Título: Contra los pastores, contra los rebaños
Autor/a: Albert Libertad
Fecha: 2013
Fuente: Recuperado el 3 de noviembre de 2015 desde bibliotecaanarquistaculturayaccion.blogspot.com y original provisto por Anarquismo en PDF.
Notas: Traducción y notas por Diego L. Sanromán. Transcrito desde la primera edición de noviembre de 2013 publicada por Pepitas de Calabaza.

Delantal del libro, oséase Prólogo, o incluso Advertencia para Incautos

Vivir intensamente, para sí, en el placer sin fin y la
conciencia de que lo que vale radicalmente para sí
vale para todos. Y por encima de todo, esta ley:
«Actúa como si jamás tuviera que existir futuro».

Raoul Vaneigem

No es fácil ni grato escribir eso que llaman un prólogo cuando a uno le ronda detrás de la oreja la mosca de la duda de si no será esta una de esas tareas a las que el prologado solía motejar de inútiles y prescindibles. Pues si, en efecto, nos ceñimos al estricto criterio de monsieur Joseph Albert, más conocido como Albert Libertad, la función de prologuista es tan hueca el innecesaria como la del poinçonneur des Lilas de la canción, la del paseante de perritos caniche o la del Jefe del Estado, si no más. A primera vista, se trata de un oficio que nada tiene de práctico ni agradable, que no «ayuda al desarrollo de nuestros sentidos» —como quería Libertad—, ni tampoco «a la satisfacción de nuestras necesidades». Ya lo han dicho otros antes, así que también esto sobra: si el libro es bueno, no necesita prólogo porque se basta a sí mismo; y si es malo tampoco, porque el prólogo resultaría redundante; en realidad, están de más libro y proemio. La cuestión, entonces, es: si ni pinchan ni cortan, ni saben ni huelen, ¿para qué prólogo y prologuista? O mejor dicho: ¿para qué un prólogo, para qué un prologuista, en el caso concreto que aquí nos concierne? Después de mucho estrujarme el magín, creo haber encontrado una respuesta que puede servirme de justificación: el prologuista vendría a hacer, en esta ocasión, las veces de un Can Cerbero literario y el prólogo, las veces de una advertencia a los lectores desprevenidos y cándidos. Me explico.

Lo que viene a continuación no es plato de gusto ni materia de cómoda digestión. Al transitar por las páginas que vienen más adelante es muy probable que el susomentado lector se vea zarandeado, zaherido y turbado, y que salga con ardores de estómago y dolor de barriga. Acaso haya entrado aquí con buen ánimo y con la lección aprendida. «¡Albert Libertad! ¡Claro! ¡Cómo no! Un anarquista de los de antaño, ¿verdad?». Si el lector es más o menos correlegionario, se dirá: «un viejo ácrata, buena gente. Algo ingenuo, pero de buen fondo, en todo caso. Y además, firmes defensores de la causa proletaria»; y si llega desde la otra orilla ideológica, más o menos lo mismo. Por eso decía yo que conviene advertirles lo más pronto posible de lo que les espera, que nada tiene que ver, por cierto, con palabras tiernas te amenos paseos. Albert Libertad reparte mandobles a diestra y siniestra, a ricos y a pobres, a los miserables de chistera y leontina y a los miserables de para nada y alpargata, y a estos últimos aún con más fiereza si cabe, por su condición de serviles y de consentidores de su lugar subalterno. Que nadie se llame a engaño, pues.

En los textos que podrá leer tras el que ahora tiene ante los ojos, el amable lector o lectora se verá tratado de esclavo, tumbacuartillos, mequetrefe, puta, putañero, meapilas, bofia, guripa, sindicalista, sindicado, madero, gilipollas, acémila, criminal, borracho, lameculos, tuercebotas, besasuelos, mamacallos, patriota, votante, idiota, legalista, honesto, predicador, orador, crédulo, soplagaitas, pusilánime, zolocho, elector, ignorante, siervo, cretino, filibustero, mentecato, miserable, inútil, vendido, comprado, víbora, liendre, sanguijuela, atontado, bautizado, casado, bendecido, mezquino, rastrero, entregado, adocenado, tarado, socialista, bellaco, majadero y así otros tantos epítetos, lindezas y dolorosas verdades que nadie recibe con gusto y sin protesta en plena jeta. Sepa, en consecuencia, que si sigue avanzando lo hace por su cuenta y riesgo, y no pretenda después pedírselas a quien ya le avisó, o al impresor o al editor de este volumen, que ninguna responsabilidad directa tienen en el asunto. Ahora bien, si a pesar de todo consigue aguantar el envite, es casi seguro que saldrá más lúcido, más curtido y acaso más libre de lo que entró. Tal vez la apuesta merezca la pena.

Huelga decir que los improperios y ataques de Libertad nunca son gratuitos. Si los términos agitador de conciencias tienen algún sentido y si hay alguien a quien le queden como de molde, es, sin ningún género de duda, a nuestro autor. Libertad parte de la consideración de que es cosa sabida que el burgués es una sanguijuela miserable; se trata de una evidencia, forma parte del sentido común y hasta del folklore obrero; y por eso no conviene perder demasiado tiempo repitiendo sermón tan manido, que el tiempo no es oro, sino vida, y la vida de suyo breve y preñada de solicitaciones fascinantes, y no es cuestión de andar derrochando deseos y energías en lances improductivos que, lejos de hacernos más fuertes, nos debilitan y acaban por convertirnos en pienso para gusanos. Libertad prefiere vivir plenamente, en la medida en que sus fuerzas y el medio —siempre hostil— se lo permitan, y convocar también a los otros a la vida. La cuestión es que los otros —los otros que no son el burgués, se entiende— andan como dormidos y entretenidos en mil bobadas y fruslerías, bailando como sonámbulos al ritmo monótono que marca el amo y apuntalando con cada gesto, con cada paso y movimiento, el muro que los separa de la emancipación. Creen ser libres y algunos hasta se las dan de revolucionarios, pero, las más de las veces, lo único que hacen es reproducir las condiciones seculares de la opresión y el engaño. Las duras palabras de Libertad serían, entonces, algo así como un balde de agua fría sobre la cabeza del que duerme el sueño beatífico del idiota.


Segundo punto. Otra función que, tradicionalmente, viene a cumplir un texto introductorio, prólogo, proemio de la vida y obra del autor al que hace referencia, y esto con el fin de que se sepa de qué pie cojeaba el tal y de buscar en lo privado las claves de interpretación de lo que es público, notorio y quedó puesto negro sobre blanco en algún artículo, libro o lo que fuere. Tampoco es este cometido de mucho fuste, pues por lo general el texto se basta y se sobra para defenderse a sí mismo, y si no, repito lo que ya dejé dicho en el primer párrafo. En todo caso y habida cuenta de que, si plantase aquí el punto final, esta advertencia iba a quedar algo escasa y demediada, diremos alguna cosa sobre la vida del señor Albert Libertad, sobre el mundo con el que le tocó bregar y sobre cuáles fueron sus méritos como propagandista y militante de la causa libertaria. Por lo que se refiere al pie del que cojeaba Libertad, hay que comenzar diciendo que lo cierto es que cojeaba de los dos y, según parece, de resultas de una enfermedad infantil que lo condenó al uso de muletas durante el resto de sus días.

La cuenta de estos últimos no fue, por desgracia, demasiado larga, ya que Libertad murió joven, pero, ni la brevedad de su vida ni la traba de las muletas, le impidió tener una existencia intensa y luchar con todos los medio a su alcance por la propagación de la Idea anarquista. Acaso tuviese que sustituir la gimnasia revolucionaria por el ejercicio dialéctico más de lo que hubiera sido de su gusto, pero a cambio desarrolló sobre todo un músculo: una lengua afilada y certera que se clavaba como un dardo en el trasero de los poderosos y en la conciencia de los siervos voluntarios. No conviene, sin embargo, que adelantemos acontecimientos, y vayamos por orden y al principio. Hijo de padres desconocidos, Joseph Albert nace en la ciudad de Burdeos el 24 de noviembre de 1875, y en Burdeos vive hasta que cumple los veintiún años. La ley establecía entonces que los niños de la asistencia pública debían haber alcanzado la mayoría de edad para poder abandonar su tutela y su ciudad natal, y Libertad hizo, en este caso, lo que estaba mandado. Cursa, pues, sus estudios de secundaria en el Liceo de la misma villa y, a los diecinueve, empieza a trabajar como contable y a interesarse por el anarquismo. Un par de años después y poco antes de partir para París, ya es conocido como propagandista al servicio de la anarquía.

A trancas y barrancas, Libertad se cruza Francia de parte a parte. Él mismo cuenta así su pequeña odisea en un texto primerizo: «Cualquiera que se haya topado en su vida con esos terribles enfermos que son los atáxicos, puede imaginar el doloroso calvario por el que pasó, desde la Gironda hasta el Sena, a través de campos hostiles con el vagabundo, bajo la incesante persecución del gendarme o la mirada odiosa del campesino, este hombre, más débil que un niño pequeño».[1] En París, pasa las primeras noches con el culo al raso y las costillas molidas por la dureza de los bancos que le sirven de cama en los bulevares exteriores, o bien, si hay más suerte, en los asilos nocturnos que la Ciudad de la Luz reserva a los habitantes de su populosa Corte de los Milagros. Enseguida entra en contacto con los medios anarquistas parisinos y, más en concreto, con las gentes que pululan en torno al periódico Le Libertaire, cuyas oficinas le sirven temporalmente de refugio. Comienza así la conversión del joven Joseph Albert en el fiero Albert Libertad.

Apenas lleva un mes en París y ya se hace notar sonoramente. Estamos en agosto de 1897; es domingo en la Basílica del Sacré-Coeur, templo católico entonces de reciente edificación que, para mayor guasa y escarnio, se ha levantado para honrar a los caídos en la guerra franco-prusiana y expiar los pecados cometidos por los comuneros. Entre los mendigos que hacen cola para recibir la libra de pan que la iglesia ofrece graciosamente cada mañana de jueves y domingo, se encuentra también nuestro cojo bordelés. «Sin esperar su ración —dice Libertad—, cuando escuchó al predicador hablar de la influencia nefasta de las ideas malsanas, osó gritar al abominable mentiroso que así se expresaba cuán exasperante resultaba su audacia». A Libertad le sorprende la reacción de la turba de los empobrecidos ante los exabruptos que lanza contra el sacerdote; le llama la atención que sus palabras no hagan eco en aquella masa de miserables que, por añadidura, dejan hueco para que las gentes y las fuerzas del orden la emprendan a puñadas con el joven impedido. Según cuenta la crónica, se necesitaron más de cinco hombres para sacar primero a Libertad del templo y después meterlo en el trullo.

En efecto, la interrupción de la prédica en el Sacré-Coeur le cuesta a Libertad la privación de esta durante un par de meses. Es la primera vez que le ponen a la sombra de los muros de una prisión parisina, pero no será, desde luego, la última. El alborotador ya se lo huele y así lo expresa en el artículo que venimos citando: «Y como el detenido reivindicó no solamente su acto de rebelión, sino que habló de otros rebeldes, las puertas de la prisión se abrieron y se cerraron tras él. El tribunal decidirá sobre el caso de este criminal, del que esperamos desembarazar a la sociedad durante al menos cierto tiempo». Después vendrán otras condenas por gritos sediciosos, por negarse a circular, por rebelión, por desacato a la autoridad, y en fin, por meterse en mil y una trifulcas y tumultos en los que el cojo se sirve de sus muletas, con una destreza desusada, a modo de mazas o garrotes. «Libertad —recuerda Eugène Dieudonné— se tumbaba en el suelo y, con sus muletas, trazaba terribles molinetes».[2] Parece que particularmente sonada fue la que lió en la localidad de Noisy-le-Sec algunos años más tarde, en la que, esta vez al grito de ¡Abajo el ejército!, empleó con especial ligereza y contundencia sus ayudas y despuntó como ninguno en el desigual combate. La broma le salió por tres meses de prisión.

Claro es que no todo eran golpes de muleta y zirriagazos. Al poco de llegar a París, Libertad también comienza a trabajar; primero, como corrector de pruebas de la imprenta de Aristide Bruant, el famoso cantautor y cabaretero al que inmortalizase Toulouse-Lautrec, en la que se publica el semanario La Lanterne; algo más tarde, para el Journal du peuple del anarquista en ello-malthusiano Sébastien Faure; y, finalmente, a partir del año 1900, en la imprenta Lamy-Laffon. En las mismas fechas, se afilia al sindicato de correctores y empieza a descollar como propagandista de la causa libertaria. Colabora de forma episódica en el ya citado periódico de Faure, en el Libertaire, que también anima este último junto a Louise Michel, en Le Droit de vivre de Constant Martin, en Les temps nouveaux de Jean Grave, y así hasta que tenga oportunidad de fundar su propia publicación, l'anarchie, que ya se mencionará algo más adelante. El caso es que, aunque su firma aparece dispersa por aquí y por allá en algunos de los muchos periódicos y revistas libertarios de la época, la lucidez, la ironía, la mala baba y la fuerza de los textos de Albert Libertad ya son justamente conocidas y reconocidas en estos primeros pasos del siglo XX.

Aunque lo cierto es que a Libertad se le da mejor el combate cuerpo a cuerpo y la lengua hablada que la escrita. O, al menos, igual de bien. La vehemencia de sus discursos más o menos improvisados van ganando fama en las calles de Montmartre y de otros barrios del París proletario y canalla, y algunos comienzan a ver en él a un moderno Sócrates o a un nuevo Diógenes. Como, por ejemplo, monsieur André Colomer, que en su A noux deux! Patrie! esboza un encendido retrato de nuestro autor: «Libertad hablaba. Su voz áspera y al mismo tiempo cantarina contaba, en inflexiones precipitadas como un desbordamiento del corazón, la alegría de vivir al ritmo de sensaciones libres en la simplicidad de gestos sin moral, el horro de agonizar bajo el mecanismo de tareas serviles en la complejidad de los movimientos convenidos, la estupidez de los políticos, la complicidad de amos y esclavos, el autoritarismo de toda fuerza colectiva, la cobardía de los hombres que no saben actuar más que en rebaño y el goce de descubrirse y recrearse, y de agotar toda la savia, como un tallo recto y flexible que se estira hacia el sol, y asegurarse uno mismo la cada y la libertad a plena luz. Libertad cantaba a la anarquía como una fuerza que cada uno llevaba dentro de sí».[3] De opinión semejante es el ya citado Dieudonné, que, más económico y menos retórico, evoca en sus Souvenirs el magnetismo y la capacidad de convocatoria de nuestro autor, pero no el periodista Méric, para quien Libertad no es más que un discurseador gárrulo, lleno de facundia y de una excesiva seguridad en sí mismo, pero dotado de una cultura tirando a escuálida.

Sea como fuere y tenga razón quien la tenga, lo que no deja de ser verdad es que el ascendiente de Libertad en ciertos medios anarquistas se va haciendo cada vez mayor y cada vez más notable. Es entonces cuando decide dar un paso más allá. Como recuerda Libertad en su artículo de finales de 1906 Actividad anarquista,[4] después de haber ofrecido muestras de su pericia en lo que él mismo llama «propaganda de orden negativo», ahora se trata de comenzar otra complementaria de orden positivo y edificante. Y esta será precisamente la idea que anime la fundación de las Causeries populaires, o charlas populares, «una agrupación anarquista sin cotización, estatutos ni inscripción» que Libertad, Paraf-Javal y algunos otros ponen en marcha en octubre del año 1902. El origen inmediato de la propuesta se hallaba, en realidad, en las Universidades populares que habían florecido en gran número por toda Francia en el contexto del asunto Dreyfus y que habían permitido un precario acercamiento entre intelectuales y académicos y las petites gens y el proletariado más o menos militante. Tales Universidades permitían, por una pequeña cuota, el acceso de estos últimos a una biblioteca de préstamo, a cursos de idiomas, a consultas jurídicas y a las conferencias sobre los más variados temas que, expertos en la materia, daban varias tardes por semana; sin embargo, la coyunda entre intelectuales y trabajadores pronto reveló su limitada solidez, pues mientras los primeros temían la vulgarización que el medio parecía exigir, los segundos sospechaban de la benevolencia de los jóvenes conferenciantes, que acaso no pretendías más que medrar y hacerse ver, y el resultado era que nadie quedaba del todo contento. Las Causeries de Libertad y Paraf-Javal nacen justamente con el fin de solventar tales carencias el imprimir a la actividad de agitación y propaganda una orientación anarquista más nítida y explícita.[5]

En este mismo año de 1902, Libertad todavía tiene ocasión de fundar, una vez más junto a Paraf-Javal, y también codo con codo con Henri Beylie, Émile Janvion y Georges Yvetot, la Liga Antimilitarista, que se encontrará presente en el congreso de igual tendencia que se celebra en la ciudad de Ámsterdam casi un par de años más tarde. De aquel congreso saldrá la Asociación Internacional Antimilitarista (AIA), defensora de la deserción como principal forma de acción, y a la que tanto Libertad como Paraf-Javal rehusarán adherirse, según parece, por considerarla una organización incapacitada de principio para cumplir con los fines que se había propuesto. Con todo, la propaganda contra los ejércitos y sus guerras será una constante tanto en las charlas populares cuanto en los textos publicados en el que habrá de ser el principal órgano del anarquismo individualista francés, l'anarchie, del que prometimos decir algo un poco más arriba. Según narra Libertad, el éxito de las charlas populares había llevado a su proliferación no solo en París y su periferia, sino también en otros lugares fuera de Île-de-France, y hecho en consecuencia necesaria la constitución de un instrumento que permitiese organizar y articular a las distintas agrupaciones. En buena lógica libertaria, si las Causeries habían permitido la libre federación de los individuos, dicho instrumento debía facilitar la libre federación de grupos autónomos. El semanario l'anarchie, cuyo primer número sale a la calle del día 13 de abril de 1905, es el llamado a cumplir dicha función.

A Libertad tan solo le quedan tres años de vida, pero serán años de actividad enérgica y plural en los que l'anarchie ocupa una posición determinante. En torno al semanario —que «sale todos los jueves», como reza bajo el título de portada—,[6] además el propio Libertad, que multiplica su presencia mediante incontables seudónimos, andan gentes como Victor Kibalchich (más tarde conocido como Victor Serge) y su compañera Rirette Maîtrejean, una habitual de las Causeries; las hermanas Mahé, ambas compañeras de Libertad, con el que además cada una ha tenido un hijo: Anna, que dirige la publicación junto a Libertad, y Armandine, que se ocupa de la tesorería; el infatigable André Lorulot; Maurice Vandamme, al que en los medios se conoce bajo el remoquete de Mauricius; la pintora y pedagoga Émilie Lamotte; Jeanne Morand, que se encuentra también comprometida en la construcción de un teatro y un cine proletarios y respondones; el belga Raymond Callemin, al que también llaman Raymond la Science y que, pasado el tiempo, se convertirá en el principal inspirador intelectual de la Banda de Bonnot;[7] el futuro editor de literatura erótica Maurice Duflou; o el stirneriano Émile Armand,[8] entre varias decenas de redactores y colaboradores de ocasión. Un grupo este que evoluciona en torno a las charlas populares y l'anarchie del que, según afirma Victor Méric, habría de surgir el movimiento individualista el ilegalista que desembocaría en los llamados Bandidos trágicos; aunque, en todo caso, cuando Bonnot y sus muchachos comenzaran hacer de las suyas, el bueno de Libertad ya no estaría allí para contarlo.

Como se señaló más arriba, y es algo que se ha convertido casi en opinión consensuada, l'anarchie deviene de forma inmediata en el principal órgano escrito de lo que ha dado en llamarse anarquismo individualista. Charles Jacquier, por no citar más que a uno de los estudiosos del asunto, afirma que el periódico de Libertad es el punto de culminación de dicha corriente y, al mismo tiempo, su apogeo y su canto de cisne.[9] No ha de tomarse por donde no es, sin embargo, lo del individualismo. El anarquismo que defiende el equipo de l'anarchie nada tiene que ver, por ejemplo, con formas de liberalismo más o menos radicales, de esas que ponen al individuo poseedor, egoísta y acaparador de los poderes públicos, ni tampoco con lo que podría denominarse libertarismo, doctrina que tomaría la libertad individual como ídolo y punto de partida de cualquier acción social transformadora y que, como se verá más adelante, a Libertad no le hace demasiada gracia. De eso nada. Por lo que le tengo leído a Libertad y a otros ácratas de la misma cuerda, yo diría que el acompañamiento individualista que sigue al término anarquismo hace referencia más bien a cuestiones de método político y táctica vital que a cualquier otra cosa. En pocas palabras, si los anarco-individualistas se enfrentaban a otras tendencias dentro de la gran familia ácrata era, fundamentalmente, por considerar errado su método de acción revolucionaria el ineficaces sus modos de obrar para alcanzar el fin común de una sociedad comunista basada en la libre federación de individuos y grupos, y en la que tanto unos como otros pudieran alcanzar su grado más alto de desarrollo. Si la insurrección revolucionaria (que proponían, por ejemplo, los anarco-comunistas) no había triunfado, si la huelga general (por lo que apostaba el anarco-sindicalismo) no había servido para derribar al Estado capitalista se debía, sobre todo, a que se había descuidado lo esencial: la transformación radical de los individuos llamados a operar tal cambio. Mejor será, en cualquier caso, que se expliquen los individualistas mismos.

Afirma, sin ir más lejos, Le Rétif (Victor Kibalchich o Serge, como se prefiera) en un texto del año 1911: «Los individualistas son revolucionarios, pero no creen en la Revolución. No creer en ella no quiere decir que sea imposible. Tal cosa resultaría absurda. Nosotros negamos que sea posible antes de mucho tiempo; y añadimos que, si un movimiento revolucionario se produjese en el presente, aunque saliese victorioso, su valor innovador sería mínimo».[10] A lo que añade Bénard: «Siempre hemos dicho que votar no servía de nada, que hacer la revolución no servía de nada, que sindicarse no servía de nada en tanto los hombres sigan siendo lo que son. Hacer la revolución uno mismo, liberarse de los prejuicios, formar individualidades conscientes, he aquí el trabajo de la anarquía».[11] Y, finalmente, nuestro autor: «El enemigo más áspero de combatir está en ti, está anclado en tu cerebro. Es uno, pero tiene diversas máscaras: es el prejuicio Dios, el prejuicio Patria, el prejuicio Familia, el prejuicio Pro. Se llama Autoridad, la santa prisión Autoridad, ante la cual se inclinan todos los cuerpos y todos los cerebros».[12] En fin, digo yo que, de momento, no será preciso añadir más.


Tercer punto, y final. Lo escrito en último lugar nos puede servir, finalmente, para dar cumplimiento al último cometido que, por lo general, se suele encomendar a un prólogo y su prologuista: la de soltar cuatro frases o cuatro palabras sobre el texto que le viene detrás y que, también por lo general, suele ser el que de verdad interesa al que compró, afanó o tomó en préstamo el libro de que se trate en cada situación particular. A saber si el tal habrá tenido redaños suficientes para llegar hasta aquí y no habrá saltado ya al primer texto de nuestra compilación, lo que, en cualquier caso, diría mucho en favor de su inteligencia y de su intolerancia para con la estupidez ajena. Pero, como tampoco es cosa de caer en descortesías a la curiosidad del que penosamente consiguió arrastrarse hasta esta línea que ahora redacto, ahí van algunas notas e informaciones que acaso supongan algún improbable y perezoso escolar que ande a la búsqueda de sinopsis, compendios y resúmenes para sus deberes de Historia, Ciencias Sociales o Educación para la Ciudadanía. Sepa, para empezar, el sufrido lector que lo que se encontrará después de veinticinco artículos de los muchos que escribió monsieur Joseph Albert, alias Albert Libertad, la mayoría de los cuales, y como no podía ser menos, proceden del ya glosado semanario l'anarchie y que, puesto que este último vino al mundo allá por abril de 1905, solo tiene que andar fijándose en las fechas que aparecen al pie de cada texto para saber cuáles son del periódico en cuestión y cuáles no. Esto en lo que se refiere a la forma y estructura del volumen que ahora tiene entre las manos.

En lo que hace referencia a su contenido, diremos aún menos si cabe, puesto que Libertad lo expresa mejor y con más tersura y contundencia. Libertad no vivió más de treinta y tres años y empezó a escribir y publicar con veintipocos; esto significa que no tuvo demasiado tiempo para dejar constancia escrita de lo que sentía y pensaba, y sin embargo, aún pudo emborronar un buen montón de resmas de papel y darlas a conocer a un público no precisamente menguado en una época que aún nada sabía de los modernos medios de difusión masiva de la información.[13] Los textos de Libertad son textos de combate, intervención y circunstancia, y no áridos tratados ni ensayos teóricos, y además muy abundante en número y temática; lo que viene a continuación es, pues, solo una muestra de todo lo que escribió, pero —o, al menos eso espero— una muestra cabal y más que suficiente para que a cualquiera le quede clara la concepción que el autor se hacía de la anarquía y de los medios que habían de emplearse para su propagación y ulterior implantación.

Es probable que, en un primer momento, llame la atención de los lectores el hecho de que Libertad no considere la anarquía como una ideología política específica, sino más bien como una suerte de anti o contra-ideología, que el autor identifica con el devenir mismo de la humanidad en su proceso de emancipación. A la construcción de la idea anarquista habrían contribuido así no solo aquellos que generalmente aparecen bajo tal rúbrica en los manuales de historia o de politología, sino también, y acaso de forma más destacada, toda una larga tradición de rebeldes que incluiría otra parte, desde los albigenses hasta Galileo, desde Voltaire y los enciclopedistas hasta Pasteur, Stirner o Marx, y cuyo principio unificador sería el cuestionamiento continuado de la autoridad y del irracionalismo y la defensa del libre examen en cualquier aspecto de la existencia. Libertad va incluso más lejos en algunas ocasiones y, acaso bajo el influjo de su amigo Paraf-Javal, llega a afirmar que la anarquía, antes que una ideología particular o incluso que una filosofía, es una ciencia o una «forma científica de ser» que pone al individuo, sus necesidades y deseos, en el centro de sus intereses. La contrapartida no es, sin embargo, de importancia menor, pues, como bien advierte Libertad, el de anarquista es un adjetivo que trae consigo una enorme carga y responsabilidad: el que decide vivir en anarquista carece de dogmas a los que agarrarse, de cielos a los que clamar, de salvadores que lo rescaten, de jefes que lo dirijan por el buen camino y de dioses que respondan a sus ruegos y rezos. Ahí es nada.

