto de mira; son hombres que trabajan emitiendo ideas justas. Hablando legalmente, y en lo que respecta a la falsificación de moneda, Matha y Armand son inocentes; no son culpables más que de ser hombres libres.

«Perdonadme si la lengua francesa no es lo bastante rica como para evitar semejantes sinsentidos: aunque encerrados entre los muros de una prisión, nuestros amigos son todavía más libres que el noventa por ciento de los hombres, prisioneros de sus prejuicios y de su ignorancia.

Tampoco yo haré el historial de la conspiración contra Armand. Detalle más, detalle menos, se trata de las mismas felonías, de las mismas artimañas, de las mismas intimidaciones. En un caso el policía se llama Z; en el otro, el soplón se llama Y. En tal sitio dejan una caja; en tal lugar deslizan una moneda. La gente de la policía se sirve de astucias tan torpes y de mentiras tan groseras que dejan su firma por dondequiera que pasan. Es algo que huele mal, que apesta a trampa».

Pero Bruckère ha dejado como inacabado su largo discurso, contando, sin ninguna duda, con que yo sabría entender que los oradores deben tratar, en un mitin como este, de formar un bloque sin solución de continuidad, sin fisuras contra la contradicción. ¿No podría pensarse acaso, al ver el ardor, la insistencia empleada en demostrar la inocencia de nuestros dos amigos, que consideramos culpables a aquellos que se entregan a la fabricación o la emisión de moneda falsa, a aquellos que hacen una competencia ilegal a las monedas de los diferentes países?

Sería ir más allá de nuestro pensamiento; o de mi pensamiento, en todo caso. Nos concentramos en probar la inocencia jurídica de nuestros amigos con el fin de no favorecer los ataques hipócritas de los gobernantes. No decimos: «está mal haber cometido tales hechos», sino: «tales hechos no han sido cometidos por tales hombres». Y lo probamos. Nos esforzamos por arrancar de la venganza legal a Matha y Armand, acusados, en dos asuntos diferentes, del crimen de falsificación de moneda, y esto manteniéndonos en el terreno mismo de la legalidad. Lo que nos lleva a hablar de monederos falsos, de los fuera de la ley, de aquellos que se enfrentan cuerpo a cuerpo con la sociedad para garantizar su subsistencia, su vida, la vida de aquellos a los que aman, de su compañera, de sus hijos.

Todos aquí sois obreros, todos sabéis de la dureza de las condiciones económicas, no ignoráis las dificultades que hay que superar para conseguir proveer vuestros hogares con pan, vestido y residencia. Muy a menudo se han cerrado vuestros puños ante la severidad del propietario y la avaricia del patrón. ¡Cuántas veces, vosotras, mujeres, os habéis indignado por la modicidad de los salarios y el alto precio de los víveres; cuántas veces, para comprar zapatos al más pequeño, habéis llevado los botines desgastados!

Y para remediar tal situación, los amos nos han hablado durante siglos y siglos del paraíso, del Walhalla, del Edén en el que viviremos, tan pronto muramos, con una dicha infinita y eterna. Pero hete aquí que ya no creemos en él y que ese más allá de la muerte no podrá ya hacer de nosotros resignados en vida. Entonces los amos cambiaron de tono y hablaron de reformas, prometieron mejoras en la suerte del proletariado, fabricaron un paraíso más acá de la muerte que condecoraron con el nombre de retiro obrero, en el cual, ay, la dicha no sería ya ni infinita ni eterna. Para el obrero sería el canto de cisne, el último fulgor de la lámpara que va a extinguirse. Y, sin embargo, por módicas, por ficticias que sean tales promesas, los gobernantes no las han mantenido; la popular hermana Ana[4] jamás ve llegar nada.

Además de los gobernantes, otros hombres —y, en ocasiones de los mejores— hablan de una revolución social, de un zafarrancho general que sacudiría hasta los cimientos la organización de la sociedad, que derrumbaría sus vetustos muros y que permitiría establecer las bases de un nuevo mundo. Pero dicha revolución no llegará hasta mañana. Y toda la vida y toda la felicidad de los hombres se encuentran así pospuestas para mañana. Oh, el fatídico mañana: el mañana de los paraísos después de la muerte, el mañana de los retiros en el momento de la vejez; el mañana de un mundo nuevo después de la revolución. Siempre mañana.