Ahora bien, no reconocer jefes ni dogmas significa no reconocerlos en absoluto. Es decir, que tampoco cabe el recurso a los santos del santoral obrero o socialista ni dar el tópico o la palabra mascada y consabida por respuesta cuando se trate de afrontar las diversas complicaciones de lo cotidiano. Por eso es probable que también choque a algunos la rudeza con que Libertad la emprende contra el descanso semanal, el sindicalismo, el socialismo, el utopismo revolucionario y algunos otros puntos más o menos intocables de la agenda del movimiento obrero de la época. Libertad no teme épater l'ouvrier; tan poco marxista como el propio Marx, reconoce que la ideología dominante es la ideología de la clase dominante, sabe que las más de las veces el obrero piensa con cabeza de patrón y que, creyendo trabajar por su emancipación y la de su clase, en realidad no hace sino reforzar los eslabones de la cadena que lo mantienen atado a un sistema inicuo y asesino, y también que uno no puede andarse con delicadezas cuando de lo que se trata es de despertar la rabia y la indignación de la mayoría sometida. Si el sistema aguanta es gracias a la servidumbre consentida de los que laboran y producen, que, por cierto, son los más. Casi cuatro siglos antes de que Libertad naciera, Étienne de la Boétie ya se había encargado, por cierto, de demostrar que la corrupción y la miseria moral de cualquier comunidad política son algo así como un oscuro pringue que se desliza por las paredes de la pirámide social hasta terminar por cubrirlo todo.[14] Bastaría con que los de abajo dejaran de creerse el cuento y dijeran no —reconocerá Libertad— para que la edificación comenzara a zozobrar.

Finalmente, hay que señalar que la anarquía, la construcción de la libertad individual y colectiva, no es tarea para mañana. La anarquía —como el sometimiento y la servidumbre, por otro lado— se hacen a cada paso y con cada gesto, en la inmediatez de la cotidianidad de cada cual, en la lucha de la vida contra la simple supervivencia y en el empeño por aumentar poder frente a las asechanzas del medio. Para Libertad, se trata, en efecto, de vivir intensa y apasionadamente, de gozar sin trabar, y esas trabas o impedimentos no son más que todos aquellos elementos que interrumpen el íntegro desarrollo de los individuos, la plena expansión de sus potencialidades y deseos. De esta manera, Libertad prolonga el gesto subversivo de Spinoza o de Nietzsche y se adelanta a Breton en el hermanamiento solidario de Marx y Rimbaud; los lectores conocerán sin duda el sonsonete: el objetivo es «transformar el mundo y cambiar la vida», o a la inversa. Hay que romper, pues, con la cadena de suicidios cotidianos en que consiste la existencia bajo el modo de producción capitalista sin esperar a que las condiciones estén maduras, a que estallen fantasmales revoluciones o a que, por fin, despunte el amanecer rojo. La idea de una generación sacrificada en el advenimiento del paraíso comunista a la que se referirá, pero los, el camarada Lenin en El Estado y la Revolución,[15] se le antojaría a Libertad sencillamente insoportable. «La revolución —escribirá Raoul Vaneigem varios decenios después— termina desde el instante en que hay que sacrificarse por ella. Perderse es fetichizarla. Los momentos revolucionarios son las fiestas en las que la vida individual celebra su unión con la sociedad regenerada».[16] Vale.

Carabanchel, abril de 2009.

Contra los pastores, contra los rebaños

El pueblo se divierte[17]

El obrero sale de la fábrica apestosa. Es la hora de la liberación. Tras la dura labor, algunos instantes de reposo. Sale, sin duda hastiado, asqueado, en el corazón el odio contra aquellos que lo mantienen así encerrado durante horas para asegurar su lujo.

Pero ¿hacia dónde dirige sus pasos? Sale, va, corre hacia los quioscos de prensa. Una sonrisa de satisfacción se me dibuja en los labios; está hastiado, pero todavía mantiene vivaz en el corazón el orgullo del hombre: allá va a buscar el panfleto, el escrito en términos reivindicativos, con el fin de entrar en comunión de ideas con todos aquellos que sufren, sus hermanos de miseria, los explotados de todos los mundos.

Me aproximo, dispuesto a hablar, a estrechar la mano a ese sufriente cualquiera. Le Sport, dice él con voz fuerte y lo abre febrilmente. Pasa las páginas y se va diciendo: «Lo sabía, ha ganado. Untel montado a Roi-Soleil». Y este obrero es todos, es el mercenario, el esclavo tipo.

Le Sport, Le Vélo, Les Courses, Paris-Veló y veinte más, he aquí el panfleto que lee el oprimido, he aquí la alarma de rebelión que resuena en sus oídos.

La plebe romana, en su excesiva miseria, reclamaba «Panem, Circensens», pan y juegos, y se rebajaba ante el tirano. España, bajo la dominación clerical, pide a voz en cuello procesiones y ruedos. En Francia, bajo la garra del parlamentarismo más humano... con las bestias, más delicado, el pueblo quiere carreras.

Que estos señores, los esclavos, quieren juguetes, pues sea: los emperadores construían circos, la reina de España está presente en cada nueva corrida, y su excelencia Felisque[18] preside el Gran Premio. Los romanos, los españoles, los franceses le hacen otro agujero al cinturón y se acuestan felices y contentos.

También los explotadores, los burgueses, los sacerdotes piensan que todavía vivirán buenos tiempos en esta tierra, y reeditan aquella frase de los viejos galos: «No tenemos nada, salvo que los cielos se nos desplomen sobre la cabeza».

No os fiéis, sin embargo; bajo la engañosa calma del mar, bulle una tormenta. ¿Quién sabe? ¿Quién sabe si, bajo esta aparente tranquilidad, el pueblo, vuestro gran proveedor, no os prepara la última sopa?

Obsesión[19]

Durand, al salir de su palacete con una sonrisa de satisfacción en los labios, dio un pequeño respingo al leer un minúsculo cartel:

Mientras nosotros reventamos en la calle,
el burgués tiene palacios para alojarse.
¡Muerte a los burgueses!
¡Viva la anarquía!

Entonces rió con sarcasmo y gritó al conserje: «Quite usted esas idioteces pegadas en la puerta». Y recuperó su tranquila sonrisa cuando percibió, gloriosos en su nulidad, a dos agentes que hacían la ronda. Mas se detuvo, al mismo tiempo que ellos, por otro lado. Algunas etiquetas rojas destacaban sobre la blanca crudeza del muro:

Los guripas son los bulldogs del burgués.
¡Muerte a los maderos!
¡Viva la anarquía!

Los guripas se desgastaron las uñas arrancando los carteles y Durand se marchó preocupado. Cuando, al final de la avenida, un ruido de cornetas y tambores se hizo sentir y a lo lejos aparecieron dos batallones, se sintió protegido y soltó un suspiro de alivio.

La tropa pasó ante él, Durand se descubrió; en aquel momento, como un revuelo de mariposas, flotó en el aire una multitud de cuadraditos de papel; con aire indiferente, leyó:

El ejército es una escuela del crimen.
¡Viva la anarquía!

Algunos de aquellos papeles volaron sobre los soldados, otros les cayeron encima; la obsesión asaltó de nuevo a Durand, se sintió como aplastado por aquellas ligeras mariposas.

No bien se hubo sentado en su lugar ordinario para tomar el block o el habitual aperitivo, sobre la mesa vio desplegada otra etiqueta:

Venga, cébate, un día llegará en el que el odio nos vuelva caníbales.
¡Viva la anarquía!

Rió con sarcasmo, pero esta vez no amontonó platillo sobre platillo. Se levantó, se dirigió rápidamente hacia la esquina de la calle X, en la que los explotadores contratan obreros, y maquinalmente buscó con los ojos su cartel de reclamo; estaba escondido y decía:

El explotador Tal o Pascual contrata a vuestros hijos para envilecerlos,
a vuestras hijas para violarlas, a vuestras mujeres y a vosotros
Para explotaros
Aviso a los pringaos
¡Viva la anarquía!

Meneó la cabeza y se dirigió a su oficina. En una placa podía leerse: «Durand y Cía., sociedad con capital de 2 millones», pero debajo la exasperante crítica expresaba su palabra.

El capital es el producto del trabajo robado
y acumulado por los gandules.
¡Viva la anarquía!

Lo arrancó rápidamente. Despachó algunos asuntos y, para distraerse, pensó en ver a su amante. De camino, compró un ramo de flores que le ofrecieron.

Ella sonrió, viendo entre las flores algo así como un delicado billete: «¿Y ahora versos?», dijo.

La prostitución es el vertedero de las sobras de la burguesía
Del hijo del pobre se hace un esclavo y de la hija, una cortesana.
¡Viva la anarquía!

La amante le arrojó el ramo a la cara y lo echó. Avergonzado, fatigado, Durand volvió a su casa; la puerta había recuperado su aspecto ordinario.

Pues bien, al entrar en el salón, su mujer le dijo: «Mira este jarrón que acabo de comprar, una oferta». Lo cogió, lo giró, lo volvió a girar; cayó un papel:

El lujo del burgués lo paga la sangre del pobre
¡Viva la anarquía!

Y aquel ¡Viva la anarquía! y aquellas acerbas reclamaciones revolotearon a su alrededor, y aquella noche no fue al encuentro de su mujer por temor a hallar, en un lugar discreto y frondoso, una etiqueta en la que hubiese leído:

El matrimonio es la prostitución
¡Viva la anarquía!

El Verbo[20]

Cuando todo parece dormido: los poderosos en un tranquilo farniente, los sufrientes en un sueño hecho de lasitud y agotamiento;

Cuando los gobernantes tunden a los gobernados, los sacerdotes y los sabios patentados corrompen al pueblo, los señores asfixian a sus siervos y los patrones roban a los obreros;

Cuando, en sangrientos choques, los hermanos de miseria cubren la tierra con lo mejor de sus venas bajo el ojo ferozmente enternecido de sus amos, cuando los miserables en uniforme protegen la propiedad frente a los miserables en camisa;

Cuando todo parece ir lo mejor posible en el mejor de los mundos;

Entonces, digo, presto y terrible como el rayo, el Verbo pasa...

Y esa falsa tranquilidad, esa calma hecha de cobardías, de concesiones, de perversiones, esa parada inútil en la eterna marcha hacia delante, se muestra en toda su fealdad. Periodo nefasto en el que las conciencias se debilitan, en el que se emascula a los cuerpos; parte por parte, burlón y severo, insinuante y violento, el Verbo lo diseca: su voz resuena del castillo al chamizo, de la fábrica al palacio.

Golpea al poderoso en la mejilla, empuja rudamente al abúlico esclavo, violenta a los pueblos para conducirlos hacia la luz. Rompe, como si fuese una baratija, el cetro de los reyes, el sable de los militarones; a menudo, a su paso, ruedan las cabezas al fulgor de violentos incendios que tiñen de púrpura el horizonte.

¿Qué es, pues, el Verbo?

Es el grito largo tiempo contenido de los sufrimientos humanos.

Es el odio hacia las cadenas morales y físicas; es el deseo de vida y de libertad.

Ha pasado, a través de las eras y las leyendas, bajo millares de nombres y de formas.

Es Prometeo, Lucifer o Azrael llevando el estandarte de la rebelión contra los dioses; es Caín contra Abel, es Jesús expulsando a los mercaderes del templo. Es su voz potente la que subleva a los albigenses, a los Jacques, a Jan Hus[21] y a Bohemia, a los anabaptistas; y los castillos arden, y los señores tiemblan.

Además, está por todos lados y a la vez; las artes tienen su Renacimiento, las costumbres su Reforma.

Es Galileo arrojando su E pur si muove a la cara del tribunal de la Inquisición.

Y cuando todo se adormece, es él de nuevo, una vez más, el que despierta a los pueblos; es Voltaire, Rousseau, es los enciclopedistas; es el aliento del 4 de agosto; es los Girondinos, es Marat, es Hébert el Violento, Babeuf el Filósofo, Anacharsis Cloots[22] el Terrible Soñador; bajo los pasos del autócrata, de los nihilistas.

Es, en tales tiempos y en toda su sublime belleza, esos iniciadores a los que Deibler[23] segó a la vida o a los que la chusma asesinó; aquellos a los que los muros aprisionan y las torturas rematan.

Se diría a menudo vencido, pero no podría impedirse que clame lo que es, lo que debe ser. ¿Qué importan las mordazas y la prisión, las torturas y la muerte? El Verbo descubre, poco a poco, al mundo enceguecido, el cuerpo ideal de la Verdad, dejando en cada hoguera, en cada horca, en cada cuchilla, un jirón de esa camisa de Nessu[24] hecha de errores y de mentiras.

Ahora bien, a partir de todos esos gritos arrojados a la cara del mal, de esas mil encarnaciones del Verbo ante la opresión, el Verbo actual debe ser construido. Debe flagelar desde el pequeño hasta el grande; ningún amor, ningún respeto podrían detenerlo; deja para otros la piedad.

¡Vamos, pechos viriles! ¡Adelante, cerebros sanos! ¡Venid a clamar vuestros deseos de belleza y de verdad!

Más que la hora de las reivindicaciones, es la hora de la justicia. Las sacrosantas instituciones tiemblan desde los cimientos. Un violento soplo agita el aire; es el verbo de rebelión que pasa.

Última bondad[25]

El sol lanzaba intensivos rayos sobre el paisaje. Monótonos cultivos se extendían a lo lejos, sin sombra alguna, sin ningún refugio, campos de trigo de ondulante cima dorada, remolachas de largas hojas de un verde violento. Como una blanca tira, la carretera discurría en su centro, recorrida de tiempo en tiempo por algunos peatones fatigados y por algunas alborozadas pandillas que se dirigían a la fiesta de algún pueblo del lugar.

Como el centro de un círculo cuya circunferencia se formaba a lo lejos, bien lejos, muy imprecisa, la granja ponía una nota de grisura en el horizonte.

Toda la vida que ordinariamente la hacía agitarse, tal una colmena en un día de verano, parecía extinta. Se oía solamente, por instantes, un lento mugido o el ladrido de un perro gruñendo en sueños.

Era día de descanso, la granja estaba desierta. Era día de asamblea en la villa vecina: la juventud colmaba los bailes y, en los albergues, padres y madres recordaban proezas de tiempos pasados.

Nadie... Y sin embargo... Sí. En el umbral de la granja, en el que se exhibe la casa de los amos al borde de la carretera, hay una mujer, una joven soñadora. Sus ojos parecen dirigirse a un más allá que los ilumina, su figura resplandece con una belleza victoriosa, como a la vista de un cuadro mágico, asentando allá arriba, sobre las nubes. Es Jeanne, la muchacha de la granja; se ha quedado sola en la casa, de la que, de buen grado, acepta ser la guardesa.

Sus veinte años aman la soledad; sus veinte años no ríen en las fiestas del pueblo, y los muchachos de las granjas y los jóvenes de los castillos mariposean en vano a su alrededor.

Así que fantasea. Vuelve a ver todo su pasado. Jean la ama, le ha robado el corazón; para su gusto, el mejor en ese grupo de anarquistas al que sus deseos de libertad la habían arrojado, a ella, la hija de un comunero. Vuelve a ver toda la lucha para desembarazarse del mal ambiente, de los pensamientos, de los prejuicios que intentan aplastarla; para desembarazarse incluso de la estrecha moral de un padre que soñaba con una libertad castrada.

Vuelve a ver la libre alianza con el elegido bajo los gritos de la compacta jauría del barrio, antes predicadora de razones de interés que de razones de amor; también la nefasta conscripción, que puso el ojo en su enamorado; y la huida de este hacia la frontera, con el fin de evitar la sangrienta afrenta de la librea y levantar el fusil contra otros sufrientes. Finalmente, la salida de aquel feo París, en el que no era más que la mujer del insumiso, del sin patria.

Su llegada, tras una larga marcha, a esta granja, en la que, recia muchacha, se había entregado a la dura labor de la tierra; su aceptación en este mundo de campesinos, sometido a su valentía ante el esfuerzo, tan dulce con todos que ya no era la Parisina, como en los primeros días, sino la muchacha de la casa, respetada e incluso temida porque parecía saberlo todo, por las grandes y extrañas ideas que planteaba.

Por encima de todo, veía la Idea al fin concretada, ganada para la humanidad, la era de la justicia por fin vivida. Mas, al extraviarse sus ojos por la gran carretera, fue de pronto devuelta a la triste realidad, a la mala cada, ama de sus horas presentes. Un hombre en harapos avanzaba penosamente, las alforjas cotidianas arqueaban su espalda y arrastraba dolorosamente una pierna.

Se aproximaba en línea recta hacia la granja, pero con paso inseguro; la mano derecha sujetaba nerviosamente un bastón, en previsión de los perros, sirvientes bien disciplinados, que aúllan al paso de los pobres.

Jeanne lo miraba acercarse; pensaba en aquel otro, sin duda igual de desgraciado, en su exilio en países lejanos. Tierno afecto le despertaba aquel miserable, al margen de las normas de las personas demasiado decentes.

Y cuando estuvo cerca, antes de que su voz algo quejumbrosa le hubiese espetado el tradicional: «un vaso de agua, por favor», ya se había ella apartado, dejando libre el vano de la puerta e invitándolo a pasar con un gesto tierno y amplio.

Se arrojó, más que sentarse, sobre el asiento que ella le ofreció y sus ojos, que reflejaban un asombrado arrobo ante tan hospitalario recibimiento, se pasearon por aquella tranquila estancia.

La mirada de Jeanne había recorrido desde la cabeza polvorienta del hombre hasta sus pies ensangrentados y, alerta y despierta, había puesto junto a él lo necesario para las abluciones. Él se lo había agradecido con un gesto, al no encontrar palabras con las que expresarle las impresiones extrañamente tiernas que sentía.

Sus pobres pies doloridos reposaban en el agua fresca y su rostro, liberado del polvo de los caminos, le daba un aspecto menos triste y ya tenía a su alcance un mantel, extendido en un rincón de la mesa familiar, recubierto con una colación.

Tenía el pan moreno a su alcance, el jamón redondeaba su panza y, muy cerca, una botella empañada invitaba a la sed. Bebió, comió sin parar, feliz solo por la hora presente. Luego, cuando hubo satisfecho sus necesidades, sintió un extraño deseo de conversar, de contar lo que era. Jeanne le hizo sentirse a gusto de inmediato, y entonces lo dijo todo, feliz al fin por no tener que mentir.

Tenía treinta años; por algunas fruslerías, ya soldado, lo habían condenado a trabajos públicos; de vuelta a su país, sin oficio, con aquel pasado oneroso que le cerraba las puertas, se convirtió en un paria, robaba, cogía todo lo que podía para sobrevivir: la justicia lo declaró apto para la prisión.

Desde entonces vagabundea por los caminos, sin hogar ni lugar, viviendo de las limosnas, de los unos y de los otros, de pollos degollados detrás de algún seto, de fruta afanada en cualquier cercado. Como dejase de hablar y adoptase un aire soñador, ella le ofreció el albergue de las caballerizas para descansar sus miembros agotados. Él aceptó con alegría. La paja fresca tenía un aspecto tentador, y él se echó mientras ella estaba todavía allí.

Entonces en sus ojos pudo leerse un deseo nuevo, fuerte, dominante en aquel instante, pero su boca se mantuvo cerrada, incapaz su espíritu de formularlo.

Jeanne comprendió, tuvo un breve momento de vacilación, pensando sin duda en el otro distante, en el exilio. Un auténtico combate, rápido pero terrible, se libró dentro de ella. Los viejos prejuicios, que se despertaban en aquel momento, en lucha con las nuevas ideas, de suprema belleza. Allí, junto a ella, los ojos se llenaban de deseos...

Y, lentamente, se inclinó, su hermoso cuerpo se amoldó a la litera, sus pechos, resplandecientes de belleza y quebrando su envoltorio, eclosionaron ante los ojos maravillados y victorioso del pobre diablo...

La granja estaba a punto de desaparecer a la vuelta del camino; el hombre la miró una última vez, largamente, como si hubiese deseado grabar dentro de sí los rasgos de aquel oasis tan dulce en el árido desierto de la vida.

En el umbral de la puerta, mientras él desparecía, ella pensó en Jean, el elegido de su amor. Se sintió más grande, más digna de él; comprendió que él la quería así: libre de todos los prejuicios, supremamente fuerte ante los poderosos y los amos, supremamente tierna con los rebeldes, con los parias.

Como su pensamiento la llevase de nuevo más allá de las nubes, deseó que su bienamado encontrase en el camino la misma belleza, la misma bondad, y permaneció deliciosamente soñadora.

A nuestros amigos que se detienen[26]

Bajo formas diversas y por múltiples camaradas, nos encontramos que se repite una misma queja: «¿Adónde van los anarquistas?» Eco de otras quejas igual de respetables: «¿Adónde va la patria?»; «¿Adónde vamos nosotros?»; «¿Adónde va el espíritu religioso?». Respetable cantinela que, para las gentes simples, se traduce en un «¡Ay, qué tiempos estos...!».

Las gentes que se han dormido o petrificado despiertan de golpe y, no reconociéndose ya o, más bien, no reconociendo ya su medio, que ha evolucionado lento pero seguro, se ponen a gritar: «Terreno resbaladizo, peligro, precaución, cuidado», tal como lo haría uno de nuestros abuelos ante la visión de los tranvías eléctricos.

Calmaos, amigos míos, no hay peligros a la vista. Sacudíos. Despertaos. La anarquía no es algo muerto. Vive, luego se transforma.

Para algunos, la anarquía puede no ser más que una escisión del socialismo revolucionario. Acaso cuando se lanzó tal idea no fuese más que eso. Actualmente, es otra cosa.

Se ha desprendido de todas las filosofías mundiales una filosofía nueva; de todas las filosofías muertas, una filosofía viva: Lao-Tse y Epitecto, Confucio y Epicuro, Rabelais y Pascal, Fourier y Proudhon, Marx y Bakunin, Stirner y Nietzsche —por no hablar del trabajo de creación y adaptación de cerebros todavía vivos— han cooperado con el fin de darle una forma asimilable por todos los individuos.

Todos los Enciclopedistas, con Diderot a la cabeza; todos los críticos del Antiguo Régimen, Voltaire, Rousseau; todos los auténticos demoledores de religiones: el cura Meslier, Volney, Dupuis, han aportado la fuerza de sus críticas.

Todos los sabios le conceden el apoyo de su ciencia y, si no la viven en sociedad, sí la viven al menos en sus laboratorios, aplicando en sus investigaciones el método del libre examen. De igual modo, lo quieran o no, cada uno de sus descubrimientos aumenta la fuerza de dicha filosofía y derriba a la autoridad rutinaria.

Esta filosofía —esta ciencia, diría yo—, que pone al individuo en el centro, dándole por fin su lugar propio, queremos llevarla a la práctica. Queremos sacarla de los libros en los que se había refugiado, de las cátedras en las que se enseñaba a unos pocos privilegiados, de los laboratorios en los que se limitaba a puros experimentos, y arrojarla al terreno múltiple de la vida, en lucha con los individuos en el campo de experiencias que es el mundo.

Ahí toma su verdadero nombre; la anarquía, es decir, la filosofía del libre examen, aquella que no impone nada por la autoridad y que procura probar todo mediante el razonamiento y la experiencia; aquella que no hace intervenir ninguna entidad, ninguna idea subjetiva en su dialéctica; aquella para la cual la ley —implacable hasta hoy— de las mayorías no podría imponerse a la unidad que tiene razón y lo demuestra.

Puede parecer a los espíritus superficiales que esta nueva forma abandona la lucha, mientras que, segura de sí misma, se compromete en todas las cuestiones. Porque, fatigada de atacar a entidades —Estado, sociedad, burguesía—, ataca a los individuos, intentando transformarlos, revolucionarlos; porque, mejor todavía, se vuelve sobre sí misma, preocupada por librar su propio terreno de las malas hierbas, las gentes de la víspera, los petrificados o los dormidos, gritan con voz de pesadilla: «¿Adónde vamos?».

Evadidos del socialismo, en ocasiones por estrechas querellas verbales, expulsados por una mayoría en un congreso, habían recogido la palabra «anarquía», que les habían tirado a la cara, sin apercibirse (en su mayor parte) del temible peso de tal epíteto: sin autoridad. No vieron la utilidad de la lucha, lucha que no emprendieron —muy valerosamente por otro lado— más que contra las formas tangibles de la autoridad; volvieron a los extravíos sociales que destruyeron la Bastilla y permitieron construir nuevas prisiones.

No más jefes, y su instinto les llevaba a crear nuevos pontífices; no más autoridad, y la anarquía, esa forma científica de ser, se convertía en un dogma fuera del cual no había salvación alguna.

Cuando Veidaux[27] aconseja cultivar el individualismo y llevar primero a cabo la revolución dentro de uno mismo, son los anarquistas partidarios de una forma social a priori y revolucionaria, los que profieren murmullos y gritos. No lo comprenden, queda fuera del camino trazado.

Ciertamente, me parece que Veidaux golpea en falso en el momento actual, y su artículo se dirige demasiado a esa forma pasada de anarquía cuya intransigencia infantil acaso no fuera inútil cuando nació, pero que, no teniendo ya razón de ser, se muere apaciblemente.

Cada vez más, el anarquista actual siente que, si la autoridad tiene una forma objetiva de la que el ejército, la policía, las prisiones son realidades materiales; cada vez más, digo, siente que aquella toma su fuerza de las ideas subjetivas que solo pueden arrancarse una a una de los cerebros.

El anarquista siente que, si no puede hurtarse a la forma exterior de la autoridad, le es igualmente difícil, si no más, hurtarse a su forma interior, arrojada dentro de él por un atavismo de siglos. Siente que no basta con suprimir el hechizo de las piedras de las iglesias (por más que tenga su utilidad), sino que hay que suprimir también el hechizo de las ideas religiosas de clericales y anticlericales. Ve que la cabeza cortada de Luis XVI, los puntapiés sucesivos propinados a los reyes y los emperadores en el pasado siglo no han demostrado nada y que toda una multitud está dispuesta a aclamar cualquier modo imperativo: realista o socialista. Y constata que, a pesar de todas las persecuciones, la idea de Galileo ha prevalecido: que una vez demolido el error de la tierra inmóvil y probada su doble rotación, se había hecho un camino en el que la humanidad no retrogradaría jamás.

Para él, todo consiste en probar que tiene la mayor parte de razón posible de su lado y en intentar demostrar que posee actualmente una verdad, aunque no viviese esta más de veinte años, como ha dicho Ibsen con un punto de ironía.

Sí, ahora ya no entiende las frases hechas. Las deja para aquellos que forman un partido y a los cuales puede imponérseles una disciplina, y para los que existe el oportunismo. La verdad no podrá ser contradicha por las críticas: no existe la causa de los discípulos de Pasteur ni la de los discípulos de Roux,[28] pues cualquiera puede destruir sus teorías si aporta la prueba de sus afirmaciones.

Los anarquistas dejan también que los socialistas se disfracen con el epíteto de revolucionarios. Lo cual resulta una bonita ironía encabezando los programas de esos hombres dispuestos a todas las concesiones, a todos los oportunismos; en la boca de aquellos con los que no puedes encontrarte sin que te recomienden siempre calma y dignidad, de aquellos a los que no se ve jamás en los lugares en los que la sola expresión de su pensamiento produce una agitación en la multitud rugiente semejante a una piedra arrojada en un charco.

¿Adónde van, pues, los anarquistas? ¡Van! Por más que digan los ciegos, van, están ahora por todas partes. La filosofía anarquista, esa filosofía que no es un dogma ni una metafísica y que se asiente sobre el firme terreno de la ciencia, se desliza por todos lados junto a ella.

Tal movimiento no teme a la reacción. Como el de 1892 o 1893, no es el producto de una curiosidad enfermiza o de una pose estética, ni siquiera de una cólera irracional e impulsiva contra un estado de cosas, movimiento que —convengo en ello y lo sé de buena tinta— puede hacer que se desvanezca un partido o calmar una represión terrible. No. Es algo razonado, se apoya en la ciencia, sabe dónde va o, mejor, dónde quiere ir. Ninguna represión puede nada contra él; no podría temerle más que a una demostración que probase su falsedad, su inutilidad. Entonces desaparecería y las fuerzas que lo componen irían en busca de otras formas más favorables, más útiles para el desarrollo del individuo.

Para nosotros, el anarquista es aquel que ha vencido dentro de sí a las formas subjetivas de la autoridad: religión, patria, familia, respeto humano, qué-dirán, y que no acepta nada que no haya pasado por la criba de su razón, en tanto sus conocimientos se lo permitan.

Convencido con Veidaux de que un individuo consciente de su meta vale por veinticinco mil, con Paraf-Javal[29] de que nada iguala el trabajo del fermento puro, nos esforzamos por vivir aquello que consideramos bueno, por formular aquello que vivimos, seguros de que ahí se encuentra la verdadera lucha. Y cuando llega la ocasión, sabemos emprenderla contra las formas materiales de la autoridad, más y mejor —lo decimos con orgullo— que aquellos que, embriagados de palabras, predican la calma en el momento de los gestos.

A los resignados [30]

¡Odio a los resignados!

Odio a los resignados, igual que odio a los indecentes, igual que odio a los haraganes.

¡Odio la resignación! Odio la indecencia, odio la inacción.

Odio al enfermo encorvado bajo el peso de una fiebre maligna; odio al enfermo imaginario que un poco de voluntad volvería a poner derecho.

Compadezco al hombre encadenado, rodeado de guardianes, aplastado por el peso del hierro y del número.

Odio a los soldados encorvados por el peso de un galón o de tres estrellas; a los trabajadores encorvados por el peso del capital.

Amo al hombre que dice lo que piensa dondequiera que se encuentre; odio al mendigavotos a la búsqueda perpetua de la mayoría.

Amo al sabio aplastado por el peso de las investigaciones científicas; odio al individuo que inclina su cuerpo bajo el peso de un poder desconocido, de una X cualquiera, de un dios.

Odio, repito, a todos aquellos que, cediendo a otro, por miedo, por resignación, una parte de su poder de hombres, no solamente se aplastan, sino que me aplastan, a mí y a aquellos a los que amo, con el peso de su horrible consentimiento o de su inercia idiota.

Los odio, sí, los odio porque yo, lo siento, no me inclino ante el galón del oficial, la banda del alcalde, el oro del capitalista, las morales o las religiones; hace tiempo que sé que no son más que baratijas que se quiebran como el cristal... No me inclino bajo el peso de la resignación del otro. ¡Ah, cómo odio la resignación!

Amo la vida. Quiero vivir, no mezquinamente como esos que no satisfacen más que a una parte de sus músculos, de sus nervios, sino ampliamente, satisfaciendo a mis músculos faciales tanto como a los de mis pantorrillas, a la masa de mis riñones del mismo modo que a la de mi cerebro.

No quiero trocar una parte de ahora por una parte ficticia de mañana, no quiero ceder nada del presente a los vientos del porvenir. No quiero que nada en mí se incline ante las palabras «patria, Dios, honor». Conozco bien el vacío de tales términos: espectros religiosos y laicos.

Me burlo de los retiros, de los paraísos, ante la esperanza de los cuales mantienen sus resignados las religiones y el capital. Me río de esos que, acumulando para la vejez, se privan en su juventud; de esos que, para comer a los sesenta, ayunan a los veinte años.

Yo quiero comer cuando todavía tengo los dientes fuertes para desgarrar y triturar las saludables carnes y los frutos suculentos, cuando los jugos de mi estómago digieren todavía sin ningún problema; quiero beber, cuando tenga sed, líquidos refrescantes o tónicos.

Quiero amar a las mujeres o a la mujer, según convenga a nuestros deseos comunes, y no quiero resignarme a la familia, a la ley, al Código Civil; nadie tiene derecho sobre nuestros cuerpos. Tú quieres, yo quiero. Burlémonos de la familia, de la ley, antigua forma de resignación.

Pero esto no es todo: quiero, puesto que tengo ojos, orejas, otros sentidos aparte del beber, el comer, el amor sexual, gozar en cualquiera de esas otras formas. Quiero ver bellas esculturas, bellas pinturas, admirar a Rodin o Maney. Quiero escuchar las mejores óperas, tocar a Beethoven o a Wagner. Quiero conocer a los clásicos en la Comédie,[31] hojear el bagaje literario y artístico que han legado los hombres pasados a los hombres presentes, o mejor, hojear la obra por siempre inacabada de la humanidad. Quiero alegría para mí, para la compañera elegida, para los niños, para los amigos. Quiero un hogar en el que puedan reposar agradablemente mis ojos tras la labor concluida. Pues también quiero la alegría de la labor, esa sana alegría, esa alegría fuerte. Quiero que mis brazos manejen el cepillo, el martillo, la laya o la guadaña. Que los músculos se desarrollen, que la caja torácica se ensanche en movimientos poderosos, útiles y razonados.

Quiero ser útil, quiero que seamos útiles. Quiero ser útil a mi vecino y quiero que mi vecino me sea útil. Deseo que laboremos mucho porque soy un insaciable del gozo. Y es porque quiero gozar por lo que no soy un resignado.

Sí, sí, quiero producir, pero también quiero gozar; quiero amasar, pero también comer el mejor pan; quiero vendimiar, pero también beber el mejor vino; construir casas, pero también vivir en los mejores apartamentos; hacer muebles, pero también poseer lo útil, e incluso lo bello; quiero construir teatros, pero lo bastante vastos como para acoger a los míos y a mí.

Quiero cooperar para producir, pero también quiero cooperar para consumir. Que piensen unos en producir para otros a los que dejarán, oh ironía, lo mejor de sus esfuerzos; en cuanto a mí, quiero, libremente asociado, producir, pero también consumir.

Resignados, mirad, escupo sobre vuestros ídolos; escupo sobre Dios, escupo sobre la patria, escupo sobre Cristo, escupo sobre las banderas, escupo sobre el capital y sobre el becerro de oro, escupo sobre las leyes y los códigos, sobre los símbolos y las religiones: no son más que juguetes de los que me burlo, de los que me río... No son nada salvo gracias a vosotros; abandonadlos y se harán migas.

Sois, pues, una fuerza, oh resignados, de esas fuerzas que se ignoran, pero que no por eso dejan de ser menos fuerza, y yo no puedo escupir sobre vosotros; no puedo sino odiaros... o amaros.

Por encima de todos mis deseos, tengo el de sacudiros la resignación y despertaros con furia a la vida. No hay paraíso futuro, no hay porvenir, no hay más que el presente.

¡Vivamos!

¡Vivamos! La resignación es la muerte. La rebelión es la vida.

¡Asombrosa victoria![32]

Un punto, y se acabó. Algunos puntos... Son balas.

El orden queda restablecido en la ciudad lemosina. Se terminó... Le Journal y La Petite République, Le Matin y L'Humanité cierran la sección «En Limoges». Le Figaro expresa su alegría por la victoria.

Así que el orden había sido perturbado. ¿El orden económico? No, este es muy respetado por todos. ¿Pedían los hombres una vida distinta de la que llevaban en los presidios porcelanistas? ¿Querían poner patas arriba la organización que hace de ellos borregos? ¿Querían mantener la lana sobre los lomos? En absoluto. Para tales menesteres, los honestos obreros poseen la temible arma del voto... cada cuatro años.

El orden perturbado era el «orden moral». Un perro de la fábrica Haviland[33] quería cubrir a las ovejas y, también en algunas ocasiones, por capricho de amo, a los borregos. Esquilaba más o menos ovejas o borregos dependiendo de la gracia y la juventud de estos. Los obreros se sublevaron de indignación. Decidieron que no seguirían llevando su lana al patrón más que bajo la dirección de un perro que desease sus pantorrillas, pero no más arriba.

Intratables en el asunto del honor, se pusieron en huelga. Y el pastor se solidarizó con su perro. ¿No había que consentir ciertos caprichos a este preciado auxiliar? ¿Qué? ¿Es que todas esas personas que entregan sus cerebros, sus brazos, sus espíritus y sus fuerzas no podían, por añadidura, entregar también sus culos? ¿Cómo podían permitirse reservar una parte del terreno de trabajo que él, el patrón, compraba de tal a tal hora?

¿No tiene acaso el patrón derecho a inclinar al obrero sobre las herramientas y el torno hasta desviar su columna vertebral? ¿No puede el patrón hacer trabajar al pintor con ese blanco de cerusa que corroe las carnes? ¿No puede el patrón mantener junto a la boca de los hornos, durante horas y horas, a los hombres necesarios para la mejor cocción de porcelanas de lujo?

¿No puede acaso el patrón acuclillar, tumbar a los obreros, hacerlos trabajar sobre la espalda, sobre el vientre, cabeza arriba, cabeza abajo, con los ojos llenos de polvos cegadores, los oídos ensordecidos, la garganta quemada? «¡Pero cómo no! ¡Sí, sí, el patrón tiene todos esos derechos y muchos otros además! No nos rebelamos por todo eso. Hace falta un patrón. Hacen falta obreros. Es necesario que el patrón sea el amo y los obreros sus esclavos. Es bueno, para que él vaya en carroza, que nosotros llevemos collar.

«No nos rebelamos sino contra la posición, boca abajo o sobre la espalda, según los sexos, que quiere imponernos el señor director. Esto no entra en el contrato».

¿Es todo, amigos míos? ¿Por qué no lo habéis expedido limpiamente, desde cualquier esquina o aprovechando un cita, como un paquete postal para el otro mundo? El conflicto se hubiera calmado más rápidamente.

«¿Por quiénes nos tomáis? Somos honestos ciudadanos. Nunca resolvemos nuestros asuntos nosotros mismos. No queremos destruir la causa tan rápido, sabemos que tan solo hay que paliar los efectos. ¿En qué se emplearían, si no, los perros de nuestros rebaños, esos que nosotros mismos elegimos?

»Y si nuestros sindicatos no fuesen administrativamente convocados para resolver tales cuestiones con todo detalle, ¿de qué se ocuparían? ¿Y qué razones nos quedarían a nosotros para no hacer nada por nuestra emancipación integral?»

Los patrones han contestado a la huelga con el lock-out y avisado a los obreros-soldados para que los defendiesen. Los soldados obedecieron. Allá que fueron, como quien practica el tiro al blanco de buena mañana. ¡Y menudo blanco! El blanco humano que siempre habían estado esperando. No se puede enseñar a los hombres a matar sin que estos esperen con impaciencia el momento de mostrar sus aptitudes. ¡Todo son ventajas! No hay riesgo en el negocio. Las gentes que están enfrente no llevan armas. Están condenados por el orden social. No tienen más que obedecer a sus patrones. Peor para ellos.

El pueblo obrero es un cuerpo que, en ocasiones, necesita de sangrías con el fin de reducir su temperamento sanguíneo. Hay, pues, una sangría, muertos y heridos. Y otra vez adentro, formalitos, muy formalitos. ¿Dónde se entra? «En el taller, mi buen amigo. Con el ejemplo de la víspera ha bastado, no somos los más fuertes. No tenemos armas, no tenemos fusiles». ¡Pues tomadlos! «No somos ladrones». Fabricadlos. «La ley prohíbe manipular materiales peligrosos. Y, por otro lado, nosotros no nos servimos de tales medios. Somos revolucionarios legales».

Entonces que os esquilen, imbéciles. Y esta noche, haced un chaval más, con el fin de que, más tarde, se haga un soldado más que reprimirá vuestros nerviosismos, un obrero más para cebar al patrón, un elector más para el candidato socialista.

Antes de hablar, echad un vistazo a la noticia: «El señor Haviland no recurrirá a los servicios del señor Pernaud». Leed nuestro orden del día: «La corporación porcelanista, gracias a la solidaridad obrera y a su energía, ha logrado una asombrosa victoria».

Dos muertos oficiales, otros dos enterrados por la tropa, heridos en un bando y en el otro, algunos de los cuales no llegarán muy lejos, hombres dejados en las temibles manos de los picapleitos; este es el balance. ¿Y el epílogo?

El hombre y la masa[34]

No lejos de Châtellerault, en el pueblecito de Useau, el Hombre ha establecido su reducto contra la sociedad. Se llama François Roy. Tiene más de setenta años. Se levantó en rebelde contra el orden el día en que el orden le azotó. Él mismo se ocupó de sus asuntos.

Sus padres cultivaban parcelas de tierra en Saint-Eloy; él habría continuado con el mismo trabajo. El regimiento le hace abandonar los campos: se convierte en agente de seguros, tontea con la política, más tarde especula y pierde su pedazo de tierra, que, por otro lado, ya no trabajaba.

Conoce entonces el dolor de estar en casa ajena. Se convierte en guarda de caza. Se dice que cambiaba a menudo de lugar. Y nada tiene de extraño, un hombre se pliega difícilmente al papel de criado o de capataz. Cazaba furtivamente en las tierras que guardaba. ¡Pues claro! Idiota de aquel que recoge para otro la cosecha mientras él muere de hambre.

Un tal Grandpied, ex consejero municipal de Useau, lo hace condenar a cincuenta francos de multa por furtivo. Le retiran el título de guardia de caza. A sus sesenta y siete o sesenta y ocho años, el Hombre debe enfrentarse, pues, de nuevo a la dura búsqueda de pan para vivir; se resigna a ello con dificultad. Le viene a las mientas la idea de lucha. Quiere devolvérselas a ese que se pasea, tan pulcro y feliz, por los prados y los campos, después de haberlo empujado a la muerte.

Encuentra al tal Grandpied con su hija. Dispara un tiro de fusil en la hipócrita jeta del amo. Algo de plomo se extravía en el pellejo de su progenie. El otro acaso se quede ciego. El Hombre vuelve a su casa. Y la camarilla policial viene a buscarlo. Ahí están el procurador de la República, el juez de instrucción, el escribano, y perros con collar en gran número.

La puerta está cerrada. Se hacen requerimientos a los que nadie contesta. Los gendarmes se acercan para derribarla. Un disparo de fusil responde al ataque. El escribano y un gendarme son alcanzados.

La tropa, siempre ocupada en defender las fronteras, viene a cerca la casucha. Allí debe cosechar una de esas victorias que distinguen al ejército francés. Después llega la masa, la masa de los honrados, el rebaño de las ocas domésticas siempre en contra de las ocas salvajes. Arroja una lluvia de piedras sobre la techumbre del refugio del Hombre. Este responde una vez más, y golpea con mano firme. Caen un gendarme y un sargento de infantería.

Ahora toda la camarilla social tiembla de miedo, el cerco se ensancha. Y se trata de un auténtico sitio. Los quintos de la 31ª y todos los gendarmes de la región están allí. La masa acecha al Hombre y el Hombre acecha a la masa. Él no quiere obedecer y la masa se indigna porque exista un hombre en esta tierra de funcionarios y de electores. De un lado, un anciano de setenta años; del otro, una compañía de infantería, una brigada de gendarmería; y, por encima de todo, la jauría rabiosa de la opinión pública.

El Hombre dispara para defenderse. Las gentes de la masa, arma en mano, disparan para defender el sagrado principio de la propiedad y del respeto a las leyes. Muerte al rebelde. Aparece su mano, hay tiros de fusil a izquierda y derecha. ¿Quién lo matará?

Hay que atraparlo, vivo o muerto: el honor de la justicia lo exige. Todo el mundo pone su grano de arena. Uno habla de enviar un perro que lo degüelle, otro habla de bombas, un tercero de cañones, un cuarto de armaduras. Grénier, el cuentista musulmán, el diputado payaso al que nadie esperaría ver en esta historia, propone lanzar gases asfixiantes. ¡Es lo que se dice estrujarse los sesos!

Es trágico y cómico. Arma en mano, allá están los soldados, prestos a disparar. Hay vivaques por todos lados.

Solo, el Hombre prepara su defensa, agujerea a los asesinos. No es un loco, es un hombre. No dispara al azar. Una mujer, a pesar de los soldados, pasa a su alcance llevando corderos. Camina lentamente y el Hombre sabe bien que ella no es el enemigo.

Se detiene la circulación. Ya no se puede ir a los mercados vecinos; la carretera está cortada. Al paso de una carrera de automóviles, o de un cortejo real o de una caza de montería, el rebaño de los pelones, de los rapados, de los sarnosos, ni siquiera murmura. Pero parece odiar a Roy con más odia a aquel que da un ejemplo que uno siente no tener fuerzas para seguir.

La masa viene de todos lados. Y eso se nota. Jamás los posaderos hicieron fortuna semejante. Uno cuenta que ha hecho más en estos ocho días que en los cuatro últimos años. Puede verse el desarreglo de una sociedad en la que el mal de uno enriquece al otro. Sociedad hipócrita, confitada en la sana moral, en la que uno está obligado a esperar y, en consecuencia, a desear que el otro palme para quedar saciado.

Los ministerios del Interior, de la Guerra y de Justicia deben cooperar en esta captura. Todo el mundo duda si avanzar o no. Las autoridades presentes —general, prefecto, sub-prefecto, procurador general, comandante de gendarmería, comandante de artillería— comprenden el ridículo de la situación. Solo la masa pide a gritos la muerte.

Hay viajes entre París y Châtellerault, y entre Châtellerault y París. Se ha perturbado el orden social. ¡Qué ejemplo da un hombre que se rebela! ¡Cuán débil resulta la sociedad ante un individuo!

¿Será a cañonazos? ¿Será con melinita? Los ingenieros han venido hasta aquí para poner sus petardos a través de un cable, desde lejos.

Será esta noche. Así que de todos lados llegan los espectadores de la muerte, las aves nocturnas del crimen legal, los honrados vampiros que no chupan sangre si no es conforme a las reglas del Código. Vienen a pie o en automóvil, en carreta o en break. Todas las putas y todas las grandes damas del país, todos los macarras y todos los potentados, los chorizos y los comerciantes están codo con codo. El público del Tourbillion de la Mort,[35] de las corridas, de los velódromos y de la guillotina está aquí. No hay desertores.

El público babea. Que le sirvan al Hombre sin peligros: se lo comerá. Las damas tienen un miedo delicioso. Un escalofrío les recorre toda la espalda. Ellas defienden el orden social. Están a favor de la justicia y contra el criminal. Cuando se enteran de que, decididamente, no será esta noche, todo este mundo de chulos y de mujeres honradas, de nobles y de prostitutas, lanza gritos, como en el teatro cuando el traidor no es asesinado.

En fin, el día —o más bien, la noche— ha llegado. Toda la guarnición de Châtellerault está en pie. Tiene que ser ya. «Si no acabasen con él esta noche, podrían temerse manifestaciones, pues la población está exasperada» (Le Journal del 14 de mayo).

La melinita está dispuesta. Los zapadores de ingeniería también. El teniente Le François está listo. Y Babin, el general, va por fin a lograr una victoria. Gloria a él. Honor para el ejército francés.

Se colocan doscientos treinta petardos que contenían cien gramos de melinita. El procurador Vasco desearía que se esperase hasta la hora legal. El general Babin no quiere operar más que en la sombra. De todos modos, quiere hacer un último llamamiento; el comandante Sempe declara que es inútil. ¡El Hombre está en estado de rebelde contra la ley!

A ochocientos metros de la casa, en el bosquecillo, la masa aúlla, baila, canta y engulle champán.

«Llego a la villa. En la plaza se amontonan doscientos automóviles, rodeados por hombres y mujeres vestidos con pieles de animales; estos hombres y mujeres ríen y cantan; los hay que se atreven con groseros juegos de palabras. Todas las chicas de vida alegre, los rufianes, los chorizos, los asesinos escapados de la central, los arruinados y también los esnifadores de sangre con los que cuenta el departamento de Vienne están aquí. ¿Qué espectáculo más hermoso que el de un hombre que va a morir? Este no será guillotinado como tantos otros, sino dinamitado; no del todo como el negro de Gaud y de Toqué,[36] pero casi... No había que perdérselo; por eso, todos los que habían estado en el ensayo general de la noche del viernes al sábado estaban presentes en este estreno sin reestreno posible.[37] Otros, que no se encontraban en el ensayo, han acudido hoy mismo. El sábado noche es propicio a los espectáculos familiares. El domingo está para descansar» (F. Hausser, correspondel del Journal, 15 de mayo de 1905).

No hablamos nosotros, sino el Journal. Su clientela le impide decir toda la verdad, pero cualquiera sabría discernirla. No son las chicas y sus protectores ilegales los que poseen esos doscientos coches. Las bestias peludas y sádicas que engullían champán no son los arruinados ni los asesinos escapados de la central: para nosotros, son gentes honradas, son aquellos que forman la elite, los holgazanes, los rufianes, las chicas, los ladrones legales, el lodo, la escoria de todos los pueblos, que vive de quienes trabajan hasta hacerlos reventar.

¡Que rían! El Hombre va a saltar en pedazos, el Hombre va a morir. ¡Pero tuvieron miedo! ¿Dónde quedaría el orden si un hombre pudiese vengarse por sí mismo de los crímenes de la sociedad?

Finalmente, un toque de clarines; los soldados huyen. Ha llegado el momento. Hay un intenso resplandor que inflama el horizonte, un ruido prolongado como un rugido, una espesa humareda y toda la panda que aplaude, que vocifera, que aúlla.

La pandilla selecta —general, prefecto, procurador, sub-prefecto, juez de instrucción, engalonados— está reunida. El general, ante los reproches de que no se haya esperado a la hora —un engorro, por otro lado—, dice que ninguno de sus hombres ha resultado herido. En cuanto al otro, bajo los escombros, se le prestará ayuda... en cuanto despunte el día.

Y el hombre muere tal vez entre los cascotes humeantes del chozo; los defensores del orden, los representantes de la humanidad, esperan. Arma en mano, los zapadores de ingeniería avanzan por fin.

Se registran las ruinas, incluso se arrojan nuevos petardos. Buscan. Pero no encuentran. El Hombre no está allí. El miedo se apodera de nuevo del rebaño. Si surgiese de detrás de un tabique y se liase a tiros con los perros que invaden su madriguera...

Pero un clamor se expande. Un clamor de alivio. Un grito de violencia. La masa delirante zapatea la danza del escalpo. El orden sale vencedor.

Sí, cuatro brutos lo han encontrado. Que su nombre pase a la posteridad y que aquellos que se los encuentren sepan al menos con quiénes se la juegan: René Mounet, Grandin-Mounet y su pequeño, Éclairci.

El Hombre está agonizante, con el rostro cubierto de escayola. Dormía en el momento de la terrible detonación, del hundimiento; fue lanzado por los aires y cayó cubierto por los muros y las vigas. Y se ha salvado, aturdido, aterrorizado, vencido por un dolor paralizante.

Los cuatro mantenedores del orden vociferan hasta desgañitarse: «¡Aquí está! ¡Lo atrapamos!». Entonces el espectáculo se vuelve aterrador, atroz. Cien, doscientas personas se precipitan sobre el anciano hecho pedazos, lo arrojan al suelo, lo golpean, lo «echan a rodar como una croqueta» al pie del talud.

Diez mil personas claman: «¡Enseñádnoslo!». Una jauría se agita en torno a los gendarmes. Quieren descuartizar a Roy. Los soldados lo rodean. Lo conducen a la aldea más cercana en medio de los aullidos. «Y la masa, que no sabe cómo satisfacer su deseo de romper lo que sea, se precipita entonces sobre la casa de Roy y sobre el jardín, desvalija la casa y saquea el bosquecillo» (Ibíd.).

Se acabó. La masa se pone en circulación, vuelve a sus funciones: saquear, robar, violar, envenenar, asesinar legalmente. Y nosotros salimos más poderosos, más fortalecidos en nuestra idea. Amamos al Hombre, odiamos a la masa. Nos repetimos el lema de este papel: «Contra los pastores, contra los rebaños».

Número 13[38]

¡Estás en Francia! ¡En París! Conocerás Les Halles[39] y el Elíseo, la lonja y el palacio Borbón. Te compadezco, oh rey, más esclavo que el esclavo. Se abrirán tus orejas y no oirás nada. Mirarán tus ojos y no verás. No, no oirás nada, no verás nada verdadero, nada sincero; no sabrás nada de esta tierra de Francia sobre la que, durante algunos días, habrás caminado.

Cuántos cumplidos, cuántos brindis, cuántas mentiras escucharán tus oídos; cuánto aparato, cuánto trampantojo, cuánto estuco, cuánto maquillaje, cuánta bisutería verán tus ojos. Jamás tuviste, y acaso jamás tengas, la dicha de saber.

Si un rostro te sonríe, nunca sabes si se trata de un signo de amistoso agrado o de mezquino cortejo. Si una voz solloza, nunca sabes si se trata de una pena auténtica, que busca tu simpatía, o de un dolor engañoso que pretende tu piedad financiera.