¿No comprenderéis, entonces, que los hombres tengan el deseo de vivir hoy, ahora, y que sus dientes se claven ferozmente en el botín social con el fin de arrancarle su parte al margen de leyes y fórmulas, de prejuicios y morales? Así es como se confeccionan las mentalidades de ladrón, de monedero falso, de forajido.

Hace algunos años, antes de llegar por peores medios a sus ministerios, ¿no hemos conocido a un Clemenceau, impulsado por vicios imperiosos, a la caza de la pieza de cien céntimos? ¿No hemos visto a un Briand dispuesto a enredarse en cualquier tipo de manejos para salir de la miseria extrema? ¿Acaso este último no habría pasado tranquilamente monedas falsas si los riesgos del oficio no le hubiesen aterrado?

¿Quién puede juzgarlos? Ciertamente, no los favorecidos por el orden social, los comerciantes, los industriales, los patrones, los gobernantes cuyas vidas son un tejido de cobardías, de holgazanería, de robos, de malversaciones, de amaños y de hipocresías. ¿Los juzgaremos nosotros? No lo creo. Comprendemos demasiado bien las determinaciones de tales actos como para desconocer que son ineluctables. Y lo diré: entiendo mejor esta rebelión individual, incluso en su relatividad, que la pasividad, que la resignación. He dicho: incluso en su relatividad. Nadie ignora que el ladrón, el monedero falso no son más que fueras de la ley momentáneos y que, a menudo, juzgan a sus actos como crímenes.

Partiendo de un punto de vista completamente distinto, también los anarquistas han entrado de igual modo en lucha contra la sociedad. Están determinados a ello más que ningún otro. Las leyes y los reglamentos de excepción que pesan sobre ellos de forma tan excesiva y que ponen contra ellos al patrón, al propietario, al vecino, los sitúan en condiciones de vida tan desgraciadas que, en múltiples ocasiones, se ven obligados al ilegalismo del fuera de la ley individual. Los mañanas de las revoluciones se les antojan una nueva engañifa, las mentiras de los prometedores los desalientan y, con toda su vitalidad, con todo su excepcional ardor, se lanzan al asalto de la sociedad, gritando: «¡Hoy!».

Digamos todo lo que pensamos. Nosotros no «juzgamos» en nombre de la moral, en nombre de la ley; no decimos: eso está mal; sino que nos concentramos en mostrar todo el vacío, toda la debilidad, de tal forma de proceder. Tendemos la mano al monedero falso mientras le decimos: «Eres y sigues siendo nuestro camarada, pero tu método de acción te agota y te mata sin concederte un auténtico hoy, sin avanzar un ápice la llegada de un mañana».

Sí, es una trampa nueva en la que se encuentra atrapada la actividad de algunos de nuestros amigos, es una rebelión individual que pierde su valor porque se esconde tras la mentira y la hipocresía, porque adopta las formas convenidas de la sociedad. Y los calabozos se cierran y no vuelven a abrirse, sin que el pueblo haya comprendido tan solo que un hombre, que un rebelde ha sido arrojado dentro de ellos; sin que pueda reflexionar útilmente sobre el acto realizado.

En otras ocasiones he manifestado lo que pensaba de los actos de propaganda por los hechos realizados individualmente. Me repetiré. Creo que tales actos sacrifican a los mejores, a los más activos de nuestros camaradas, sin dar los resultados que podrían esperarse de semejantes desapariciones. En un determinado momento, tales actos resultaron útiles para llamar la atención sobre un nuevo método, para mostrar hasta dónde podía llegar la resolución de los individuos. No creo que respondan a una necesidad actual. Puede que hayan llamado la atención sobre nuestro método, pero no lo explican; a menudo, pueden incluso alejar a los espíritus interesados en conocerlo.

Pero entonces ¿habrá que contentarse con hablar, con escribir que la sociedad es mala, que los gobernantes son unos tramposos y los gobernados unos cobardes? ¿Basta con lanzar imprecaciones contra los ricos y los afortunados y llorar por los pobres y los que sufren? ¡No lo creo!

Entonces ¿habrá que sindicarse, que organizarse internacionalmente, que unificarse? ¿Habrá que codificar la revolución y comentarla estatutariamente? ¡Sí, si tenéis tiempo para morir sin haber vivido! No, si queréis vivir conociendo al menos la alegría de adelantar la llegada de una nueva era.