En Francia, como en España, no tendrás a tu alrededor más que a pícaros, cuyas palabras y gestos sonarán a ensayo teatral. Las damas de Les Halles forzarán la misma sonrisa que la madre Loubet.[40] Y el que te abra la puerta, ya sea general o limpiabotas, te ofrecerá la misma flexión de espaldas que sire Delcassé.[41]

¿Comprendes? Jamás tendrás la dicha de conocer una impresión verdadera. A tu alrededor todo está trucado. Ya en el vientre de tu madre, eras puro artificio. Como feto, conocías los honoras; tu pipí, cuando aún estabas en mantillas, discurría a la par que los arroyos de sangre y de lágrimas. Que el lacayo o el rey que te eyaculó hubiese hecho su gesto antes o después en un vientre distinto y serías acaso un hombre. Pero no eres más que un rey. Y desde tu nacimiento, todo a tu alrededor es mentira. Las sonrisas, los llantos, los cumplidos, las maldiciones... todo está trucado.

No eres un hombre, eres un símbolo. Ni siquiera el puño que se alza a tu paso o la maldición que pueda resonar en tus oídos son por tu causa. Tú no existes. La corona ciñe tu frente del mismo modo que la picota aprisiona el cuello del presidiario. Ya no eres un hombre; también tú eres un número: el número 13.

Puesto que vivo en esta tierra denominada Francia, se podría decir que eres un poco mi huésped. ¿Qué podría hacer por ti? Comerás y beberás a placer. Guardo, pues, mi pan duro y mi agua fresca. Conocerás las comodidades de la lujosa piltra: no abriré, entonces, mi cama para acogerte. Los cicerones, los lacayos te guiarán por la ciudad, lejos de la calle Muller, a no ser que tu madre te haya recomendado el Sacré-Coeur, emplazado en el vecindario, así que no me moveré de mi trabajo. ¿Qué me queda, pues, para resultarte útil? Hacer lo que esté en mi mano para arrancarte la librea, presidiario real número 13.

Te mentirán, habrá labios que deslicen mentiras en tus oídos. Yo quisiera, yo quiero gritarte la verdad. Arráncate la venda que te ponen sobre los ojos y mira, mira —te dijo—, mira. ¿Ves, allí, a lo lejos, hasta España? El pueblo está hambriento. Tan pronto se ha marchado la Guardia Civil, que protegía tus pasos y hacia que se gritasen «vivas», se elevan con fuerza las maldiciones contra ti.

Cada paso tuyo hace que se viertan lágrimas. Por doquiera que pases se hacen siniestras talas. Arrancan el padre a los niños, el hijo a la madre, el amigo al amigo. Todos los que levantaron la cabeza, todos los que arrojaron la maldición a tu cara y a la cara de tus lacayos han sido aplastados por tus emisarios.

No eres más que un adolescente y produces el efecto de la peste, cuyos heraldos son la muerte y el dolor. Tienes la tara de ser rey, que es acaso peor que la tara de ser esclavo. No eres un amo, no eres fuerte; eres un rey. No tienes necesidad de ser inteligente, de ser sutil; lo eres por el azar de un desfogue sexual. Podrías ser conocido para la historia como Alfonso el Cretino o el Loco. Eres rey, a pesar de todo. No mandas; eres el maniquí real.

Nadie conoce a Alfonso; solo conocen al número 13. Puedes ser delicado, afable, espiritual, amante... nadie lo sabrá jamás. Eres el representante del régimen que hizo Montjuich, Alcalá del Valle; y en las prisiones que parecen estar a tus órdenes se descoyuntan miembros y se arrancan uñas.

Escucharás aclamaciones; yo te hablo de lágrimas. Hasta mí, que puedo oír, han llegado ya tantos gemidos, tanta desolación y tanto odio que te asustaría si pudieras adivinar siquiera la milésima parte.

Para cebar tu panza, se despilfarra lo que alimentaría los estómagos de millares de labradores. Para que tus noches se iluminen como el día al sol de la electricidad, las mujeres deben inclinar la frente sobre su labor al débil resplandor de una candela.

Holgazán, improductivo, para que tú tengas palacios, para que tu manto esté sembrado de oro, para que tu mesa esté guarnecida con finos manjares, tu pueblo se muere de miseria.

Eres el Alfonso de un pueblo, pero no conseguirás siquiera los voluptuosos besos de una fregona. No tendrás a tu disposición más que la carne legitimada del número que adherirán al tuyo por razones que ignorarás, o de la cortesana que se venda a ti. Hombre de veinte años, no conocerás el amor. No eres un hombre; eres un rey.

Te escribo una carta que no leerás jamás, pues los reyes no saben leer. Te compadezco al escribirte, Alfonso, como yo de carne y hueso, con aspiraciones y deseos acaso generosos... y pienso, sin embargo, que si estuviera en mi mano, te destruiría, a ti y a tus semejantes, con la conciencia de hacer un trabajo útil. ¿Entiendes, número 13?

El Hombre y la justicia[42]

Ya mostramos al hombre en guerra con la masa; veamos ahora al Hombre en guerra con la justicia.

Se ha perturbado el orden social. Un hombre ha entrado en lucha con la sociedad. Este hombre había creído poderosamente en la justicia. Cuando la justicia le faltó, ya no creyó más que en sí mismo, en su fuerza. Su acto, sin más, habría hecho sonreír a la sociedad y a su justicia de no haber contenido la fuerza del ejemplo.

Todos los «ciudadanos», todos los números, todos los catalogados, todos los inscritos se enteraron de lo que un hombre puede hacer. Ya no es solo el Hombre el que dinamita la sociedad. Es la sociedad la que se ve obligada a dinamitar al Hombre.

Un anciano de setenta años muestra a los jóvenes cómo hay que proceder para hacer la insurrección. No respeta nada. Dispara contra el capital, la magistratura, el ejército, la gendarmería. Grandpied, el propietario, Barreau, el escribano, Genry, el soldado, Fuseau y Masteau, los perros guardianes, todos pasan uno por uno ante el punto de mira del Hombre que se defiende.

La sociedad ha vencido; mantiene al Hombre encadenado. Durante los primeros días de agosto representaba la comedia de juzgarlo. No pudo matarlo en el combate; la sociedad va a jugar con el anciano en la sala de audiencias. Así que Roy compareció en Poitiers.

Es grande sus cabellos blancos, su bigote rubio. Sus ojos son azules, la mirada que despiden clara. La poderosa frente, el fuerte mentón previenen de su voluntad e inteligencia.

La masa gruñe en la sala a su llegada. Los esclavos no quieren a los hombres libres. Él observa tranquilamente el grotesco aparato de esta representación judicial.

El tal Cayla, que vive a expensas de la gente que trabaja últimamente bajo el falaz motivo de ser consejero, preside la ceremonia. Este individuo, que se jacta de «juzgar» a su prójimo con toda tranquilidad, de escuchar los pros y los contras sin tomar partido, está lleno de animosidad. Sin que nadie le haya pedido que se remonte a los tiempos de las cavernas, vuelve a los primeros años de Roy con el fin de presentar ciertos cargos en su contra. ¡Y qué cargos!

«¿Por qué lo licenciaron tras un año de servicio?

—Me necesitaban en la granja.

—Lo cierto es que el oficio militar no le complacía.

—No mucho, la verdad», dice Roy sonriendo.

Pues sí, al Hombre no le gusta obedecer y el ejército no podría complacerlo. Que alguien no sea capaz de defender su pereza es algo que ofende al consejero Cayla, ese improductivo.

El Cayla aún va más lejos y pregunta a Roy cuántos años ha vivido con su mujer.

«Tres años.

—¿Amaba usted a su mujer?

—Nos amábamos.

—¿Cómo es posible que no la acompañase usted, conforme a una muy respetable costumbre, hasta su última morada?

—No disponía de efectos».

Ante tal respuesta, Cayla junta las manos, levanta los ojos al cielo y exclama: «¡No disponía de efectos para asistir a las exequias de su mujer! ¡Pero, en tales circunstancias, los efectos se toman prestados! Me parece que la verdad es, más bien, que de la muerte de su esposa se había consolado por adelantado».

Toda la hipocresía de este juzgador y de la sociedad a la que representa está contenida en esta frase. El paseo tras un cadáver es la prueba legal, del dolor experimentado.

Como Roy intentó ganarse la vida montando un negocio de abonos, abandonando el trabajo de la tierra, Cayla el consejero lo trata de holgazán. Y, en la sala, nadie estalla en una carcajada en las narices de este parásito, de este holgazán legal que no se contenta con dejarse alimentar por los hombres, sino que además los mata o los encierra.

El interrogatorio llega al momento en el que Roy es guarda de caza, al momento en el que el Hombre, corrompido por la sociedad, dispone de un pedazo de autoridad. Entonces, el hombre trabajar, probo, estimado, se convierte en un Cayla de medio pelo en el ejercicio de su «magistratura»: practica el sistema de la doble balanza, de la doble medida. Es tibio con sus amigos; malvado, para los demás. Saquea y extorsiona, escamoteando procesos-verbales por una pieza de diez francos, del mismo modo que los magistrados dictan auto de sobreseimiento a cambio de un millar de francos o de un ascenso.

El Roy «guarda de caza» se encuentra situado entre su deber —el deber que le impone la sociedad—, su «interés» —el interés especial que le impone la sociedad— y los sentimientos de justicia, de bondad, de camaradería que pueda tener dentro de sí. Tiene el típico lema: «Yo cumplía con mi deber, y no podía hacerlo sin enojar a la gente».

Esto es cierto. La asociación de los ricos ha encontrado el medio de contaminar, de envenenar a los pobres, de hacer de ellos perros guardianes; ¿quién de nosotros no sabe que nuestro camarada Étiévant[43] estuvo a punto de ser agente de la autoridad? Para que podáis comer, los capitalistas os hacen guardar sus cofres y os inoculan la necesidad de morder.

Cayla quiere jugar con Roy a propósito del Código:

—¿Lo ha leído usted?

—Lo he entreabierto en alguna ocasión, pero no he tenido tiempo de leer todas las leyes que han metido ahí dentro.

—De haberlas leído, habría sabido que el primer debe de un hombre civilizado es respetar la vida de su semejante.

—¡Qué quiere decir usted! Creía que querían dispararme; yo me defendía.

Los anarquistas, de acuerdo con Cayla, piensan que los soldados son salvajes, puesto que no respetan la vida de sus semejantes, incluso aunque su interés personal no esté en juego, y pueden aprovechar para «solicitar» la supresión del ejército.

No sigamos detallando esta siniestra comedia, en la que la masa, el jurado, los hombres de la ley y los gendarmes se alzan vindicativamente frente al Hombre. Delante de esta horda, delante de esta jauría aulladora, babeante, mentirosa, calumniadora, Roy tiene un momento de sorpresa, que manifiesta con voz suave, como entristecida: «Es gracioso, jamás habría pensado reunir tantos odios a mi alrededor».

Cayla se mostró tan hostil hacia el acusado en el curso de las dos sesiones que la prensa no pudo silenciar el hecho. Halló efectos tan ridículos, tan odioso, que se pusieron en contra de su objetivo. Sí, la sociedad se vengaba; habían tocado los pilares que la sostienen, tenía miedo. Las gentes que tienen miedo no razonan.

Tras él, rivalizando con Cayla en granujería y maldad legal, es el tal Mendès, abogado general, el que viene a clamar por la muerte. Reprocha a Roy haber lanzado piropos a una vecina, algo que, sin duda, Cayla había olvidado. ¿Era acaso jurado el marido? Tal hombre pide la pena de muerte y tiene la audacia de pedirla diciendo: «¡Señores jurados, proclamen que la vida humana es sagrada!» Es de un cinismo tan repugnante como la cobardía de quienes lo escuchan. Y termina: «La sociedad exige que ninguna circunstancia atenuante sea reconocida en este asesinato. Es viejo, mas qué importa si fue joven para el crimen». El jurado obedeció.

Los doce bonzos, los doce de la masa, la docena de buenas gentes, con un decimotercero de añadidura para que cuadren las cuentas, respondieron afirmativamente a todas las cuestiones, sin circunstancias atenuantes, y hecho esto, para dejar bien clara su completa imbecilidad, firmaron inmediatamente una petición de indulto.

La sociedad debe vencer al Hombre, abatirlo. El individuo no debe vivir más que si la masa se lo permite. Roy fue, pues, condenado a muerte. Se le concedieron unas últimas palabras, y su sonrisa venció al sarcasmo de los abastecedores de la guillotina: «Si me cortan el cuello, no harán caer muchos cabellos de mi cabeza».

Si muchos hombres quisieran actuar, sé de muchos gandules, de muchos parásitos, que no tendrían la misma tranquilidad.

El ganado patriótico[44]

¡Al cuartel! ¡Al cuartel! Vamos, muchacho de veinte años, mecánico o profesor, albañil o dibujante, extiéndete sobre el lecho... sobre el lecho de Procusto.[45] Eres demasiado grande... te encogeremos. Esto es el cuartel... aquí no se hace uno el listo, aquí no se farda... todos iguales, todos hermanos... ¿Hermanos en qué? En estupidez y obediencia, desde luego.

¿Eh? ¡Ah! Tu individualidad, tu cabeza, tu forma... ¡Cómo nos la pela! Tus sentimientos, tus gustos, tus inclinaciones... ¡Al albañal! Es por la patria... te decimos. Ya no eres un hombre, eres un cordero. Estás en el cuartel para servir a la patria. Que no sabes lo que es, peor para ti. Por otro lado, no tienes por qué saberlo. No tienes más que obedecer. Vista a la derecha. Vista a la izquierda. A cubrirse. Descansen. ¡Come! ¡Bebe! ¡Duerme!

¡Ah! Y hablas de tu iniciativa, de tu voluntad. Aquí, ni idea de eso; no hay más que disciplina. ¡Cómo! ¿Qué dices? ¿Que te han enseñado a razonar, a discutir, a formarte un juicio sobre los hombres y las cosas? Aquí, a achantarla, a chaparla. No tienes, no debes tener otras preocupaciones, otros juicios, que los de tus jefes.

¡Que no quieres, que no puedes sino seguir a los que, por experiencia, has reconocido competencia? Nada de bromas aquí, pequeñín. Dispones de un medio mecánico para saber a quién obedecer... Cuenta los filamentos dorados en la manga de un dolman.[46]

¡Al cuartel! ¡Al cuartel!

El ejército, decía yo últimamente, no se enfrenta al enemigo exterior; el ejército no se enfrenta al enemigo interior; el ejército se enfrenta a nosotros mismos; a nuestra voluntad, a nuestro «yo». El ejército es la revancha de la masa contra el individuo, del número contra la unidad.

El ejército no es la escuela del crimen; el ejército no es la escuela de la corrupción, o si lo es, no es este el mayor de sus defectos; el ejército es la escuela de la apatía, la escuela de la emasculación.

A pesar de la familia, a pesar de la escuela, a pesar del taller, algo queda de su personalidad en cada uno de los hombres; de cuando en cuando, se producen movimientos de reacción contra el medio. El ejército, cuya sede es el cuartel, viene a completar esa obra de aniquilación del individuo.

El hombre de veinte años posee esa virilidad generosa que le permite emplearse en el desarrollo de una idea. No tiene las trabas del hábito, las desazones del hogar, el peso de los años. Puede llevar su lógica hasta la rebelión. Hay en él la savia necesaria para hacer estallar los brotes y eclosionar las flores.

En un recodo del camino, le tienden la celada de la patria, la trampa del ejército, la ratonera del cuartel. Tantos, se bloquean todas las facultades. Ya no hay que pensar. Ya no hay que leer. Ya no hay que escribir. En ningún caso hace falta la voluntad.

Desde la punta de los cabellos hasta la de los pies, todo vuestro cuerpo pertenece al ejército. Ya no elegís el peinado y el calzado que os place. Ya no lleváis la ropa amplia o ajustada al talle. No os acostáis cuando os viene el sueño... Hay un calzado, en hornos comunes y la hora de vuestro descanso está fijada desde hace años.

¿Qué es todo esto? ¡Cuestión de resistencia!

Pero hay algo peor... ¡En la calle, ya no habláis a quien deseáis! ¡No entráis en los lugares que os place! ¡No leéis el periódico que os interesa! ¡Vuestras relaciones, vuestros encuentros y vuestras lecturas también son reglamentarias! Y si, por casualidad, os vienen urgencias sexuales, tenéis el burdel de los soldados y el de los oficiales, del mismo modo que hay sitios diferentes para alcoholizarse.

Todo está regulado, todo está previsto. El individuo es asesinado. La iniciativa, muerta.

El cuartel es el establo del ganado patriótico. Sale de él un rebaño que está dispuesto para formar el ganado electoral.

El ejército es el temible instrumento erigido por los gobernantes contra los individuos; el cuartel es la canalización de las fuerzas humanas de todos en beneficio de algunos. Se entra en él hombre, se hace uno soldado y se sale ciudadano.

¡Abajo la ley![47]

«Los anarquistas encuentran coherentes con sus ideas las del señor La Rochefoucauld y las de todos aquellos que protestaron sin preocuparse por la legalidad», nos dice Anna Mahé.[48] Esto no es, evidentemente, exacto, tal como voy a demostrar. Basta con una palabra para disfrazar el sentido de una frase; también las cuatro palabras subrayadas han bastado para cambiar enteramente el sentido de la que cito.

Si Anna Mahé fuese líder de un gran periódico, se apresuraría a acusar de la pifia a los tipógrafos o al correcto y todo quedaría de lo mejor en el mejor de los mundos posibles. O bien, por otro lado, creería empecinarse con toda seriedad en una idea que no sería manifestación de su razonamiento, sino más bien el resultado de escribir a vuelapluma.

Anna piensa, pero con, que es necesario, sobre todo en estos artículos de cabecera el menor número de errores posible y señalarlos nosotros mismos cada vez que nos sea dado apercibirlos. Es a mí a quien incumbe hoy dicho trabajo.

Los católicos, los socialistas, todos aquellos que aceptan, en un momento dado, el sistema de voto no son coherentes con sus ideas cuando se rebelan contra las consecuencias de una ley, cuando se manifiestan contra sus agentes, sus representantes. Solo los anarquistas están autorizados, son coherentes con sus ideas cuando actúan contra la ley.

Cuando un hombre deposita su papeleta de voto en la urna no emplea medio alguno de persuasión proveniente del libre examen o de la experiencia. Lleva a cabo la operación mecánica de contar a aquellos que están dispuestos a elegir a los mismos delegados que él, a hacer, en consecuencia, las mismas leyes, a establecer los mismos reglamentos que deberán sufrir todos los hombres. Al introducir su papeleta dice: «Me confío al azar. El nombre que salga de esta urna será el de mi legislador. Puede que esté del lado de la mayoría, pero corro también el riesgo de estar del de la minoría. Tanto mejor o tanto peor».

Después de haberse puesto de acuerdo con los demás hombres, de haber decidido que se someterían los unos y los otros al juicio mecánico del número, hay, por parte de los que están en minoría, cuando estos no aceptan las leyes y reglamentos de la mayoría, como una trapacería de mal jugador, de esos que, desde luego, quieren ganar pero no perder.

Los católicos que decidieron, cuando se encontraban en mayoría, las leyes de excepción de 1893-1894, carecen de motivos para rebelarse cuando, en el seno de la mayoría, se deciden las leyes de Separación. Los socialistas que quieren decidir, estando en mayoría, las leyes sobre la jubilación de los obreros carecen de motivos para rebelarse contra la misma mayoría cuando esta aprueba alguna ley que contraría, poco o mucho, sus intereses. Ningún partido de los que aceptan el sufragio, por muy universal que este sea, como base de sus medios de acción, puede rebelarse en tanto se le deje el medio de afirmarse mediante la papeleta del voto.

Los católicos se encuentran en general, en dicha situación. Los señores en tela de juicio durante las últimas batallas eran muy «grandes electores», y algunos incluso parlamentarios; no solo los unos habían votado e intentado formar la mayoría en las Cámaras que preparan las leyes, sino que los otros habían elaborado dicha ley, y discutido sus términos y artículos. Siendo, pues, parlamentaristas y voteros, los católicos no son coherentes con sus ideas cuando se rebelan. Los socialistas tampoco lo son más. Hablan constantemente de revolución social y se eternizan en gestos pueriles de votación, a la perpetua busca de una mayoría legal. Aceptar ayer la tutela de la ley, rechazarla hoy, retomarla mañana: he aquí el modo de obrar de los católicos, de los socialistas, de los parlamentaristas en general. Es ilógico.

Cada una de sus actitudes no se encuentra en relación lógica con la de la víspera, del mismo modo que la de mañana no lo estará con la de hoy. O se acepta la ley de las mayorías o no se acepta. Aquellos que la inscriben en su programa y que persiguen lograr la mayoría son ilógicos cuando se resisten a ella.

Así es. Pero, cada vez que los católicos, los socialistas se rebelan, no indagamos en los actos de la víspera, no nos ocupamos de los que se realizarán mañana; contemplamos tranquilamente cómo rompen la ley aquellos que son sus propios fabricantes. Será cosa nuestra hacer que esos días no tengan un mañana.

Así pue, los anarquistas son los únicos lógicos al rebelarse. Los anarquistas no votan. No quieren ser la mayoría que manda, no aceptan ser la mayoría que obedece. Cuando se rebelan, no tienen necesidad de romper ningún contrato; jamás aceptan vincular su individualidad a gobierno alguno.

Solo ellos, pues, son rebeldes que no mantienen ningún vínculo, y cada uno de sus gestos violentos está en relación con sus ideas, es coherente con su razonamiento.

Por la demostración, por la observación, por la experiencia o, la falta de todas ellas, por la fuerza, por la violencia: he aquí los medios por los que quieren imponerse los anarquistas. Por la mayoría, por la ley, ¡jamás!

El criminal[49]

Tú eres el criminal, oh Pueblo, puesto que tú eres el Soberano. Eres, bien es cierto, el criminal inconsciente e ingenuo. Votas y no ves que eres tu propia víctima. Sin embargo, ¿no has experimentado lo suficiente que los diputados, que prometen defenderte, como todos los gobiernos del mundo presente y pasado, son mentirosos e impotentes? ¡Lo sabes y te quejas! ¡Lo sabes y los eliges! Los gobernantes, sean quienes sean, trabajaron, trabajan y trabajarán por sus intereses, por los de su casta y por los de sus camarillas. ¿Dónde y cómo podría ser de otro modo? Los gobernados son subalternos y explotados; ¿conoces alguno que no lo sea?

Mientras no comprendas que solo de ti depende producir y vivir a tu antojo, mientras soportes —por temor— y tú mismo fabriques —por creer en la autoridad necesaria— a jefes y directores, sábelo bien, también tus delegados y amos vivirán de tu trabajo y tu necedad. ¡Te quejas de todo! ¿Pero no eres tú el causante de las mil plagas que te devoran?

Te quejas de la policía, del ejército, de la justicia, de los cuarteles, de las prisiones, de las administraciones, de las leyes, de los ministros, del gobierno, de los financieros, de los especuladores, de los funcionarios, de los patrones, de los sacerdotes, de los propietarios, de los salarios, del paro, del parlamento, de los impuestos, de los aduaneros, de los rentistas, del precio de los víveres, de los arriendos y los alquileres, de las largas jornadas en el taller y en la fábrica, de la magra pitanza, de las privaciones sin número y de la masa infinita de iniquidades sociales.

Te quejas, pero quieres que se mantenga el sistema en el que vegetas. A veces te rebelas, pero para volver a empezar. ¡Eres tú quien produce todo, quien siembra y labora, quien forja y teje, quien amasa y transforma, quien construya y fabrica, quien alimenta y fecunda! ¿Por qué no sacia entonces tu hambre? ¿Por qué eres tú el mal vestido, el mal nutrido, el mal alojado? Sí, ¿por qué no eres tú tu señor? ¿Por qué te inclinas, obedeces, sirves? ¿Por qué eres tú el inferior, el humillado, el ofendido, el servidor, el esclavo?

¿Elaboras todo y no posees nada? Todo es gracias a ti y tú no eres nada. Me equivoco. Eres el elector, el votante, el que acepta lo que es; aquel que, mediante la papeleta de voto, sanciona todas sus miserias; aquel que, al votar, consagra todas sus servidumbres.

Eres el criado voluntario, el doméstico amable, el lacayo, el arrastrao, el perro que lame el látigo, arrastrándote bajo el puño del amo. Eres el sargento mayor, el carcelero y el soplón. Eres el buen soldado, el portero modelo, el inquilino benévolo. Eres el empleado fiel, el devoto servidor, el campesino sobrio, el obrero resignado a su propia esclavitud. Eres tu propio verdugo. ¿De qué te quejas?

Eres un peligro para todos nosotros, hombres libres, anarquistas. Eres un peligro igual que los tiranos, que los amos a los que te entregas, que eliges, a los que apoyas, a los que alimentas, que proteges con tus bayonetas, que defiendes con la fuerza bruta, que exaltas con tu ignorancia, que legalizas con tus papeletas de voto y que nos impones por tu imbecilidad.

Tú eres el Soberano, al que se adula y engaña. Te encandilan los discursos. Los carteles te atrapan; te encantan las bobadas y las fruslerías: sigue satisfecho mientras esperas que te fusilen en las colonias y que te masacren en las fronteras a la sombra de tu bandera.

Si lenguas interesadas se relamen ante tu real excremento, ¡oh Soberano!; si candidatos hambrientos de mandatos y ahítos de simplezas, te cepillan el espinazo y la grupa de tu autocracia de papel; si te embriagas con el incienso y las promesas que vierten sobre ti los que siempre te han traicionado, te engañan y te venderán mañana; es que tú mismo te parecer a ellos. Es que no vales más que la horda de tus famélicos aduladores. Es que, no habiendo podido elevarte a la consciencia de tu individualidad y de tu independencia, eres incapaz de liberarte por ti mismo. No quieres, luego no puedes ser libre.

¡Vamos, vota! Ten confianza en tus mandatarios, cree en tus elegidos. Pero deja de quejarte. Los yugos que soportas, eres tú quien te los impones. Los crímenes por los que sufres, eres tú quien los cometes. Tú eres el amo, tú el criminal e, ironía, eres tú también el esclavo y la víctima.

Nosotros, cansados de la opresión de los amos que nos das, cansados de soportar su arrogancia, cansados de soportar tu pasividad, venimos a llamarte a la reflexión, a la acción. Venga, un buen movimiento: quítate el estrecho traje de la legislación, lava rudamente tu cuerpo para que mueran los parásitos y la miseria que te devoran. Solo entonces podrás vivir plenamente.

¡El criminal es el Elector!

El ganado electoral[50]

Aquí mismo he esbozado a grandes rasgos al ganado sindical, al ganado patriótico, al ganado de los amarillos,[51] al ganado de los honrados; es preciso que describa hoy al más importante de los ganados, el más fuerte por su estupidez: el ganado electoral.

Al son de la piel de asno del tambor nacionalista, del pellejo de los tamboriles republicanos, de los metales de la trompeta revolucionaria, así se toca, se marca el ritmo, se convoca al ganado electoral; es la llamada a los electores, que resuena a través del espacio.

Votad por Fulano, votad por Tal, votad por Pascual. Carteles multicolores os asaltan en todas las esquinas de la calle para hablaros del candor, del talante, de la lealtad de un candidato cualquiera. En pocas líneas, el Gérault-Richard[52] de los bulevares exteriores, el Rouvier[53] de los caminos reales, el Marchand[54] de la cheira y el apretón de manos, se convierten en dechados de virtud, de honradez y de templanza.

El ganado electoral comenta la fuerza del cayado del Uno, el latigazo del Otro, la habilidad crapulosa de Tal y los estruendosos arrebatos de Pascual.

El ganado calibra también el valor de las promesas hechas; no porque ignore que nunca se mantienen, sino para darse un poco de ilusión. La luna, la felicidad, la disminución de los impuestos, la libertad son otras tantas quimeras en las que ya no cree, pero en las que le parece buena cosa fingir que cree todavía.

El ganado electoral corre a la cita convocado por los aprendices de pastor después de haberlo echado a los dados en la tasca. ¿A la de los nacionalistas o a la de los sociatas? Los dados responden. Llena la sala y escucha religiosamente al orador-candidato, que corta rodajas de felicidad y despacha paquetitos de reforma. Abre la bocaza y las orejas para llenárselas a más y mejor.

«Las alondras te caerán ya asadas en la boca; tu cuchitril se transformará en palacio; tendrás una renta a treinta años», dice el candidato. «¡Oh, oh, oh! ¡Pero qué bien habla este hombre! Son mentiras lo que nos cuenta, pero nos hace bien creer por un momento que son verdades», dice el votero.

En ocasiones ocurre que otro candidato interrumpe para decir: «Eso no es exacto: las alondras te caerán ya cocidas en la boca». Y el ganado electoral sigue, atento, el apasionante debate: «¿Cocidas o asadas? ¿Cómo estarán cocinadas esas alondras que no comerá?»

Entonces, cuando todos están sumidos en el sueño, una voz interrumpe brutalmente, sin precauciones oratorias, a los charlatanes: «Las alondras no te caerán ni asadas ni cocidas en la boca, atontado. Y si alguna vez cayeran ya cocinadas, sería, gracias a ti estupidez, en la boca de los candidatos».

Enseguida vienen los gritos, las vociferaciones: «¡A muerte! ¡Matadlo! ¡A por él! ¡Chápala! ¡Provocador! ¡Agente de la reacción! ¡Amarillo! ¡Rojo! ¡Jesuita! ¡Comunero!». Aquel que quiere lanzar la verdad se ve rodeado, zarandeado; se alzan los puños sobre su cabeza, le escupen a la cara, lo expulsan. Y tranquilo, el prometedor sigue ofreciendo el paraíso, vendiendo la felicidad al pormenor, y el ganado electoral vuelve a soñar despierto, bebe el decepcionante vino de la esperanza.

Como en cualquier rebaño, aquí también hay cabecillas: las gentes del comité. Son aquellos a los que el candidato ha prometido cosa distinta de la nuez vacía de la esperanza. Tienen como misión «calentar» la sala, velar por que ningún inoportuno pueda entrar. Preparan al público, emborrachan de vinazo a algunos fortachones cuyos pechos servirán de muralla al charlatán. Junto a ellos, hay algunos sinceros: aquellos cuya estupidez alcanza el grado mayor. Son los que prestan mejor apoyo, los borregos que saltan el lindero y muestran el camino a todo el rebaño.

Digámoslo bien alto: ¿qué nos preocupa que esquilen, coman, rebocen en todas las salsas al ganado electoral? Nada.

Lo que nos importa es que, arrastrados por el peso del número, rodamos hacia el precipicio al que nos conduce la inconsciencia del rebaño. Vemos el precipicio, gritamos «¡peligro!». Si pudiéramos liberarnos de la masa que nos arrastra, la dejaríamos rodar hacia el abismo; en lo que a mí se refiere, incluso la empujaría. Pero no podemos. Por eso debemos estar en todos lados, mostrando el peligro, descubriendo al charlatán. Devolvamos al terreno de la realidad al ganado electoral que se extravía en las arenas movedizas del sueño.

Nosotros no queremos votar, pero aquellos que voten elegirán a su amo, el cual será, querámoslo o no, también nuestro amo. Por eso debemos impedir que alguien lleve a cabo el gesto esencialmente autoritario del voto. Entre los nacionalistas y los socialistas, entre los republicanos y los monárquicos, por todos lados debemos llevar el lema anarquista «ni dioses ni amos».

Ya sea mediante la razón, ya por la violencia, es necesario que impidamos la marcha hacia el abismo a la que nos arrastran la apatía y la estupidez de los voteros. Que el ganado electoral sea guiado a correazos, es algo que nos importa poco; el problema es que construye vallados tras los cuales se encierra y quiere encerrarnos, que nombra a los amos que lo dirigirán y quieren dirigirnos.

Tales vallados son las leyes. Tales maestros, los legisladores. Es necesario que trabajemos por destruir los unos y los otros, aunque para ello debamos dispersar al viento el estiércol en el que crecen los diputados, el estiércol electoral.

Socialismo y anarquismo[55]

Ciertas ideas flotan en la atmósfera en determinadas épocas. Por todos lados —como si tal trabajo se hiciera de común acuerdo— se plantean ciertos problemas. Dichas cuestiones se presentan de forma precisa en tal medio, de forma borrosa en tal otro, pero en todos ellos solicitan la atención de los hombres que piensan.

Los camaradas recordarán la apasionante discusión que provocó en Le Libertaire y en las Causeries populaires la idea de la constitución de un partido libertario, el cual enviaría representantes al Parlamento. Representantes de la oposición, como va de suyo. Y apenas acabábamos de salir de una discusión sobre sindicalismo y política, partido del Trabajo y partido libertario.[56] Aún vemos empeñados en esta batalla a Paraf-Javal y Georges Paul,[57] a Niel[58] y Malato.[59] Para los leaders de la discusión, los argumentos recíprocos no resultaron convincentes, o al menos eso me parece, y cada uno se mantuvo en su terreno [...]. Las últimas elecciones han hecho revivir la cuestión del partido libertario, del partido de concentración revolucionaria.

Algunos han llorado moderadamente para sus adentros la decepción de no ver la palabra anarquista resonar en la tribuna del Palacio Borbón.[60] Otros daban incluso por supuesto que, de buena gana, habrían aceptado sacrificarse por la causa. De nuevo, vuelta a empezar... ¿Se tratará también de la misma aceptación? No lo creo.

La influencia del medio, las corrientes populares penetran incluso entre los anarquistas. Estos han oído hablar por todos lados de victoria de la democracia, de república, de partidos progresistas. De ahí llegan a dar por descontado el triunfo legal de la anarquía... Y, puesto que la anarquía es un poco demasiado dura para atravesar la grieta parlamentaria, tan solo se desliza por ella el pequeño engendro del libertarismo.

Si Guesde, pontificando en los cafetines del norte; Gérault-Richard,[61] zascandileando en los cabarés de Montmartre; Coutant,[62] perorando en las tabernas de mala muerte de los alrededores de París; y Jaurès, charloteando en los cafés meridoniales, pusieron sus esperanzas en que su verbo resonase desde lo alto de las tribunas parlamentarias y sus interrupciones salpimentaran las sesiones legislativas, no extrañará que también entre nosotros haya muchachos incomprendidos que no pidan más que manifestar su valía.

A menudo he pensado que la idiotez general de mis contemporáneos y la imbecilidad cobarde de los camaradas me permitirían colocarme en algún escalafón oficial. He entrevisto el gesto y el ruido entrecortado de mis zurriagazos dominar a la turba de diputados mejor que los débiles timbrazos presidenciales. Tras esta humilde confesión, me permitiréis mostraros todo el absurdo, todo el peligro que encierra dejar caer al anarquismo, bajo el pretexto que sea, en la trampa del parlamentarismo.

Por todos los medios se intenta lograr dicha caída. Tanto los medios más sinceros como los más pérfidos ofrecen diferentes argumentos. Para empezar, se establece un acuerdo con los socialistas, dejando al margen la cuestión del voto y del parlamentarismo. Marcharíamos junto a los socialistas ultra-revolucionarios, los sindicalistas de la acción directa; nos uniríamos en una lucha común. Ya se bosqueja el plan de un diario basado en una idea de concentración revolucionaria. Los elementos se asocian en él de forma barroca.

Aquí mismo, Ludovic Bertrand ha hablado de un acuerdo con los socialistas, descuidando la táctica parlamentaria. Marcharíamos de la mano hasta una determinada encrucijada. Otros se esfuerzan por mostrar que los anarquistas no son más que socialistas. Quieren escamotear el sentido actual de la palabra «socialismo» bajo su sentido en el pasado.

Sí, somos socialistas porque tenemos un pensamiento social, porque nos preocupamos por los problemas sociales: socialistas-anarquistas. Pero, para decirlo con menos palabras, somos anarquistas. No somos nosotros los que rechazamos el término; son ciertos individuos, cierto partido, los que abusan de él: los socialistas, el partido socialista.

Este último se ha complacido en hacer, de un apelativo general, un apelativo particular.

Si el socialismo ha de significar la doctrina del señor Jaurès o del señor Guesde, el allemanismo[63] o el broussismo,[64] que no se nos busque en él. Podemos ocupar un espacio legal. El anarquismo y el estatismo podrán situarse el uno al lado del otro. Pero ¿acaso quiere esto decir que no se combatirán igualmente?

Nuestro individualismo, nuestro comunismo no tienen nada en común con el estatismo, con el colectivismo allemano-guesdo-broussista. Algo de lo que no se habla lo suficiente y que separa por completo a los anarquistas de los socialistas es el hecho de que la doctrina de los segundos no es más que un conjunto de programas políticos, en tanto que la de los primeros comporta toda una enseñanza filosófica.

El socialismo —en el sentido relativo de la palabra— resulta incompleto al lado del anarquismo. El programa del socialismo toma al elector y carga con él entre sus derechos y deberes políticos. La filosofía del anarquismo toma al individuo desde la cuna y lo acompaña hasta el horno crematorio.

El anarquismo concierne al individuo, no solo frente a la colectividad, sino frente a sí mismo. El anarquismo no se dirige al ciudadano, sino al hombre. Lo para a las puertas de los cabarés, de los colegios electorales, de los burdeles o de los cuarteles, de las iglesias o de los fumaderos de opio. Lo conduce al terreno de la ciencia, del libre examen, de la observación.

Mientras que el socialismo de Guesde puede hacer buenas migas con el catolicismo, mientras que el socialismo de Bebel[65] se reconoce en el patriotismo más puro, mientras que el socialismo de Viviani,[66] de Briand[67] o de Millerand[68] se conchaba con los «mejores jueces», el anarquismo auténtico destruye los tribunales, los panteones y las catedrales que la idea de justicia, la idea de patria y la idea de Dios construyen en el cerebro de los hombres.

Puede lamentarse, en ocasiones, que nuestra elección, nuestra opinión, no salten al rostro de la opinión general, junto a la de los líderes del radicalismo o del socialismo. Yo no lo lamento.

El día en que nuestra idea esté lo bastante generalizada como para llevar a algunos de los nuestros al Parlamento, tendremos cosas mejores que hacer que ir a pontificar en él. Seremos los suficientes en número como para lanzar el libro o el folleto a todas las manos, como para hablar en todos los medios sin imponernos la palinodia de la elección y la mentira del voto.

Ya ahora, la minoría que formamos hace vibrar las cuerdas del espíritu del pueblo más poderosamente que el partido socialista unificado o independiente. Nuestros folletos se distribuyen por millares. La biblioteca socialista no puede competir con la biblioteca anarquista. El socialismo no tiene equivalentes a los folletos de un Kropotkin, de un Reclus, de un Paraf-Javal, de un Grave,[69] de un Nieuwenhuis o de un Malatesta. Nuestros folletos están por todos lados, penetran en cualquier lugar.[70]

No es el Palacio Borbón o el de Luxemburgo[71] lo que necesitan sus sanas y fuertes ideas, sino hombres que las piensen, las escriban, las divulguen. Las ideas, arrojadas desde una tribuna legislativa, toman una forma legal que disminuye toda su fuerza. Pasan bajo la mirada de la censura gubernamental.

Las ideas anarquistas no toman su fuerza, su «autoridad», del lugar desde donde se lanzan, sino de su propio valor. Solo los partidos decadentes tienen necesidad de la autoridad del voto y del número. El anarquismo está demasiado vivo. [...]

Impresiones[72]

El rápido recorre la línea del norte, hacia Boulogne, hacia Calais. La máquina devora kilómetros. Evoco ya a esos amigos que no conozco y que me hacen venir hasta aquí para charlar. Porque no es una conferencia lo que voy a dar, sino una charla. No es como orador, como conferenciante, como voy a hablar a gentes a las que deba subyugar mediante mi elocuencia, mediante mi retórica; son camaradas, son amigos; y solo la fuerza Smith razonamiento, la potencia de mi convicción deben intervenir junto a ellos.

Y pienso en esta «responsabilidad», si puede decirse así, en esta responsabilidad que me compete, de venir a provocar nuevas formas de pensar, nuevas formas de ser entre estos jóvenes. Pues son jóvenes, no me cabe ninguna duda, todo lo más, hombres de mi edad, los que me han invitado a esta charla.

Es preciso, si vengo a turbar la banalidad de su existencia, que les traiga, de otro lado, la felicidad y la vida. Me pongo en su lugar, en la misma época, y recuerdo mis primeras sensaciones, mis primeros deseos de conocer la «verdad». Vuelvo a recorrer rápidamente las primeras etapas y me pregunto si esas ideas nuevas han traído a mí más fuerza, más alegría.

Qué decir... No siento vacilación alguna. Sí, la idea anarquista ha hecho de mí un hombre diferente del que habría sido en la banalidad de las ideas acostumbradas. Todo lo que hay de «bueno» en mí, de fuerte, proviene de su lógica, de su templanza.

Y, sin embargo, qué avatares, qué caminos espinosos, qué baches no me habrá hecho atravesar. ¡No importa! Me ha evitado la trampa de la enfermedad interior, de la enfermedad de los prejuicios y los dogmas. Cada vez que el atavismo y la influencia del medio inclinan mi cuerpo hacia la tierra, hacia la suciedad, la idea anarquista hace que se yerga de forma maravillosa, con una ruda unción que alivia músculos y nervios.

Y, acaso esa fuerza que me ha dado, ¿no es sino una fuerza interior? En absoluto. Cuántos amigos, a los que he tenido la dicha de ser útil y que me dieron la dicha de serme útiles, ha puesto cerca de mí. Cuántos amigos sin prejuicios, cuántos amigos auténticos me han mostrado su dedicación, comprendiendo mis debilidades y ayudándome a sanarme de ellas. Cuántos amigos que pueden guiaros y a los que uno puede guiar.

Es como una pesadilla que aparto rápido de mi mente, cuando evoco la vida que habría podido llevar; esa glorificación de la panza, de la panza solo. Mientras yo veo, con alegría la glorificación de todo el cuerpo que me ha permitido la idea anarquista.

Es una fuerza personal, son los amigos, las compañías agradables que la anarquía aportará a todos y cada uno si sé lanzar la idea con fuerza. No tengo más inquietud que la forma que he de dar a mi propaganda; una forma que deberá llevar a mis amigos hacia la lógica sin hacer que se retrasen en las múltiples encrucijadas de la idea anarquista.


He aquí Calais... La recepción banal: dos o tres compañeros dispuestos a recibir el señor camarada. Rompo el hielo a bastonazos. Inmediatamente, nos sentimos a gusto. Soy, sin ninguna duda, tal como me esperaban. Y las discusiones comienzan: «¿El grupo? ¿Qué tal funciona? ¿Quiénes vienen? No lo frecuentan mujeres. — ¡Es un grupo muerto! — No es lo habitual. — Hay que establecerlo. — Sí, pero ¿cómo? — Enseguida lo veremos».

Calais fue, hará unos diez años, un medio anarquista interesante, de esos grupos al viejo estilo en los que se bebían carajillos anarquistamente y en los que había que cortar la atmósfera de tabaco con un cuchillo.

Las persecuciones dispersaron a sus elementos y, cada uno por su cuenta, contaba tranquilamente que él era un precursor, un veterano de la vieja guardia que ya no había nada que contarle, que ya no tenía nada que aprender, nada que leer... Puesto que no avanzaban, recularon... y, un día, algunos se encontraron delante de las urnas.

En aquel momento, la nueva corriente de ideas nacía, se desarrollaba, una fiebre de acción volvía a tomar la ciudad. La agrupación anarquista se recomponía... Los veteranos se apartaron de ella prudentemente... Algunos incluso se llevaron una gran sorpresa al ver a sus hijos ocupar su lugar en ella.

Fueron los jóvenes de entre veinte y treinta años los que lanzaron el movimiento. Hasta ahora, los grupos no habían salido de las tascas, la propaganda no había atravesado jamás las puertas de la casa familiar. Desde sus primeros pasos, nuestros amigos quieren, sin embargo, liberarse del café, del carajillo. Desde sus primeros pasos, nuestros amigos llevan la palabra anarquista a sus casas, a sus familias, a sus compañeras, a sus hermanas. Las temibles trabas que impedían la eclosión del trabajo anarquista se han quebrado.

Sí, estoy feliz por esta charla continua que ha durado horas y horas. He hecho más por aquí y por allá, de un lado y del otro, que en la charla misma. No solo los camaradas se conocen, sino que conocen a las mujeres de la familia, y también a los niños. Un agradable tuteo libera a los jóvenes y a las jóvenes y rompe con ese trasnochado respeto que aleja a los unos de los otros según el sexo. Los camaradas ayudarán, en Calais como en París, a barrer los cuartos, a fregar las vajillas para que las mujeres vengan a engrosar las fuerzas de la agrupación; para que la vivacidad de sus espíritus y de sus réplicas, su gracia incluso, diría yo, aumente la potencia de la propaganda.

Y vuelvo lleno por completo de una impresión nueva. Sentía, por dondequiera que pasásemos, brotar la anarquía, crecer y embellecer la vida de los hombres.

A los reclutas[73]

Camaradas,

En pocos días, la más hermosa y dulce de las patrias va a ordenar una parte de vosotros que abandonéis la residencia familiar, que os separéis de los tiernos afectos de un padre, de una madre, de una amante o de los amigos para sufrir dos años de acuartelamiento.

Después de haber sido adiestrado por la escuela y la familia en la idea de la patria; después de haber aprendido a considerar como enemigo a cualquier ser diferente en costumbres, en idioma y que viva fuera de esos límites convenidos llamados fronteras; vienen, con el pretexto de la defensa nacional y en nombre de las libertades adquiridas, a imponeros una envilecedora esclavitud.

Pero, si la defensa de Francia es la causa principal de tal imposición, ¿por qué las tropas que constituyen el ejército no están escalonadas a lo largo de las fronteras y las costas? ¿Qué hacen en el interior de la nación?

Todos los regímenes, todos los gobiernos sucesivos han empleado siempre esa fuerza en lo que han convenido en llamar el «mantenimiento del orden interno». Lo que, en términos claros y precisos, quiere decir: la defensa de la caja fuerte y la protección de las clases expoliadoras contra las lógicas reivindicaciones del proletariado.

¿Acaso no dijo Jean-Baptiste Say, un economista burgués: «Lejos de proteger la independencia nacional, una gran institución militar es acaso lo que más la compromete como consecuencia de las tendencias agresivas que determina en aquellos que disponen de ella»? ¡Pues sí! Estas viejas palabras merecen reflexión todavía en nuestra época.

En efecto, ¿qué van a ordenaros tras vestiros con una ridícula librea? Que hagáis abstracción de vuestra individualidad, que aplastéis toda iniciativa, toda vida intelectual, y que os dobleguéis ante una obediencia degradante y sometida a una jerarquía idiota, que es la negación de todo razonamiento. Os dirán que las órdenes de vuestros superiores deben ser obedecidas sin un murmullo, sin examen, con una fe ciega.

Además del odio al extranjero, que ya habéis adquirido, se os enseñará a considerar como despreciable a aquel que, nacido en vuestra misma tierra, tenga una concepción contraria a la obediencia pasiva o a la aceptación de las reglas impuestas por el gobierno. Y, cuando hayan destruido en vosotros todo espíritu de reflexión, de libertad, seréis las máquinas de matar de las que se servirán para asegurar el reino de lo arbitrario sobre la ignorancia.

Seréis empleados igualmente en una labor policial humillante y provocadora para perpetuar la servidumbre patronal y la miseria, suertes que también compartiréis mañana; con el fin de aplastar todo impulso de generosa rebelión en el oprimido, vosotros, hijos de trabajadores, pondréis vuestra energía al servicio de los opresores; seréis vosotros los que, atenazados por el miedo al castigo, obedeciendo a una orden bárbara de vuestros oficiales, dispararéis cobardemente contra vuestros padres, vuestras madres, vuestras hermanas, vuestros amigos... pues aquí mataréis a indiferentes que habrán de ser los padres de quienes ejecutarán la misma orden en vuestros respectivos países.

Con el fin de combatir este fanatismo egoísta de la patria y el ejército bajo todas sus formas, que destruye en el individuo el espíritu revolucionario de solidaridad humana, venimos a deciros, jóvenes en los cuales el hábito ha ocupado siempre el lugar de la razón, que es tiempo de rechazar todas esas metafísicas religiosas y laicas que no sirven sino para consolidar los privilegios de algunos, manteniendo los males y la miseria del mayor número. La gloria, el honor, el ejército, la patria, dios son otros tantos términos vagos que, con todo, se han vuelto mágicos y bajo los cuales los dirigentes pasados y presentes han hecho y siguen haciendo inclinarse a las masas.

Todas las guerras son criminales y no aprovechan más que a la plutocracia que nos gobierna y a los agiotistas que nos explotan. Por eso os decimos: no seáis más los corderos del sacrificio, lanzad el anatema sobre los asesinos, dejad de ser esclavos pasivos; sed seres que piensan y están decididos a defender, no los intereses de su amo, sino su propio derecho a la vida.

La patria es suave con los ricos, inexorable con los desgraciados. La patria perpetúa el antagonismo, continúa la más feroz autoridad. Y es para mantener este estado tiránico para lo que vais a sacrificar dos hermosos años de vuestra juventud y acaso vuestra vida.

Si vuestra inconsciencia os conduce a un lugar en huelga, sabes que es contra vosotros contra quienes se volverán los brutales gestos de vuestra apatía al servicio de la defensa del capital que oprime a vuestros hermanos. ¿No seréis vosotros, por otro lado, los oprimidos de mañana?

Cuando os envían a la frontera o en expediciones coloniales, no haréis de nuevo el sacrificio de vuestras vidas más que en beneficio de banqueros podridos o agiotistas sin vergüenza, y si regresáis enfermos y miserables, ¿qué hará por vosotros vuestra madre patria? Nada.

¡Esa madre no es sino una madrastra! He aquí por qué nosotros, antimilitaristas, decidimos responder a toda declaración de guerra mediante la insurrección. No creáis que rechazamos a un amo para aceptar la opresión de cualquier soldadote con espuelas y laureles... habida cuenta de que el trabajo antimilitarista que hacemos aquí se lleva a cabo en otro lugar con mayor intensidad. Combatir a los ejércitos es abrir una nueva era a la ciencia de la felicidad.

Romped el círculo de las tradiciones anticuadas; que la venda que se han complacido en poner sobre vuestros ojos no os oculte nunca más el sol. Esclavos, romped vuestras cadenas, que vuestros cerebros se enamoren de las hermosas desobediencias revolucionarias y, si ha de correr vuestra sangre, que sea por vuestra felicidad y vuestra libertad.

Actividad anarquista[74]

Leía yo con atención el artículo de Robert Delon y comprendía todo su alcance. Es, en efecto, el método uno de los más seguros auxiliares de la razón, uno de los mejores apoyos a la propaganda. Pensaba entonces en echar un vistazo retrospectivo al trabajo de estos últimos años. No quiero —puesto que considero el trabajo de gran utilidad— entrar hoy en el detalle de nuestros esfuerzos. Un simple vistazo tan solo.

Después de la propaganda de orden negativo que habíamos puesto en marcha por todo París, algunos amigos y yo decidimos, sin interrumpirla, comenzar una propaganda de orden positivo. Habíamos adquirido y mantenido para la primera de ellas un espíritu metódico que nos pareció debíamos conservar al comenzar la segunda. Solo después de haber afrontado toda la dificultad del trabajo positivo, decidimos ponerlo en marcha.

¿Hacia dónde nos encaminaríamos? Hacia dónde nos encaminamos todos nosotros, anarquistas, si no es hacia esa tierra comunista en la que nuestros individualismos podrían afirmarse? ¿Hacia dónde me encaminaba yo mismo, rabelesiano, si no es hacia esa abadía de Thelema[75] sobre cuya entrada resplandece el famoso «Haz lo que quieras»? Pero de inmediato comprendimos que no se fabrica a voluntad, con un golpe de varita mágica, un medio semejante, ni a los hombres que deben vivir en él.

Celosos del éxito y, en consecuencia, de asumir el buen método, comprendimos que no había que poner el carro delante de los bueyes y comenzamos, en octubre de 1902, a formar las Causeries populaires, agrupación anarquista —sin cotización, sin estatutos, sin inscripción—, que debía ayudarnos a reunir a los individuos.

Al principio, nuestras primeras asambleas tuvieron lugar en la trastienda de una vinatería. Allí esperamos pacientemente conseguir un núcleo lo bastante fuerte como para asegurar la vitalidad del grupo, así como reunir los primeros fondos para alquilar un local en el que pudiéramos liberarnos de casi todas las promiscuidades. Esto ocurrió en octubre de 1903, un año después.