Debo explicarme aquí sin caer inútilmente bajo los golpes de la ley. Debo formular mi pensamiento sin que un señor sospechoso, que no entiende el francés más que del revés, pueda tener ocasión de hacerme decir lo contrario de lo que digo o encontrar en mis medias palabras o en alusiones vagas todas las insinuaciones y todos los apoyos que anda buscando. Voy a decir simplemente lo que pienso.

Amo el trabajo útil. He combatido el sabotaje porque me parece que adopta formas turbias y no se realiza más que en provecho de otro patrón. El boicot mismo me ha parecido anticuado y, muy a menudo, las huelgas se me han antojado pueriles. He visto talleres en los que los obreros trabajan en tales condiciones de insalubridad que se les podrían llamar antecámaras del hospital. He visto centenares de mujeres inclinadas, partidas en dos sobre los encajes, en espacios asesinos, sin aire y sin luz, víctimas en poco tiempo de la tuberculosis. Quisiera que la única rebelión posible, el único sabotaje, consistiese en quemar semejantes presidios. No puede ser que tales desafíos a la vida humana subsistan.

En los tiempos de la Comuna, los revolucionarios ciegos quemaron hoteles y palacios ¡y dejaron subsistir ruinas lamentables y tugurios infectos! ¿Por qué destruir los palacios y las mansiones burguesas? Hay casas en pleno París que son pequeños cementerios. ¿Cómo osan ofrecer semejantes toperas para alojar a hombres, mujeres y niños? ¿Qué dolorosas obligaciones hacen que familias enteras se sepulten en esas siniestras cuevas? Vosotros lo sabéis demasiado bien. Conozco, en los barrios obreros, casas que, durante ciertas epidemias, arrojaron como forraje a la muerte centenares de cadáveres. Lo repito: contra tales infracciones a las leyes de la higiene, no hay más que el fuego purificador... Lo repito: no puede ser que tales desafíos a la vida humana subsistan. Abandonar esos talleres, dejar esas casas manteniéndolas en pie, ¿no significa tener la responsabilidad de la muerte de centenares de otros individuos? ¿No significa dejar que subsista el mal, listo para engullir con sus temibles fauces a otras mujeres, a otros niños? ¿Cómo podemos salir adelante sin pensar en las nuevas víctimas que el monstruo anti-higiénico devorará de nuevo?

¡No podemos! Por humanidad, diría yo, hay que destruir, hay que quemar esos cuchitriles infectos en los que vidas humanas se arrastran lamentablemente, en los que se realiza la espantosa obra de degeneración de la raza.

No ha de ser el acto de un hombre, sino el acto de una colectividad. Es bueno que, si todo el peso de la venganza legal quiere dejarse caer sobre aquellos a los que complace llamar culpables, todos los obreros de tales presidios, de esas siniestras casas, se alcen y digan el porqué de sus actos de una forma clara, de una forma precisa, a fin de que no se pueda mentir a la opinión pública.

Las revoluciones están hechas de una serie de rebeliones. Solo cuando los hombres sepan dirigir sus rebeliones hacia actos fecundos, se producirá una auténtica revolución en su modo de existir. A la era actual de vida estúpida y miserable podrá suceder una vida normal, liberada de todos los gérmenes de embrutecimiento y de muerte.

[1] Militante socialista del Sena que representó a la Federación en los congresos nacionales de Limoges (1906), Nancy (1907) y Toulouse (1908), después de haber sido delegado del Norte en el Congreso de Unidad (1905).

[2] Louis Armand Matha (1861-1930). Militante anarquista, gerente de la publicación L'En Dehors (http://endehors.org/) y amigo de Émile Henry. Participó también en la creación del Libértaire y del Journal du peuple en la época del asunto Dreyfus. Más tarde participará en la organización de la gira de conferencias de Sébastien Faure y de Louise Michel por toda Francia. Perseguido por falsificar moneda, «afirmaba ser víctima de una maquinación policial» (Jean Grave, Quarante ans de propagande anarchiste, Flammarion, París, 1994, pág. 446).

[3] Ernst Armand (1872-1962). Participante en las Causeries populaires, fue arrestado el 6 de agosto de 1907 y condenado, el 9 de mayo del año siguiente, a cinco años de prisión por complicidad en la emisión de moneda falsa.

[4] Soeur Anne, en el original: nombre de la hermana de la joven esposa de Barba Azul en el cuento de Perrault de igual título. En el momento en el que Barba Azul se apresta a decapitar a su mujer por haberlo desobedecido, Ana se encarama a una torre desde donde espera avistar la llegada de sus hermanos, que salvarán a ambas mujeres.