Entretanto, sabiendo de la utilidad de tener varios centros, formábamos en Montmartre, en junio de 1904, gracias a la buena marcha del primero. En el distrito 13 y sobre las mismas bases, amigos nuestros formaban otra Causerie, que también se hizo con un local pasados seis meses.

Fue entonces cuando se volvió necesario, cuando se impuso la necesidad del órgano que reuniría a todos esos núcleos, a todos esos centros, y a otros núcleos, otros centros, que no habrían de dejar de surgir en provincias, o incluso uniría a ciertas individualidades con las susodichas agrupaciones.

¡Cómo actuar? ¡Siempre con el mismo método! Solicitamos, para empezar, un gran esfuerzo de aquellos que estaban interesados. Buscamos oportunidades, hojeamos publicaciones y, para hacer nuestro periódico, quisimos, antes que nada, tener una imprenta.

Ya en noviembre de 1904, las Causeries populaires podían elaborar pequeños manifiestos. En abril de 1905 aparecía el primer número de l'anarchie.[76] Organizábamos nosotros mismos la publicidad de nuestras conferencias y podíamos permitirnos la aparición de carteles y folletos.

Pero ¿duraría este ensayo? ¿Encontraría, entre tantas dificultades, fuerza para vivir? Sí. En abril de 1906, un año de existencia nos lo demostraba, y entonces decidimos completar el material de imprenta. El material era mucho. En julio de 1906 hicimos un llamamiento a nuestros camaradas, a aquellos que comprenden la forma de nuestra propaganda, para establecer, sobre bases sólidas, la imprenta de las Causeries populaires.

Unos pocos días más, incluso, si fuera necesario, hasta finales de año, y el trabajo estará hecho. Entonces comenzaremos con la escuela, la continuación lógica de nuestro trabajo. Trabajaremos para alcanzar mediante la escuela «anarquista» a los individuos menos aplastados, menos contaminados por el ambiente, más sanos y más fuertes. Desde ahora estudiamos los medios materiales el intelectuales que deberán asegurar su buena vitalidad.

Y solo cuando también esta experiencia haya conocido el éxito, creeremos tener los elementos necesarios para la formación de un medio libre o, mejor dicho, será entonces cuando se imponga por sí mismo, metódicamente. Desde la unidad habremos llegado al todo, desde el individuo al medio. Encontramos malas las demás formas de proceder y, para probarlo, empleamos el método contrario. Eso es todo.

Que no se nos suba a la cabeza también a nosotros; nos encontramos en el establecimiento casi definitivo de la imprenta de las Causeries populaires, para el cual aún tenemos necesidad de vosotros, camaradas. No levantemos castillos en el aire; velemos, de momento, por nuestro humilde chamizo.

A propósito de la imprenta, terminaré casi con un post-scriptum. Algunos imbéciles, que no pueden ver cómo se trabaja a su rededor sin sentirse fatigados, cacarean, dan vueltas y más vueltas, os escriben largas cartas incluso. «¿Qué significan vuestra tentativa y la tentativa de Girault[77]-Lorulot?[78] ¡Os estáis haciendo la competencia! ¿Adónde vais? ¿Cómo vais a triunfar? ¡Todo eso son celos individuales! ¿Por qué no os asociáis?» Descansad, oh fatigados. Por mucha tarea que haya, no será cosa vuestra. Al levantaros, al acostaros, estáis siempre cansados. Pero, de todos modos, ahí van algunas explicaciones.

Si hay dos tentativas, es porque las mismas causas producen los mismos efectos y porque la necesidad de un organismo de imprenta se hacía sentir en los medios anarquistas. Igual que las Causeries, también Girault había ya comenzado a reunir algo de material. No podría haber competencia en un trabajo anarquista, salvo la emulación de hacer lo más y mejor posible. ¿Adónde vamos? Si somos fuertes y obstinados en alcanzar el fin que nos hemos propuesto, triunfaremos poniendo el mayor método en nuestra actividad. No podría haber celos entre individuos. Puede haber, simplemente, divergencias en los fines o en los medios. Si tales tentativas no se fusionan, es que no hay afinidad entre ellas, es porque no tienen métodos paralelos. Hay que dejar, tanto a las agrupaciones como a los individuos, la forma de no servirse de la asociación más que cuando les convenga. Las ideas burguesas tienen millares de periódicos para hacerlas circular y, tan pronto aparecen dos imprentas que proponen la anarquía, ¿se habla de competencia? Harían falta centenares de ellas.

Ni los camaradas del Bureau de propagande ni los de las Causeries populaires se ocuparon al principio de lo que ocurría a su lado. Cuando las dos tentativas aparecieron, cada uno tuvo que examinar el proyecto del otro. No teniendo afinidad los individuos que se ocupaban de ambas y, sobre todo, siendo los métodos empleados absolutamente diferentes, comprendieron que no había posibilidad de fusión. Pero estoy convencido de que, en cada lado, han dejado un proyecto para adaptarse al otro, que convenía más a su temperamento, a sus desiderata o a la idea que se hacían de la propaganda. Esto es lo que resulta interesante.

Por mi parte, siempre he estado contra los medios libres fabricados antes de haber reunido los elementos, ensayado las afinidades. Lo que hacen los camaradas, en tal sentido, ¿estará bien? ¿estará mal? No lo sé. Creo que el método que siguen es malo; lo demostraba mediante la explicación del nuestro. Veremos los resultados.

Con el fin de que no haya malentendidos y para que los esfuerzos puedan dirigirse con conocimiento de causa, digamos que llamamos —en el periódico— a la tentativa de Girault y de Lorulot Imprenta de la Librería Internacionalista o de la Oficina de Propaganda, y aquella del que nosotros nos ocupamos, Imprenta de las Causeries populaires. Espero que los gruñones queden satisfechos.

Y que la actividad anarquista se multiplique, se desarrolle en todos los sentidos, pero que sea con el mayor método posible, pues no es el número de los esfuerzos el que obstaculiza la propaganda, son los esfuerzos malos y sin método.

El sindicato o la muerte[79]

Dicen que los lobos no se devoran entre sí. Tengo muy pocos conocimientos personales sobre las costumbres de tales bestias como para permitirme creer que este dicho es menos idiota que la mayoría de los dichos. Si, por casualidad, fuese exacto, para nosotros no probaría más que una cosa: que entre los hombres y los lobos hay, amen de las disparidades zoológicas, una fenomenal diferencia de apetitos.

Es probable, y hasta seguro, que la civilización, tan maravillosamente favorable al desarrollo de nuestros más salvajes instintos, haya destruido en nosotros los escrúpulos que nuestra ferocidad acaso tenía en común, en mejores tiempos, con la de los lobos. Ya no nos hallamos, ay, en la antropofagia vulgar; aquella que se contenta precisamente con degollar, trinchar, cocinar y digerir carne humana. Tales procedimientos simplistas han quedado relegados a ciertas latitudes tropicales, en las cuales, aunque al parecer cada vez menos, siguen aplicándose. En nuestro caso, en los buenos países privilegiados, donde el progreso se ha abierto paso, nos devoramos con una glotonería tanto menos escrupulosa cuanto que podemos cocinarnos de mil fáciles maneras, por no decir de lo más agradables.

Pero, naturalmente y como en las demás manifestaciones del ya mentado progreso, es el obrero, el proletario, el que marcha siempre a la cabeza. Soberanos, financieros y burgueses no desdeñan devorarse entre sí. Sin embargo, sea porque un gusto poco glotón por una alimentación que están expuestos a proveer una vez se han servido de ella, sea porque comerse al pueblo tiene para ellos un mayor atractivo, es este el régimen alimentario por el que los susodichos, casi de manera general, muestran su preferencia. El proletario, por su parte, carece de tales remilgos. Se gusta con todas las salsas y, bien o mal sazonado, joven o viejo, tierno o correoso, macho o hembra, se devora con un apetito que es prácticamente además el único testimonio creciente de estima del que dispone.

Id a la ciudad o al campo, entrad en la fábrica, en el taller, en la oficina, en cualquier lugar, en fin, en el que los pobres forzados trabajan obstinadamente para engrosar la fortuna de un amo cualquiera, en todos lados constataréis que, tras el ardiente deseo de conquistar y mantener la estima del patrón, el sentimiento más extendido es el encarnizamiento en la lucha contra los compañeros de trabajo o de miseria.

¿De verdad está el proletario orgulloso de su esclavitud? ¿Feliz con su mezquindad? A saber. En todo caso, el obrero se muestra más y más ferozmente celoso de cualquiera que, en su mismo rango, condenado a la misma cadena, intente romper las ataduras y ganar algo de bienestar o libertad.

¿Que hay alguno que rehúsa alojarse en un barrio sucio o en un apestoso cuartel? ¿Que prefiere ropas buenas o hermosas de su elección a los uniformes de trabajo? ¿Que material el intelectualmente eleva sus deseos, refina sus gustos? ¿Que sobre todo, en fin, procura liberarse de toda dominación patronal para trabajar solo y a voluntad? Inmediatamente, casi desde cualquier parte entre las filas de sus hermanos, se alza un grito de furioso odio.

¿Que hay otro, al contrario, que, queriendo protestar por otros medios contra la labor impuesta o dar testimonio de su asco por la vida doméstica, se refugia en la privación de todo para no trabajar, y se condena a las noches sin techo, a los días sin alimento, a las intemperies sin ropa? Contra ese que escapa por una carretera en sentido opuesto, sus propios compañeros de cadena lanzan furiosamente el mismo grito.

No es cosa, en suma, para el obrero, de buscar un principio de libertad o de tomar un adelanto de felicidad ni en el trabajo libre ni en la franca ociosidad; ni en lo mejor ni en lo peor. Debe quedarse donde está; en la fila, bajo la mirada y la mano del amo, dócil, pacientemente, como los camaradas... ¡y no dárselas de listo!

De buena gana podría uno imaginarse todavía que la servidumbre aceptada, el trabajo asalariado admitido, el común yugo soportado sin respuesta; que el obrero, en fin, en tales condiciones encuentre entre sus semejantes una cierta simpatía, una mayor solidaridad, una compensación más o menos grata a su parte consentida de miseria. ¡Ingenua suposición!

Los trabajadores son inmisericordes no solo con quien deserta de sus filas para elevarse o apartarse, para gozar o para sufrir, sino sobre todo con quien pena y se mantiene entre ellos. ¿Tienen el amo o el capataz la necesidad de guardia, de vigilancia, de policía, de defensa contra uno o varios de sus esclavos? Nueve de cada diez veces, no encontrarán guardianes más fieles, vigilantes más activos, agentes más celosos, defensores más ardientes que los propios compañeros de esos desgraciados.

Se denuncian cada día, además con razón, aunque por cierto muy poco violentamente, a la administración y a la compañía que cesan a los empleados, a los patrones que despiden, a los propietarios que desalojan, a los enriquecidos que marginan. Las canalladas de tales bribones no resultan atenuadas por la cobardía de aquellos que los sirven. Pero dicha cobardía tampoco tiene excusa.

En ocasiones se oye decir que el desgraciado amargado por su impotencia, el trabajador irritado por su continuo el inútil esfuerzo, conciben malos pensamientos cuyos retorcidos caprichos pagan sus semejantes y no los amos, que se sitúan demasiado alto como para ser alcanzados. ¡Se puede ir muy lejos con una teoría así! Los trabajadores no se ayudan, se perjudican incluso; es innegable. Al menos así ocurre en la práctica, lo que es esencialmente grave. Para defender una actitud tal, todas las razones imaginadas son malas.

Bajo el pretexto de la liberación, el proletariado en el momento actual un penoso ejemplo de su empecinamiento en la servidumbre y de su feroz voluntad de mantener aprisionado en ella al mayor número posible de sus propios hijos. El proletariado se forja una cadena nueva y más pesada, inventa para su uso personal una patronal más intratable, una autoridad más tiránica que todo lo que se le había impuesto en el pasado. El sindicato es, por el momento, la última palabra de la imbecilidad y, a la vez, de la ferocidad proletaria.

Este nuevo sistema de degüello mutuo se propaga por el mundo de los trabajadores. Y la complacencia de los poderes públicos o privados al no oponerle más que resistencias hipócritas es de una lógica perfecta. Los sindicatos disciplinarán con mayor fuerza que nunca a los ejércitos del Trabajo y los convertirán, por las buenas o por las malas, en aun mejores guardianes del Capital.

En un reciente berreo electoral, un obrero tipógrafo vino a proclamar, desde lo alto de una tribuna, que todos los obreros no sindicados eran enemigos del proletariado, falsos hermanos con los cuales no debía haber ningún miramiento ni piedad. Y la multitud de los sindicados aplaudió frenéticamente. Los demás trabajadores pueden morirse de hambre, de enfermedad, de miseria. Los patrones o los compañeros que acudan en su ayuda serán, por la misma razón, expuestos a la indignación pública.

El sindicato o la muerte. Todavía no hemos llegado del todo a esto, pero poco más o menos, en realidad. Y con poco que esta monstruosa ceguera se agrave, la alternativa se impondrá sin remisión. Es lo que faltaba, en verdad, para completar la siniestra farsa de emancipación con la que se nos habría engañado desde hace más de cien años.

Por otro lado, lo menos que puede uno esperarse al decir hoy en día algo así es ser calificado de cretino en materia de historia o de acémila en materia de economía social. O bien dejarse devorar por el Capital o bien devorarse entre ellos (y, por el momento, ambos se complementan); puede preverse sin gran fatuidad hacia qué especie de liberación se encaminan los proletarios. ¿Se decidirán a probar otra cosa?

El descanso semanal[80]

Por más que me desentienda lo más completamente posible de las elucubraciones del día, por muy sindicalistamente rojos que sean; por más que no preste ninguna atención a los carteles, ricos en formas y colores, que nos arrojan a la cara la prosa proletaria; estoy obligado a saber que la más importante cuestión del momento, después de la Separación,[81] es la del descanso semanal.[82]

Desde hace más de seis meses se batalla en los sindicatos y en los comités, en la Cámara y en el Senado, se combate incluso en la calle, con el fin de saber si las gentes descansarán cuando estén cansadas. Al parecer, se ha hecho una ley para decidir la hora exacta en la cual el hombre que trabaja el cuero cambiará de atmósfera y el día preciso en el que la mujer que hace encaje deberá desentumecer sus riñones doloridos.

El señor Piot[83] quería el descanso semanal para que trabajemos en repoblar Francia, mientras que el señor Piou[84] quería permitir a todo hijo de vecino cumplir con sus deberes de cristiano. El señor Bérenger hablaba en nombre de la moral familiar, mientras que el señor Jaurès vibraba con la idea de la emancipación proletaria. Por la patria y por Dios, por la familia y por el proletariado, todos declaran de común acuerdo que el descanso semanal es la salvación de Francia.

Como en toda ley que se precie, como en toda regla digna de tal nombre, se empezó a hablar de excepciones, y la nomenclatura fue extensa. Gentes que descansan los dos tercios del año decidieron seriamente el número de días de descanso y desde qué hora a qué hora; si se tomarían de golpe o en varios pedazos. Otras gentes, que penan a lo largo de días y noches, esperaban pacientemente las decisiones de los primeros con el fin de correr a tomar un poco de aire puro.

Por fin, se votó la ley. El patrón se vio obligatoriamente forzado a no emplear durante siete días seguidos a los mismos obreros, a limitar su explotación a seis días y a comprender que es necesario dejar descansar a las bestias de carga para que puedan volver a la faena con mayor ardor. Los obreros supieron entonces cuándo y cómo podían descansar. Para ellos, ya no era cuestión de la fatiga de los miembros, de la inactividad pasajera que se apodera de todo el cuerpo, del clima soleado que te empuja a correr por los prados. No se descansa más que en el día legal, a la hora legal. Tanto al patrón como al obrero se les designó el día en que debían estar fatigados, los días en los que debían ser animosos. El pueblo esperaba con ansiedad esa nueva ley que fijaría de forma definitiva los días de juerga legales, en los que se reconocería a los obreros honrados.

Ya teníamos la media cuaresma y el 14 de julio,[85] en recuerdo de los locos y de la República, la Asunción y Navidad, para no olvidar a la Inmaculada Virgen y a su hijo. Pero, sin duda, no era suficiente. El obrero debía decidir por sí mismo cuándo rompía, por un día, el acostumbrado hábito del trabajo. ¿Acaso no establecía el patrón la hora de entrada, la hora a la que se come y el cuarto de hora en el que se evacua? Era preciso que alguien designase el día en el que es de absoluta necesidad detener la labor con el fin de conservar al obrero para la patronal.

La ley sobre el descanso semanal viene a llenar esta laguna. Los obreros balaron de alegría y relincharon de contento. Ya no habría nada que decidir, ninguna voluntad que imponer. Solo quedaba que Piot fijase la hora para la repoblación que Bérenger delinease el vestuario para la ocasión. No se puede tener todo a la vez. Lo que no daba el radicalismo, lo haría el socialismo: como reforma, era toda una reforma.

Pero hete aquí que llegó la hora de la aplicación. Una vez más, quedó probado de forma innegable que nada puede hacerse mediante el voto parlamentario, mediante la decisión de un comité o mediante el orden del día del sindicato. La aplicación de la ley sobre el descanso semanal probó que no se puede tocar ninguna piedra de la vetusta organización de las sociedades sin arriesgarse a ver cómo se hunde el edificio social entero.

Quienes la habían elaborado comprendieron, desde su particular punto de vista, la inanidad de tal medio. El señor Piou y sus cómplices clamaron contra un descanso que no tenía nada de dominical. El señor Piot y sus partidarios encontraron mediocre la tregua que dejaba sueltos a los hombres el martes y a las mujeres el jueves, al no permitirles el encuentro procreador. El señor Bérenger se sublevó virtuosamente contra una ley que, los martes, dejaba libre al hombre, que se servía de ello para ir a visitar a las mujeres públicas, mientras que, el jueves, la mujer veía a su amante y, el domingo, la muchacha corría al baile. El señor Jaurès, él mismo hostigado por las corporaciones liberadas, se preguntaba si la cosa no se volvería contra él.

Y el obrero supo que las leyes que se hacían para él apenas le eran de provecho. Su presupuesto se resintió inmediatamente por los días de reposo obligatorio, cuyo jornal, en apariencia, podía respetarse, al tiempo que su repercusión se dejaba notar dolorosamente en los precios de sus artículos de consumo.

La gran patronal, que desde hacía tiempo había comprendido la utilidad del descanso para asegurar más energía a los músculos empleados, canta victoria. La gran patronal, que había comprendido la utilidad de fijar no solamente la hora del descanso diario, sino también la del descanso semanal, cuenta con el feliz concurso de los sindicatos y los parlamentos.

Se modela a los hombres para el colectivismo. El pueblo se deja encorralar benévolamente. Se reglamenta su vida gesto por gesto. La patronal pone en la calle a cualquiera que descanse fuera del día señalado. «Es el martes, y no el jueves, cuando os está permitido tomar una purga. Es el domingo, y no el lunes, cuando descansaréis. —¿Que el domingo sale desapacible, llueve durante todo el día? — ¡No importa! Es el día de descanso. — Y el lunes sale soleado. — No es el día legal. — ¿Que el domingo os sentís llenos de ánimo y dinamismo, con los músculos dispuestos, y el lunes con dolor de cabeza? — ¡No importa! La ley lo ha fijado así».

He aquí la tutela que se nos promete, sin ninguna felicidad, sin ninguna alegría, sin ningún bienestar; he aquí la esclavitud con la cual se nos quiere, poco a poco, habituar a vivir pasivamente. En la comedia que se representa en los parlamentos, de la que los obreros son víctimas, puede parecer que se abandona con algunas dificultades una reforma que no puede sino estrechar aún más el contrato de trabajo y aumentar los convenios establecido con la patronal.

¿Cuándo, pues, los obreros amarán lo bastante el trabajo como para saber descansar en el momento en el que sus músculos no puedan proveer la cantidad y la calidad necesarias para llevar a cabo gestos útiles? ¿Cuándo, pues, los obreros dejarán de buscar en la legislación sindical, en la reglamentación parlamentaria, el medio de limitar su esfuerzo en tanto que duración de la jornada o de la semana laboral? ¿Cuándo, pues, se darán cuenta de que es aumentando el número de parásitos, y no, en consecuencia, disminuyendo el de productores, como hacen imposible una disminución efectiva de su tiempo de labor? ¿Cuándo, pues, se decidirán los obreros a trabajar útilmente, y se entenderán entre ellos para conocer las labores inútiles, perniciosas y peligrosas, y para no practicarlas ya más?

Solo entonces conocerán los obreros la alegría del trabajo y la alegría del descanso. Entonces sabrán los hombres descansar cuando el cuerpo se lo pida y cuando el sol cante a la pereza.

La alegría de vivir[86]

Ante las fatigas de la lucha, cuántos cierran los ojos, cruzan los brazos, se detienen, impotentes y desalentados. Cuántos, y de los mejores, están tan hastiado que se quitan la vida, no encontrándola digna de ser vivida. Con ayuda de algunas teorías de moda y de la neurastenia, los hombres consideran la muerte como la liberación suprema.

Contra tales hombres, la sociedad saca sus clichés. Se habla del fin «moral» de la vida: uno no tiene «derecho» a matarse, los dolores «morales» deben soportarse «valerosamente», el hombre tiene «deberes», el suicidio es una «cobardía», el que abandona es un «egoísta», etc.; frases todas ellas de tendencia religiosa y que no tienen valor alguno en nuestras discusiones radicales.

¿Qué es, entonces, el suicidio? El suicidio es el acto final en una serie de gestos que todos realizamos más o menos, según reaccionemos contra el medio o sea el medio el que reacciona contra nosotros.

Todos los días nos suicidamos parcialmente. Me suicido cuando consiento en residir en un lugar donde el sol no penetra jamás, en una habitación en la que el metro cúbico de aire está tan restringido que me siento como asfixiado al levantarme. Me suicido cuando hago, durante horas, un trabajo que absorbe una cantidad de energía que no podré recuperar, o bien un trabajo que sé inútil. Me suicido cuando no contento a mi estómago con la cantidad y calidad de los alimentos que me son necesarios. Me suicido cuando voy al regimiento a obedecer a hombres y leyes que me oprimen. Me suicido cuando doy a un individuo, mediante el gesto del voto, el derecho de gobernarme durante cuatro años. Me suicido cuando pido al alcalde o al sacerdote el permiso de amar. Me suicido cuando no recupero mi libertad de amante en cuanto el periodo del amor ha pasado. El suicidio completo no es más que el acto final de la impotencia total para reaccionar contra el medio.

Los actos de los que acabo de hablar son suicidios parciales, pero no son por eso menos suicidios. Es porque no tengo fuerzas para reaccionar contra la sociedad por lo que vivo en un lugar sin sol y sin aire, por lo que no como hasta saciarme, por lo que soy soldado o elector, por lo que someto mi amor a leyes y duraciones.

Los obreros suicidan todos los días sus cerebros al dejarlos en la inacción, al no hacerlos vivir; del mismo modo que suicidan en ellos el gusto por la pintura, la escultura, la música, hacia cuya satisfacción tiende nuestra individualidad, en reacción contra la cacofonía que la rodea.

No puede ser cuestión, a propósito del suicidio, de derecho o de deber, de cobardía o de valor: es un problema puramente material de potencia o impotencia. Se oye decir: «El suicidio es un derecho del hombre cuando constituye una necesidad... no se la puede arrebatar al proletario ese derecho a la vida o a la muerte».

¿Derecho? ¿Necesidad? ¿Cómo puede uno hablar de su derecho a no respirar más que a medias, es decir, a suicidar una porción de moléculas favorables a su salud en provecho de las moléculas desfavorables? ¿De su derecho a no comer hasta quedar saciado y, en consecuencia, de suicidar su estómago? ¿De su derecho a obedecer, es decir, a suicidar su voluntad? ¿De su derecho a amar siempre a tal mujer designada por la ley o elegida por el deseo de una época, es decir, a suicidar el deseo de las épocas que vendrán? Sustituid en estas frases la palabra «derecho» por la palabra «necesidad»; ¿resultarán más lógicas?

No se me ocurriría la idea de «condenar» esos suicidios parciales, como no se me ocurriría «condenar» el suicidio definitivo, pero encuentro dolorosamente cómico llamar derecho o necesidad a esta aniquilación del débil frente al fuerte sin haberlo intentado todo. No son más que excusas que uno se da a sí mismo. Todos los suicidios son imbecilidades; y el suicidio total más que los otros, puesto que en el caso de los primeros todavía puede tener uno la idea de recobrarse.

Parece que, llegada la hora de desaparición del individuo, toda la energía podría condensarse en un solo punto para tratar de reaccionar contra el medio, incluso si las oportunidades de éxito en tal esfuerzo fuesen de uno contra mil. Esto parece aún más necesario y natural por pocas personas queridas que uno deje tras de sí. Por esa porción de uno mismo, por esa parte de energía que os sustituye, ¿no puede uno acaso intentar emprender una gigantesca lucha en la que, por muy desigual que sea el combate, el coloso Autoridad siempre se tambalea?

Cuántos declaran morir ellos mismos víctimas de la sociedad. ¿No podrían pensar que, produciendo las mismas causas los mismos efectos, sus semejantes —es decir, aquellos a los que aman— pueden morir víctimas del mismo estado de cosas? ¿No les viene el deseo de transformar su fuerza vital en energía, en fuerza, el deseo de quemar la pila en lugar de separar sus elementos? Sin el temor a la muerte —de la desaparición completa de su forma humana rechazada—, uno puede emprender la lucha con tanta mayor fuerza.

Algunos nos responderán: «Tenemos horror a la sangre vertida; no queremos atacar a esta sociedad, a esos hombres que nos parecen inconscientes e irresponsables». La primera objeción no es tal. ¿Acaso la lucha solo adopta esa forma? ¿No es múltiple, diversa? ¿No pueden todos los individuos que han comprendido su utilidad encontrar el modo de emplearse en ella conforme a su temperamento? La segunda es demasiado imprecisa. Sociedad, conciencia, responsabilidad... he aquí palabras muy a menudo repetidas y poco explicadas. Ni conciencia ni responsabilidad tienen la zarza que obstruye el camino, la serpiente que muerde, el microbio de la tuberculosis y, sin embargo, nos defendemos de ellos. Todavía más irresponsables (en el sentido relativo del término), el trigo que segamos, el buey al que matamos, las abejas que robamos. Y, sin embargo, los atacamos.

Yo no veo irresponsables ni responsables. Veo motivos de mi sufrimiento, de la falta de desarrollo de mi individualidad, y todos mis esfuerzos tienden a suprimirlos o a ganarlos para mi causa por todos los medios. Conforme a mi fuerza de resistencia, asimilo o rechazo, soy asimilado o soy rechazado; eso es todo.

Hay otras objeciones, aunque más extrañas, que adoptan una forma neurasténicamente científica: «Estudiad astronomía; comprenderéis hasta qué punto es despreciable la duración humana en comparación con el infinito. La muerte es una transformación y no un fin».

Por mi parte, no concibo el infinito, puesto que soy finito, pero sé que la duración está hecha de siglos, los siglos de años, los años de días, los días de horas, las horas de minutos, etc. Sé que el tiempo no está hecho más que de la acumulación de segundos y que lo inmensamente grande no está hecho sino de lo infinitamente pequeño. Por corta que sea nuestra vida, tiene su importancia numérica desde el punto de vista del todo. Y si no la tuviera, poco me importaría, puesto que no contemplo la vida más que desde mi punto de vista, con mis propios ojos... y puesto que todo me parece no haber hecho sino prepararnos, a quienes me rodean y a mí mismo.

La piedra acaricia la cabeza cuando cae desde un metro de altura, la abre cuando cae desde veinte metros. Detenida a medio camino, desde el punto de vista del todo, nada más, nada menos, solo que entonces no habría tomado esa energía que hace de ella una potencia.

Ignoro el todo que no puedo concebir; es a mí a quien considero, y hay desaparición o, más bien, falta de asimilación de fuerza en mi detrimento, en el momento de un suicidio parcial o de un suicidio completo. La muerte es el fin de una energía humana, del mismo modo que la disociación de elementos de una pila es el fin de la electricidad que producía, del mismo modo que la disociación de los hilos de un tejido es el fin de la fuerza de ese tejido. La muerte es el fin de mi «yo», es algo más que una transformación. Hay quienes os dicen: «El fin de la vida es la felicidad», y afirman no poder alcanzarla. La vida es la vida; esto me parece más simple. La vida es la felicidad, la felicidad es la vida.

No experimento dolor más que cuando mis tentativas de asimilación son bloqueadas por un suicidio parcial. Todos los actos de la vida son para mí una alegría; al respirar aire puro, siento felicidad, mis pulmones se dilatan, una impresión de fuerza me hace resplandecer. La hora del trabajo y la del descanso me produce el mismo placer. La hora que reclama el almuerzo; el propio almuerzo con su trabajo de masticación; la hora que le sigue con su trabajo interior me ofrecen alegrías diferentes.

¿Habría de evocar las deliciosas esperas del amor, las poderosas sensaciones del encuentro sexual, esas horas tan voluptuosamente lazas de después? ¿Habría de hablar de la alegría de los ojos, del oído, del olfato, del tacto, de todos los sentidos, en una palabra, de todas las delicias de la conversación, del pensamiento? La vida es la felicidad. La vida no tiene un fin. Lo es. ¿Por qué querer una meta, un comienzo, un fin?

Repitámoslo. Cuando, lanzados contra las piedras de un barranco, destrozamos nuestra cabeza contra las rocas, cuando atrapados en el desmoronamiento de la sociedad actual, ávidos de ideal —para precisar este término vago: ávidos del desarrollo integral de uno mismo y de sus seres queridos—, interrumpimos nuestra vida, no obedecemos a una necesidad o a un derecho, sino a la obsesión por el obstáculo. No llevamos a cabo un acto voluntario, como pretenden los partidarios de la muerte; obedecemos a la presión del medio, que nos aplasta, y no partimos más que en la hora exacta en la que la carga resulta demasiado pesada para nuestros hombros.

«Entonces —dirán—, no partiremos más que a nuestra hora, y nuestra hora es a partir de ahora». Sí. Pero porque consideran su derrota por adelantado; resignados, no han desarrollado sus tejidos con vistas a la resistencia, no han hecho esfuerzos para reaccionar contra el sucio desmoronamiento del medio. Inconscientes de su belleza, de su fuerza, añaden a la fuerza objetiva del obstáculo toda la fuerza subjetiva de su aceptación. Como los resignados a los suicidios parciales, se resignan al gran suicidio. Son devorados por el medio, ávido de su carne, deseoso de aplastar toda la energía que promete. Su error consiste en creer que desaparecen por su voluntad para elegir la hora, cuando, en realidad, mueren aplastados despiadadamente por las canalladas de los unos y la apatía de los otros.

En un espacio infestado de los nocivos gérmenes del tifus, de la tuberculosis, yo no pienso en hacerme desaparecer para evitar la enfermedad, sino más bien en hacer que entre la luz del día y en echar desinfectante, sin temor a matar millares de microbios. En la sociedad actual, contaminada por las porquerías convencionales de la propiedad, la patria, la religión, la familia, la ignorancia, aplastada por las fuerzas gubernamentales y la inercia de los gobernados, tampoco quiero desaparecer, sino hacer que penetre el sol de la verdad, echar desinfectante, purificarla por cualquier medio. Incluso después de muerto, tendría el deseo de transformar mi cuerpo en fenol o en picrato para sanear a la humanidad. Y si resultase aplastado en el intento, no habría sido en vano; habría reaccionado contra el medio, habría vivido poco pero intensamente, habría abierto quizás la brecha por la que pasarán energías semejantes a la mía.

No, no es mala la vida, sino las condiciones en las que la vivimos. Así pues, no la tomemos con ella, sino con tales condiciones: cambiémoslas. Hay que vivir; desear vivir, todavía más. No aceptemos ya siquiera los suicidios parciales. Tengamos el deseo de conocer todos los goces, todas las felicidades, todas las sensaciones. No nos resignemos a disminución alguna de nuestro «yo». Seamos hambrientos de vida a los que los deseos hacen salir de la ignominia, de la apatía, y asimilemos la tierra a nuestra idea de belleza.

Que nuestras voluntades se unan, magníficas, y conoceremos al fin la alegría de vivir en todo su esplendor. Amemos la vida.

Nuestras voluntades[87]

Somos anarquistas porque buscamos la libertad y el bienestar y porque, en buena lógica, combatimos contra todo aquello que es contrario al bienestar y a la libertad. Por esta razón, combatimos contra la organización completa de la sociedad de hoy y trabajamos en esa revolución que debe forzosamente destruirla. Trabajamos en la revolución social, es decir, regeneradora de la sociedad, arrojando entre la multitud de los seres humanos ideas de independencia y rebelión. Actuamos así porque sabemos que las revoluciones no se decretan, porque no son más que el coronamiento de una evolución, de un cambio completo en las ideas. Una revolución no estalla de golpe; es simplemente un producto, una conclusión.

Esos que nos hablan de hacer la revolución de la noche a la mañana, como se puede construir una máquina o romper un vidrio, no se dan cuenta de que se ponen en flagrante contradicción de las leyes de la evolución, de que no obedecen más que a sus pasiones, sin contemplar en absoluto la imposibilidad de su deseo.

Del mismo modo que para la transformación radical del suelo, para la transformación radical de las sociedades es precisa una larga preparación, una fermentación continua. Ningún cataclismo se produce de forma súbita; solo poco a poco, a consecuencia de cambios casi insensibles, se llega a esa explosión que llamamos revolución.

Cuando se dejan oír ruidos subterráneos, cuando se ve subir la temperatura de los manantiales, hundirse terrenos, se puede prever un temblor de tierra, una revolución geológica. Del mismo modo, en la vida social, cuando vemos que se producen descontentos, que se lesionan intereses, que se agravan los sufrimientos, cuando se dejan oír las protestas, se puede prever también un cataclismo en la sociedad, una revolución.

Y, sin duda, los signos precursores de la revolución social, que transformará el viejo mundo, se distinguen fácilmente a poco que se los observe. Uno se pregunta por qué antagonismos tan crueles dividen a la humanidad; por qué tantos personajes más o menos odiosos mandan sobre los demás, sobre la gran mayoría de los hombres.

Si nosotros, anarquistas, lanzamos nuestras ideas entre las masas para hacerlas germinar, para hacerlas penetrar en los cerebros de los que son gobernados, explotados sin misericordia, es con el fin de preparar a los espíritus para la revolución o, mejor dicho, para revolucionar los espíritus. Pues solo cuando los cerebros estén dispuestos para la revolución —es decir, cuando tengan conciencia del cambio que nos parece necesario para el bienestar y la libertad del hombre—, cuando hayan llegado a considerar dicha revolución como una necesidad que hay que satisfacer sin dilaciones, solo entonces, fatalmente, se producirá el cataclismo y el viejo mundo se hundirá por sí mismo, porque ya no tendrá razón de ser.

Por eso no tenemos, como otros, la pretensión de hacer la revolución, de organizarla y de trazar su ruta. No queremos centralización, ni aglomeración, ni administración, y esto porque sabemos que siempre van contra la libertad; y que, al estar contra la libertad, son una fuente perpetua de desórdenes, de problemas, de confusión. Pedimos, coherentes con nosotros mismos, no ser mandados ni dirigidos. Colectivistas, federalistas o centralistas, comunistas más o menos revolucionarios, todos creen en la necesidad del poder. Solo nosotros no creemos.

Como suele decirse, cada uno con sus ideas, ¿no es así?, y se puede entrar en discusiones contradictorias. No tenemos la pretensión de ser providenciales y no decimos: ¡fuera de nuestras ideas, no hay salvación! ¡no hay emancipación! No somos exclusivistas ni excomulgamos a nadie. Tal o cual partido no podría decir lo mismo, pues parece que, siguiendo el ejemplo del catolicismo, las excomuniones están de moda en el partido obrero. Tal cosa no es, bien es cierto, más que una confesión de impotencia o de debilitamiento.

Combatimos contra todo principio de autoridad, de acaparamiento. Es decir que, cualquiera que sea la forma del poder, del gobierno, nosotros la atacamos. Esto es lo que nos caracteriza: no más gobierno de ningún tipo, aunque sea revolucionario, aunque sea comunista. Tal es nuestro programa. No queremos más gobierno de lo que queremos propiedad. No reconocemos a nadie el derecho a decirse amo de tal o cual cosa. Los anarquistas combaten, pues, contra toda usurpación del poder, contra toda usurpación de la riqueza natural o social.

La razón es que el gobierno y la propiedad son las bases sobre las cuales se sustenta la organización social actual, organización en cuya destrucción trabajamos ardientemente. Sí, todo aquello que deriva de dicha organización, todo lo que de ella depende, todo lo que contribuye a legitimarla o fortificarla encuentra en nosotros enemigos implacables, que no transigen. El individuo, para subsistir, para gozar, no tiene necesidad de ser dirigido ni de estar cogido por la panza; en absoluto son necesarios ni gobernantes ni sacerdotes ni propietarios para que la humanidad viva. Por eso levantamos, contra el edificio antagónico que alberga a la organización social actual, el estandarte de la rebelión.

Las rebeliones útiles[88]

Después del discurso tan preciso de Bruckère,[89] resultaría superfluo querer presentaros el historial de la conspiración del gobierno contra nuestro amigo Matha[90] y narraros cómo, bajo el pretexto de detener a un monedero falso, se encarceló a un propagandista.

Habréis de perdonarme, pues, si abandono el tema del mitin de esta noche antes mismo de haberlo abordado.

Me permitiré simplemente invitaron a añadir, a la protesta que hacéis contra la arbitrariedad hipócrita que golpea a Matha, el caso Armand.[91] Los dos hechos son similares. No son dos emisores de moneda falsa los que están en el punto de mira; son hombres que trabajan emitiendo ideas justas. Hablando legalmente, y en lo que respecta a la falsificación de moneda, Matha y Armand son inocentes; no son culpables más que de ser hombres libres.

«Perdonadme si la lengua francesa no es lo bastante rica como para evitar semejantes sinsentidos: aunque encerrados entre los muros de una prisión, nuestros amigos son todavía más libres que el noventa por ciento de los hombres, prisioneros de sus prejuicios y de su ignorancia.

Tampoco yo haré el historial de la conspiración contra Armand. Detalle más, detalle menos, se trata de las mismas felonías, de las mismas artimañas, de las mismas intimidaciones. En un caso el policía se llama Z; en el otro, el soplón se llama Y. En tal sitio dejan una caja; en tal lugar deslizan una moneda. La gente de la policía se sirve de astucias tan torpes y de mentiras tan groseras que dejan su firma por dondequiera que pasan. Es algo que huele mal, que apesta a trampa».

Pero Bruckère ha dejado como inacabado su largo discurso, contando, sin ninguna duda, con que yo sabría entender que los oradores deben tratar, en un mitin como este, de formar un bloque sin solución de continuidad, sin fisuras contra la contradicción. ¿No podría pensarse acaso, al ver el ardor, la insistencia empleada en demostrar la inocencia de nuestros dos amigos, que consideramos culpables a aquellos que se entregan a la fabricación o la emisión de moneda falsa, a aquellos que hacen una competencia ilegal a las monedas de los diferentes países?

Sería ir más allá de nuestro pensamiento; o de mi pensamiento, en todo caso. Nos concentramos en probar la inocencia jurídica de nuestros amigos con el fin de no favorecer los ataques hipócritas de los gobernantes. No decimos: «está mal haber cometido tales hechos», sino: «tales hechos no han sido cometidos por tales hombres». Y lo probamos. Nos esforzamos por arrancar de la venganza legal a Matha y Armand, acusados, en dos asuntos diferentes, del crimen de falsificación de moneda, y esto manteniéndonos en el terreno mismo de la legalidad. Lo que nos lleva a hablar de monederos falsos, de los fuera de la ley, de aquellos que se enfrentan cuerpo a cuerpo con la sociedad para garantizar su subsistencia, su vida, la vida de aquellos a los que aman, de su compañera, de sus hijos.

Todos aquí sois obreros, todos sabéis de la dureza de las condiciones económicas, no ignoráis las dificultades que hay que superar para conseguir proveer vuestros hogares con pan, vestido y residencia. Muy a menudo se han cerrado vuestros puños ante la severidad del propietario y la avaricia del patrón. ¡Cuántas veces, vosotras, mujeres, os habéis indignado por la modicidad de los salarios y el alto precio de los víveres; cuántas veces, para comprar zapatos al más pequeño, habéis llevado los botines desgastados!

Y para remediar tal situación, los amos nos han hablado durante siglos y siglos del paraíso, del Walhalla, del Edén en el que viviremos, tan pronto muramos, con una dicha infinita y eterna. Pero hete aquí que ya no creemos en él y que ese más allá de la muerte no podrá ya hacer de nosotros resignados en vida. Entonces los amos cambiaron de tono y hablaron de reformas, prometieron mejoras en la suerte del proletariado, fabricaron un paraíso más acá de la muerte que condecoraron con el nombre de retiro obrero, en el cual, ay, la dicha no sería ya ni infinita ni eterna. Para el obrero sería el canto de cisne, el último fulgor de la lámpara que va a extinguirse. Y, sin embargo, por módicas, por ficticias que sean tales promesas, los gobernantes no las han mantenido; la popular hermana Ana[92] jamás ve llegar nada.

Además de los gobernantes, otros hombres —y, en ocasiones de los mejores— hablan de una revolución social, de un zafarrancho general que sacudiría hasta los cimientos la organización de la sociedad, que derrumbaría sus vetustos muros y que permitiría establecer las bases de un nuevo mundo. Pero dicha revolución no llegará hasta mañana. Y toda la vida y toda la felicidad de los hombres se encuentran así pospuestas para mañana. Oh, el fatídico mañana: el mañana de los paraísos después de la muerte, el mañana de los retiros en el momento de la vejez; el mañana de un mundo nuevo después de la revolución. Siempre mañana.

¿No comprenderéis, entonces, que los hombres tengan el deseo de vivir hoy, ahora, y que sus dientes se claven ferozmente en el botín social con el fin de arrancarle su parte al margen de leyes y fórmulas, de prejuicios y morales? Así es como se confeccionan las mentalidades de ladrón, de monedero falso, de forajido.

Hace algunos años, antes de llegar por peores medios a sus ministerios, ¿no hemos conocido a un Clemenceau, impulsado por vicios imperiosos, a la caza de la pieza de cien céntimos? ¿No hemos visto a un Briand dispuesto a enredarse en cualquier tipo de manejos para salir de la miseria extrema? ¿Acaso este último no habría pasado tranquilamente monedas falsas si los riesgos del oficio no le hubiesen aterrado?

¿Quién puede juzgarlos? Ciertamente, no los favorecidos por el orden social, los comerciantes, los industriales, los patrones, los gobernantes cuyas vidas son un tejido de cobardías, de holgazanería, de robos, de malversaciones, de amaños y de hipocresías. ¿Los juzgaremos nosotros? No lo creo. Comprendemos demasiado bien las determinaciones de tales actos como para desconocer que son ineluctables. Y lo diré: entiendo mejor esta rebelión individual, incluso en su relatividad, que la pasividad, que la resignación. He dicho: incluso en su relatividad. Nadie ignora que el ladrón, el monedero falso no son más que fueras de la ley momentáneos y que, a menudo, juzgan a sus actos como crímenes.

Partiendo de un punto de vista completamente distinto, también los anarquistas han entrado de igual modo en lucha contra la sociedad. Están determinados a ello más que ningún otro. Las leyes y los reglamentos de excepción que pesan sobre ellos de forma tan excesiva y que ponen contra ellos al patrón, al propietario, al vecino, los sitúan en condiciones de vida tan desgraciadas que, en múltiples ocasiones, se ven obligados al ilegalismo del fuera de la ley individual. Los mañanas de las revoluciones se les antojan una nueva engañifa, las mentiras de los prometedores los desalientan y, con toda su vitalidad, con todo su excepcional ardor, se lanzan al asalto de la sociedad, gritando: «¡Hoy!».

Digamos todo lo que pensamos. Nosotros no «juzgamos» en nombre de la moral, en nombre de la ley; no decimos: eso está mal; sino que nos concentramos en mostrar todo el vacío, toda la debilidad, de tal forma de proceder. Tendemos la mano al monedero falso mientras le decimos: «Eres y sigues siendo nuestro camarada, pero tu método de acción te agota y te mata sin concederte un auténtico hoy, sin avanzar un ápice la llegada de un mañana».

Sí, es una trampa nueva en la que se encuentra atrapada la actividad de algunos de nuestros amigos, es una rebelión individual que pierde su valor porque se esconde tras la mentira y la hipocresía, porque adopta las formas convenidas de la sociedad. Y los calabozos se cierran y no vuelven a abrirse, sin que el pueblo haya comprendido tan solo que un hombre, que un rebelde ha sido arrojado dentro de ellos; sin que pueda reflexionar útilmente sobre el acto realizado.

En otras ocasiones he manifestado lo que pensaba de los actos de propaganda por los hechos realizados individualmente. Me repetiré. Creo que tales actos sacrifican a los mejores, a los más activos de nuestros camaradas, sin dar los resultados que podrían esperarse de semejantes desapariciones. En un determinado momento, tales actos resultaron útiles para llamar la atención sobre un nuevo método, para mostrar hasta dónde podía llegar la resolución de los individuos. No creo que respondan a una necesidad actual. Puede que hayan llamado la atención sobre nuestro método, pero no lo explican; a menudo, pueden incluso alejar a los espíritus interesados en conocerlo.

Pero entonces ¿habrá que contentarse con hablar, con escribir que la sociedad es mala, que los gobernantes son unos tramposos y los gobernados unos cobardes? ¿Basta con lanzar imprecaciones contra los ricos y los afortunados y llorar por los pobres y los que sufren? ¡No lo creo!

Entonces ¿habrá que sindicarse, que organizarse internacionalmente, que unificarse? ¿Habrá que codificar la revolución y comentarla estatutariamente? ¡Sí, si tenéis tiempo para morir sin haber vivido! No, si queréis vivir conociendo al menos la alegría de adelantar la llegada de una nueva era.

Debo explicarme aquí sin caer inútilmente bajo los golpes de la ley. Debo formular mi pensamiento sin que un señor sospechoso, que no entiende el francés más que del revés, pueda tener ocasión de hacerme decir lo contrario de lo que digo o encontrar en mis medias palabras o en alusiones vagas todas las insinuaciones y todos los apoyos que anda buscando. Voy a decir simplemente lo que pienso.

Amo el trabajo útil. He combatido el sabotaje porque me parece que adopta formas turbias y no se realiza más que en provecho de otro patrón. El boicot mismo me ha parecido anticuado y, muy a menudo, las huelgas se me han antojado pueriles. He visto talleres en los que los obreros trabajan en tales condiciones de insalubridad que se les podrían llamar antecámaras del hospital. He visto centenares de mujeres inclinadas, partidas en dos sobre los encajes, en espacios asesinos, sin aire y sin luz, víctimas en poco tiempo de la tuberculosis. Quisiera que la única rebelión posible, el único sabotaje, consistiese en quemar semejantes presidios. No puede ser que tales desafíos a la vida humana subsistan.

En los tiempos de la Comuna, los revolucionarios ciegos quemaron hoteles y palacios ¡y dejaron subsistir ruinas lamentables y tugurios infectos! ¿Por qué destruir los palacios y las mansiones burguesas? Hay casas en pleno París que son pequeños cementerios. ¿Cómo osan ofrecer semejantes toperas para alojar a hombres, mujeres y niños? ¿Qué dolorosas obligaciones hacen que familias enteras se sepulten en esas siniestras cuevas? Vosotros lo sabéis demasiado bien. Conozco, en los barrios obreros, casas que, durante ciertas epidemias, arrojaron como forraje a la muerte centenares de cadáveres. Lo repito: contra tales infracciones a las leyes de la higiene, no hay más que el fuego purificador... Lo repito: no puede ser que tales desafíos a la vida humana subsistan. Abandonar esos talleres, dejar esas casas manteniéndolas en pie, ¿no significa tener la responsabilidad de la muerte de centenares de otros individuos? ¿No significa dejar que subsista el mal, listo para engullir con sus temibles fauces a otras mujeres, a otros niños? ¿Cómo podemos salir adelante sin pensar en las nuevas víctimas que el monstruo anti-higiénico devorará de nuevo?

¡No podemos! Por humanidad, diría yo, hay que destruir, hay que quemar esos cuchitriles infectos en los que vidas humanas se arrastran lamentablemente, en los que se realiza la espantosa obra de degeneración de la raza.

No ha de ser el acto de un hombre, sino el acto de una colectividad. Es bueno que, si todo el peso de la venganza legal quiere dejarse caer sobre aquellos a los que complace llamar culpables, todos los obreros de tales presidios, de esas siniestras casas, se alcen y digan el porqué de sus actos de una forma clara, de una forma precisa, a fin de que no se pueda mentir a la opinión pública.

Las revoluciones están hechas de una serie de rebeliones. Solo cuando los hombres sepan dirigir sus rebeliones hacia actos fecundos, se producirá una auténtica revolución en su modo de existir. A la era actual de vida estúpida y miserable podrá suceder una vida normal, liberada de todos los gérmenes de embrutecimiento y de muerte.

La libertad[93]

Muchos piensan que es una simple querella de palabras, una preferencia de términos, la que hace que los unos se declaren libertarios y los otros anarquistas. Yo tengo una opinión del todo diferente. Soy anarquista y mantengo la etiqueta no como adorno, sino porque significa una filosofía y un método diferentes de los del libertario.

El libertario, tal como indica la palabra, es un adorador de la libertad. Para él, es el comienzo y el fin de todas las cosas. Rendir culto a la libertad, inscribir su nombre en todos los muros, levantarle estatuas que iluminen el mundo, hablar de ella en toda ocasión o sin ocasión, declararse libre de movimientos mientras el determinismo hereditario, atávico y circundante os convierte en esclavos... he aquí lo que hace el libertario.

El anarquista, si nos remitimos simplemente a la etimología, está contra la autoridad. Exacto. El anarquista no hace de la libertad la causa, sino más bien la finalidad de la evolución de su individualidad. No dice, incluso si se trata del menor de sus gestos, «soy libre», sino «quiero ser libre». Para él, la libertad no es una entidad, una cualidad, un bloque que existe o deja de existir, sino un resultado que se adquiere a medida que adquiere poder. El anarquista no hace de la libertad un derecho anterior a sí mismo, anterior a los hombres, sino una ciencia que adquiere, que los hombres adquieren, en el día a día, liberándose de la ignorancia, suprimiendo los obstáculos de la tiranía y de la propiedad.

El hombre no es libre de hacer o dejar de hacer por su sola voluntad. Aprende a hacer o dejar de hacer cuando ha ejercido su juicio, iluminado su ignorancia o destruido los obstáculos que le estorbaban. Así, si emplazásemos a un libertario sin conocimientos musicales ante un piano, ¿sería libre de tocar? ¡No! No tendrá tal libertad hasta que haya aprendido música y practicado con el instrumento. Es lo que dice el anarquista. Por eso lucha contra la autoridad que le impide desarrollar sus aptitudes musicales —si las tuviere— o que posee los pianos. Para tener la libertad de tocar, es necesario tener el poder de saber y el poder de tener un piano a su disposición. La libertad es una fuerza que cada cual debe saber desarrollar en su individualidad; nadie puede concederla.

Cuando la República asume la famosa divisa «libertad, igualdad, fraternidad», ¿hace que seamos más libres? ¿Que seamos más iguales? ¿Que seamos hermanos? Nos dice: «sois libres». Son palabras vanas, pues no tenemos el poder de serlo. ¿Y por qué no tenemos ese poder? Sobre todo, porque no sabemos adquirir un conocimiento exacto de él. Tomamos los espejismos por la realidad.

En tanto esperemos la libertad de un Estado, de un redentor, de una revolución, no trabajaremos en desarrollarla en cada individuo. ¿Qué varita mágica transformará a la generación actual, nacida de siglos de servidumbre y de resignación, en una generación de hombres que merezcan la libertad porque son lo bastante fuertes como para conquistarla?

Tal transformación vendrá de la conciencia que los hombres tengan de no tener libertad de conciencia, de que la libertad no está en ellos, de que no tienen el derecho de ser libres, de que no nacen todos libres e iguales... y de que, sin embargo, es imposible alcanzar la felicidad sin la libertad. El día en que posean semejante conciencia, estarán dispuestos a todo para conquistar la libertad. Esta es la razón por la que los anarquistas luchan con tanta fuerza contra la corriente libertaria, que toma a la sombra por la presa.

Para adquirir ese poder, es necesario que luchemos contra dos corrientes que amenazan la conquista de nuestra libertad: hay que defenderla contra el otro y contra uno mismo, contra las fuerzas exteriores y contra las fuerzas interiores. Para encaminarnos hacia la libertad, tenemos que desarrollar nuestra individualidad. Cuando digo encaminarnos hacia la libertad quiero decir encaminarnos hacia el más completo desarrollo de nosotros mismos. No somos, pues, libres de tomar cualquier camino, tenemos que esforzarnos por tomar el «buen camino». No somos libres de ceder a pasiones desarregladas, estamos obligados a satisfacerlas. No somos libres de ponernos en un estado de ebriedad, haciendo perder a nuestra personalidad el uso de su voluntad y sometiéndola a todas las dependencias; digamos, más bien, que sufrimos la tiranía de una pasión bajo la que la miseria o el lujo nos han colocado. La auténtica libertad consistiría en ejercer la autoridad sobre dicho hábito para liberarse de la tiranía y de sus corolarios.

He dicho bien ejercer la autoridad, pues no siento la pasión de la libertad considerada a priori. Yo no soy liberólatra. Si bien es cierto que quiero adquirir la libertad, no la idolatro. No me divierto rehusando el ejercicio de autoridad que me hará vender al adversario que me ataca, ni siquiera rehúso el ejercicio de autoridad que me permitirá atacar a mi adversario. Sé que todo ejercicio de la fuerza es un ejercicio de autoridad. Desearía no tener nunca que emplear la fuerza, la autoridad contra otros hombres, pero vivo en el siglo XX y no soy libre de la dirección de mis movimientos para adquirir la libertad.

Así, considero la revolución como un ejercicio de autoridad de algunos sobre algunos otros, la rebelión individual como un ejercicio de autoridad de uno sobre otros. Y a pesar de que encuentro tales medios lógicos, quiero determinar exactamente su intención. Los encuentro lógicos y estoy dispuesto a cooperar en ellos, cuando ese ejercicio de autoridad temporal tiene como fin destruir una autoridad estable, dar más libertad; los encuentro ilógicos y los bloqueo cuando no tienen como fin más que desplazar a una autoridad. Mediante tales actos, la autoridad aumenta su poder: dispone de aquel que no ha hecho sino cambiar de nombre, más el que se ha desplegado con ocasión de dicho cambio.

Los libertarios hacen de la libertad un dogma; los anarquistas, un término. Los libertarios piensan que el hombre nace libre y que la sociedad los vuelve esclavos. Los anarquistas se dan cuenta de que el hombre nace en la más completa de las dependencias, en la mayor de las servidumbres, y de que la civilización lo lleva por la senda de la libertad.

Lo que los anarquistas reprochan a la asociación de los hombres —a la sociedad— es que obstruya la senda después de haber guiado nuestros primeros pasos por ella. La sociedad libera al hombre del hambre, de las fiebres malignas, de las bestias feroces —evidentemente, no en todos los casos, pero sí en general—, pero lo convierte en presa de la miseria, del agotamiento y de los gobernantes. Lo lleva de Caribdis a Escila. Hace escapar al niño de la autoridad de la naturaleza para ponerlo bajo la autoridad de los hombres. El anarquista interviene. No demanda la libertad como un bien que se le ha arrebatado, sino como un bien que se le impide adquirir. Observa la sociedad presente y constata que es un mal instrumento, un mal medio para llevar a los individuos a su completo desarrollo.

El anarquista ve cómo la sociedad rodea al individuo con un cercado de leyes, con una red de reglamentos, con una atmósfera de moral y de prejuicios, sin hacer nada para sacarlo de la noche de la ignorancia. No cree en la religión libertaria —liberal, podría decirse—, pero quiere cada vez más libertad para sí mismo, del mismo modo que quiere un aire más sano para sus pulmones. Entonces se decide a trabajar, por todos los medios, para romper los alambres de ese cercado, la malla de esa red, y se esfuerza por abrir los ventanales del libre examen.

El deseo del anarquista es poder ejercer sus facultades con la mayor intensidad posible. Cuanto más se instruye, cuanta más experiencia adquiere, cuantos más obstáculos derriba, tanto morales como materiales, más amplía su campo, más permite la extensión de su individualidad, más se vuelve libre de evolucionar y más se encamina hacia la realización de su deseo.

Pero no he de dejarme llevar y debo volver con más exactitud al asunto: el libertario que no tiene el poder de realizar una observación, una crítica cuyo fundamento reconoce, o que incluso no quiere discutirla, responde: «Soy, desde luego, libre de actuar así». El anarquista dice: «Creo que tengo razón al actuar así, pero veamos». Y si la crítica realizada se dirige contra una pasión del que no se siente con fuerza para liberarse, añadirá: «Estoy sometido a la esclavitud del atavismo y del hábito». Esta simple constatación no será benévola. Portará en sí misma una fuerza, acaso para el individuo atacado, pero sin duda para el que la realiza y para aquellos que estén presentes, menos atacados por la pasión en cuestión.

El anarquista no se engaña en cuanto al dominio conquistado. No dice: «¡Desde luego que soy libre de casarme con mi hija si me place!»; «tengo derecho a llevar sombrero de copa si me conviene», porque sabe que tal libertad, tal derecho son un tributo pagado a la moral del medio, a las convenciones del mundo; son impuestas por el exterior en contra de todo querer, de todo determinismo interior del individuo implicado.

De este modo, el anarquista no actúa por modestia, o por espíritu de contradicción, sino porque parte de una concepción por completo diferente de la del libertario. No cree en la libertad innata, sino en la libertad que se ha de adquirir. Y por el hecho de saber que no tiene todas las libertades, tiene aun mayor voluntad de adquirir el poder de la libertad.

Las palabras no tienen valor en sí mismas. Tienen un sentido que es necesario conocer bien, precisar bien, con el fin de no dejarse atrapar por su magia. La gran revolución nos tomó el pelo con su divisa «libertad, igualdad, fraternidad»; los libertarios, los liberales, nos han cantado en todos los tonos su laissez faire con el estribillo de la libertad de trabajar; los libertarios se mienten a sí mismos con su creencia en una libertad preestablecida y hacen críticas en su honor... Los anarquistas no deben querer la palabra, sino la cosa. Están en contra del mando, del gobierno, del poder económico, religioso y moral, pues saben que, cuanto más disminuyan la autoridad, más aumentarán la libertad.

Hay una relación entre el poder del de y el poder del individuo. Cuanto más disminuye el primer término de esta relación, más queda disminuida la autoridad, más aumenta la libertad. ¿Qué quiere el anarquista? Conseguir que los dos poderes se equilibren, que el individuo tenga libertad real de movimientos sin obstaculizar jamás la libertad de movimientos de otro. El anarquista no quiere invertir la relación para hacer que su libertad se levante sobre la esclavitud de los demás, pues sabe que la autoridad es mala en sí misma, tanto para quien la sufre como para quien la posee. Para conocer verdaderamente la libertad, hay que desarrollar al hombre hasta hacer que ninguna autoridad tenga posibilidad de ser.

El trabajo antisocial y los movimientos útiles[94]

Existía, hace algunos años, un tal Harduin,[95] que empleaba todo su espíritu en defender a los ociosos... ¡Los pobres ociosos, los buenos ociosos! Este hombrecito de baratillo reunía todos los lugares comunes, todas las ideas banales expresadas por el ciudadano de a pie, les imprimía un giro novedoso y enseguida las lanzaba a la cabeza de todos como el nec plus ultra de la originalidad. Junto a la Iglesia, que declara que «los ricos son los depositarios y los administradores de las riquezas de la tierra, luego deben responder de ellas»; junto a Leroy-Beaulieu[96] y la economía política, que dicen que «el capital (y los capitalistas) garantiza la riqueza de una nación»; junto a todos los resignados, todos los pobres, el pueblo entero —diríamos incluso—, que afirman «que tiene que haber, desde luego, ricos para hacer trabajar a los obreros», el señor Harduin cantaba la epopeya de los ociosos, esos dioses del Olimpo capitalista.

Lo hacía de un modo que puede parecer exagerado, brutal, tocando acaso en demasía la fibra sensible del pueblo, pero el señor Harduin, educado en la escuela del republicanismo burgués y volteriano, sabía todo lo que el pueblo puede aguantar, todas las culebras que se le pueden hacer tragar mediante la persuasión, todo lo que se le puede hacer aceptar mediante el uso del bastón y la violencia. Parece haber ido muy lejos, pero no fue para tanto. Decía en voz alta lo que el ciudadano de a pie decía en voz baja: «Si los ociosos no existiesen, habría que inventarlos. Al no hacer nada, son más útiles que muchos otros que trabajan. No ocupan el puesto de nadie. No son competencia para nadie; no son más que sacos rotos. No tienen necesidad de cometer acciones bajas o deshonestas para ganarse la vida. Esparcen su dinero y fecundan así el trabajo de los otros. Son, en definitiva, los ciudadanos perfectos y forman, por su menguado número, la aristocracia de una nación. Además todo el mundo envidia su suerte». He aquí lo que decía el señor Prudhomme[97]-Harduin, dirigiendo la voz de don Pánfilo-Bonachón. No hacía más que traducir las ideas de muchos.

¿Qué pensar de un hombre que diga «si no hubiera parásitos, habría que inventarlos»? ¡Que está loco! Se ha visto, en algunas ocasiones, que los hombres recurrían a ciertas especies de animales para destruir a otra más prolífica. Nos servimos, para que un organismo enfermo se restablezca, de ciertos remedios que provocan una perturbación, pero sanan el mal. ¿Se pueden concebir individuos que apelarían, que bendecirían, que cantarían al mal y al sufrimiento?

El ocioso, ese parásito de la humanidad, es aceptado por el pueblo con la resignación de un Benito Labre,[98] que dejaba que la miseria cubriese su cuerpo en nombre de Dios. El pueblo va más lejos: glorifica al ocioso.

Podría continuar con el ejemplo. ¿No dice acaso el simple: «los piojos son la salud del cuerpo»? De la misma manera, los ociosos son la salud de la sociedad. La resignación, al igual que la holgazanería, ha llevado a los hombres a la aceptación de la indecencia y el parasitismo. Por temor al agua y por el esfuerzo del lavado, los hombres llegan a considerar la capa de mugre que los recubre como el espesor de su propia piel, de la que no podrían desembarazarse sin despellejarse. Por temor al movimiento, por pereza de actuar, los hombres llegan a considerar el hecho de ser devorados por numerosos parásitos como inherente al hecho de vivir en sociedad.

El ocioso es semejante a uno de esos dioses a los que los fieles llevaban los mejores productos. La estatua, con los brazos cruzados, no suponía competencia alguna para el trabajo de los hombres, pero no por eso su culto dejaba de ser una pesada carga para ellos. Los ociosos de aquellos tiempos no osaban lucir el título de tales. Ocultaban su holgazanería detrás de una divinidad cualquiera. Los hombres de entonces no habrían sido tan tontos como para extraer una parte del fruto de su actividad y dársela a holgazanes confesos.

Ahora, el volteriano Harduin y sus amigos han hecho una divinidad del propio ocioso. No más subterfugios. Ese hombre al que veis con los brazos cruzados es un ocioso. Es decir, que no trabaja. No hace esfuerzo alguno. No labora, no siembra, no forja, no teje, no enseña. A cambio, consume diez, veinte veces más que cualquiera. Su mesa está cubierta con los más finos platos. Se pone el mismo traje dos o tres veces como mucho. Necesita, haga frío o calor, cincuenta pared de zapatos. Su vivienda es grande, más que la de cien familias juntas.

Es un ocioso. Tiene, como misión social, la de consumir. Su cualidad social consiste en no producir. Dentro de la gran familia humana, es el niño mimado que, en la mesa familiar, coge los mejores platos y los vacía cuando le place... Cuanto más come —incluso hasta llegar a la indigestión—, más útil resulta a sus hermanos, los cuales compartirán después las migajas tenga a bien dejarles.

El ocioso da, al venir al mundo entre mantillas bordadas, una prueba de inteligencia sin par y excita la admiración «del ciudadano cuya inteligencia es tan poco superior a la del caballo que ha de penar durante diez horas con el fin de ganar tres francos».

El ocioso no le quita el puesto a nadie para trabajar; a cambio, quita el puesto a varios para consumir. Ni siquiera es el obrero de la hora undécima,[99] al que las circunstancias han podido apartar de la labor; es, sistemáticamente, el obrero de la duodécima, el obrero del almuerzo. Se alaba su cualidad de no ser competencia para nadie a la hora de la producción. Y estoy de acuerdo. Pero convendría en alabarle aún más, en imponerle incluso, la cualidad de no ser competidor a la hora del consumo.

Prudhomme-Harduin declara —en nombre del populacho de resignados— que «el ocioso no tiene necesidad de cometer acciones bajas o semi-deshonestas para asegurar su existencia». ¡Vaya cualidad! Tampoco se tizna el rostro, tampoco tiene callos en las palmas de las manos. Teniendo su existencia garantizada no se sabe gracias a qué toque de varita mágica y bien sabemos gracias a qué aceptación por parte de todos, no necesita de turbias maquinaciones para mantenerse. No se mancha ni se curte las manos, pues no hace nunca otro esfuerzo que el de digerir. Cuando Prudhomme habla así, habla una vez más como todos. ¡Respeta las manos blancas, las uñas largas, las conciencias sin mácula! Bien estaría que contemplase a los ociosos mundanos seguir su código de honor (!?) a través de las mil dificultades de la existencia.

Pero, entonces, ¿qué es lo que hace el ocioso? Pone su dinero en circulación. Pues no es ocioso quien quiere. Una de los principales rasgos del ocioso oficial es tener dinero. Para llegar a dicha posición, a tal aristocracia, no hay necesidad de cualidades naturales; es preciso, simplemente, un capital determinado. El capital es un billete para el viaje de la vida que nunca caduca.

El ocioso sin dinero se llama holgazán, vagabundo, mendigo o macarra. Tiene una cualidad; la de no ser competencia; pero carece, sin embargo, de la de ser un saco roto. No comparte el esfuerzo, sea; más tampoco consumo, o tan poco que ni siquiera vale la pena hablar de ello. Apenas utiliza para su servicio el trabajo de otro hombre. El ocioso auténtico, de buena marca, hace trabajar para él a una veintena, a un centenar de personas, y ahí se encuentra su cualidad. Produce poco o nada, consume mucho.

¿No está aquí la razón del gran odio que se siente contra el avaro? No produce y se le perdona, pero tampoco consume; hete aquí su gran crimen. No pide al zapatero los zapatos que no calza, al pastelero tartas que se echarán a perder. Se contenta con llevar una vida mediocre. ¡El ocioso tiene que consumir! Si el ocioso no tiene brazos, que al menos posea una enorme bocaza para zampar, un estómago para digerir.

Así pues, el ocioso tiene dinero y lo esparce. El dinero que posee tiene un valor incontestable y aceptado por todos. Al intercambiarlo, tiene derecho a todos los respetos. Pero —diréis— no puede intercambiarlo y seguir teniéndolo aún. ¡Pues sí! El ocioso ve cómo se cumple para él este asombroso milagro. Da dinero a cambio de felicidad. Se queda con la felicidad y también con el dinero. El cofre que lo guarda no se agota jamás. Si el nivel de oro baja en alguna ocasión, el productor aporta el dinero que ha recibido. Entrega sus rentas, paga alquileres al ocioso, al que su industria nutre, aloja y viste. El ocioso no da nada, no da jamás, ¡siempre recibe! Consume, derrocha, despilfarra; y cuanto más despilfarra, más méritos hace a los ojos del ciudadano de a pie.

A lo largo de los siglos han desfilado muchas aristocracias. Se vio a la aristocracia de los intelectuales en Atenas, la aristocracia de los fuertes y hermosos en Esparta, la aristocracia de los sacerdotes en Jerusalén, la aristocracia de los guerreros en la Europa medieval; hoy en día vemos, sin velos ni hipocresía, a la aristocracia de las bocazas, de los estómagos y los vientres, a la aristocracia de los ociosos. El ocioso no posee cierta riqueza que la humanidad le compra a alto precio; no es el más hermoso, el más fuerte, el más instruido, el más valeroso; es aquel que consume y esto le basta para ser el amo de quienes producen.

El ocioso es el peso muerto con el que penosamente carga la evolución humana en su marcha hacia delante. No solo él mismo no hace esfuerzo alguno, sino que paraliza, en su provecho, el esfuerzo de los demás hombres. Del zapatero al sabio y del artista al minero, todos los trabajadores penan para procurar el mayor goce a la aristocracia de los ociosos.

¿Por qué anomalía se ha convertido la sociedad en una asociación de individuos que han tomado como fin asegurar la felicidad de una décima parte de ellos, con los cuales no tienen ninguna afinidad y por los cuales no siente ningún amor? ¿Quién podría responder?

Lo que ha sido, lo que es, ¿debe seguir siempre siendo? ¿Durará la aristocracia de los ociosos? ¿No se presenta ante los ojos de los hombres la mentira de la utilidad de los parásitos?

Hay que destruir la famosa leyenda, la fábula de los miembros y del estómago. Si los ociosos, los ricos, son solo estómagos, no son, en todo caso, el estómago que asimila el alimento con el fin de llevarlo hasta los miembros. Los ociosos tienen como misión no ser útiles. Son animales de lujo que la humanidad comete la tontería de mantener en su detrimento. [...]


La felicidad individual y la felicidad colectiva están hechas de la acumulación de fuerza, la cual conlleva la abundancia de cosas útiles y disminuye, en consecuencia, el esfuerzo necesario para adquirirlas. La libertad no es otra cosa que un poder. Cuanto más fuerte es uno, más libre es. Hay que hacerse fuerte, pues. Pero no es posible que el hombre se haga fuerte sin el concurso de los hombres. Hay, pues, que asociarse con ellos. Hay que persuadirse de que el trabajo de cada uno es provechoso a todos y para siempre.

El objetivo principal del hombre debe hallarse en la producción y la conservación de las cosas indispensables para la vida. Y si tal objetivo hubiese sido, a lo largo de los tiempos, la preocupación de la humanidad, la riqueza de las generaciones presentes sería tan grande que el comunismo se impondría a todas ellas debido al poco valor de los objetos necesarios para el consumo humano. ¿Qué hacer, entonces?

El hombre que vive consume; es decir, destruye cierta cantidad de materias asimilables. Se convierte en un peligro para los demás hombres si no hace recuperar a la sociedad, del modo que sea, produciendo para reparar, ya intelectualmente, ya manualmente, el consumo que acaba de realizar.

El hombre ocioso o productos de inutilidades es comparable a un foco de incendio. No solamente quema, despilfarra la materia que toma del «dominio» de sus contemporáneos, del dominio de los hombres de mañana, sino que llega a perecer por falta de alimentos, pues jamás piensa en reformar un nuevo campo para el consumo.

Es un individuo peligroso. Toda la perturbación social procede del hecho de que los hombres no han sabido interesarse por la producción y la conservación de fuentes alimentarias con capacidad para satisfacer el consumo.

Incluso cuando el hombre se ocupa tan solo de adaptarse intelectualmente, se convierte en un peligro para los demás y para sí mismo; se convierte en un «degenerado», podríamos decir, porque descuida las adaptaciones «físicas» en el momento mismo en el que multiplica sus necesidades.

En el momento en el que sus nuevos gustos le obligan a consumir más, en el que tiene necesidad de literatura, de música, de arte, de apartamentos más vastos, cesa de producir, incluso objetos de primera necesidad, y demanda de los demás hombres que produzcan, para su satisfacción, objetos de lujo.

Los hombres que consienten en producir esos objetos de lujo demandan, a su vez, de otros hombres que produzcan para su consumo objetos de primera necesidad. Llega un momento en el que un puñado de hombres satisface las auténticas necesidades de la humanidad.

De aquí se sigue una doble corriente de degeneración. La primera golpea a aquellos que no saben asimilar la materia a sus necesidades y que no podrían pasarse del concurso de los demás hombres, ociosos, peores que los enfermos privados del uso de los miembros esenciales del cuerpo; la segunda ataca a quienes el exceso de trabajo físico vuelve inaptos para todo trabajo intelectual al tiempo que desgasta prematuramente su organismo.

Aquellos que no producen, del mismo modo que aquellos que producen mal o inútilmente y aquellos que producen demasiado, son obstáculos al desarrollo normal de los hombres. Son nocivos, hay que prevenirse contra ellos.

Los sabios ya se preocuparon de la cuestión de los seres nocivos, de los degenerados, pero abandonaron voluntariamente la cuestión a mitad de camino, no queriendo aplicar la lógica más que a cierta parte de la humanidad. El ocioso rico no era un degenerado en las mismas condiciones que el holgazán pobre; y el que se alcoholizaba con vitriolo se transformaba en un ser nocivo, peligroso de forma muy diferente que el noctívago distinguido que frecuenta los cabarés de noche.

Nosotros, sin embargo, podemos llevar nuestro pensamiento hasta el final: el objetivo es apropiarse de la riqueza total del globo terrestre con vistas al interés de los hombres, utilizando lo mejor posible tanto la materia terrestre como el esfuerzo humano. Todo hombre que quiera siempre recibir sin dar jamás es un obstáculo para su prójimo. Cualquiera que sea la razón, ya se le llame «criminal», «decadente», «capitalista», es una traba para la felicidad de los demás hombres, pues es improductivo, sea porque no emplea su fuerza, sea porque la emplea mal.

El burgués que consume sin producir nada jamás no es mayor peligro que el obrero que consume sin producir nada útil. El capitalista que amontona acciones unas sobre otras debe ser destruido de la misma manera que el empleado de metro que hace agujeros en el cartón durante toda la jornada. A fin de cuentas, ¿no tiene el obrero, auténtico productor, que alimentarlos, vestirlos, alojarlos y satisfacer sus necesidades?

Todo hombre improductivo debe ser destruido sin odio y sin cólera, como se destruye a las chinches a los parásitos. Digamos que este trabajo de destrucción es, actualmente, un trabajo de primera necesidad como el incendio que quema las zarzas del campo inculto con el fin de permitir la siembra de trigo fecundo.


Para mantener el actual estado de cosas, para colmar el consumo de la población que habita este hexágono irregular llamado Francia —es evidente que esta crítica puede adaptarse a cualquier país—, una gran parte de esa población trabaja: los hombres, una media de once horas por día: las mujeres, una media de diez horas. Así lo establecen las leyes.

Pero nadie ignora que tales medias no son más que un mínimo y que estadísticas hechas con todas las garantías darían una media de catorce a quince horas de trabajo tanto para los hombres como para las mujeres. Durante esas horas de trabajo, en la mayoría de los casos, el obrero despliega una atención continua, una energía intensiva, ya sea controlando el motor mecánico, ya sea intentado vencer a la posible competencia. Por todo el país se preocupan de disminuir de forma efectiva la duración de la permanencia en el puesto de trabajo, y también la atención intensiva y deprimente empleada durante dicha permanencia.

Los obreros se han sindicado: es decir, se han reunido en corporaciones de oficio, o más o menos, y han afrontado el problema, cada uno desde su particular punto de vista. Han dejado a la puerta su mentalidad, sus desiderata de hombre, para asumir la del pintor de rótulos o la del revisor de metro. Los diferentes sindicatos se han agrupado, por similitud de oficios, en federaciones, adquiriendo así un nuevo interés especial, sin por ello perder nada de su ya señalada condición. Tales federaciones forman la Confederación del Trabajo. Esta última ha de tener en cuenta y respetar los intereses federativos y, más allá de estos, los intereses de los sindicatos.

La Confederación General del Trabajo se declara autorizada para resolver los apasionantes problemas de los que hablábamos hace un momento: disminución de la duración del trabajo, disminución de la intensidad de dicho trabajo.

Veamos los primeros actos de la CGT con vistas a acelerar la solución de tal problema económico. Por decreto fechado en... se ha decidido que los obreros no trabajarán más de ocho horas a partir del 1 de mayo de 1906. La cifra queda fijada: no son ocho horas y cuarto ni siete horas y tres cuartos, son ocho horas exactas. Nada ha cambiado desde 1848 en la economía social; son ocho horas ahora de la misma manera que hace sesenta años. Sin detenernos en el fetichismo de la fecha del 1 de mayo, con todo, tan poco regocijante y tan ridícula para los obreros, ni en la reflexión socialista sobre el 3 x 8,[100] examinemos de qué forma la CGT pretende llegar a la buena solución.

Para empezar, pone en marcha una campaña de propaganda con el fin de inducir a la opinión a mostrarse favorable a la jornada de ocho horas. Carteles, murales, adhesivos afirman que el obrero no deberá trabajar más que ese lapso de tiempo a partir del 1 de mayo de 1906. Y esto, evidentemente, conservando el mismo salario mínimo recibido por diez horas.

Hablaremos solo a título indicativo del lenguaje tan especial empleado en carteles y murales... Es el mismo, palabra más, palabra menos, que el empleado por los del cuarenta y ocho, los republicanos, los socialistas... y «el proletariado entero» roza «la liberación de la clase obrera».

Concentrémonos en conocer los medios que quiere emplear, después de que la propaganda haya dado sus frutos, en la ejecución de tal croquis social. Si los individuos vinculados a una labor cualquiera durante diez horas (oficial), doce, catorce horas (realidad), no trabajan más que ocho horas, dicha labor necesitará 1/5 (oficial), 1/4, 1/3 incluso (realidad) de mano de obra de más, o bien la intensidad de su trabajo aumentará 1/5, 1/4, 1/3, según las circunstancias. ¿El número de parados es lo bastante grande como para reemplazar a esa mano de obra? Es bien evidente que no.

En tal caso, la intensidad de la labor durante la presencia en el puesto de trabajo aumentará y la otra cara del problema quedará irresuelta. ¡Los obreros podrán recibir el mismo salario por ocho horas que por diez horas! Pero ¿quién ignora que el salario es la relación que marca las necesidades inmediatas del obrero? El valor del salario no existe en sí mismo, sino en la capacidad que otorga para comprar objetos de consumo. Si el precio de coste de dichos objetos aumenta, ciertamente aumentará el precio de venta y, con la misma suma de dinero, se obtendrán menos productos. Casi habría que llegar a pedir, junto a la reducción de las horas de trabajo, en el caso de que nueva mano de obra viniese a añadirse a la primera, un aumento de salarios para poder vivir tan bien como se hacía antes.

Queda claro que, por el momento, nos situamos en la relatividad de la organización actual. Consideramos que la vía seguida por la CGT es impracticable; y decimos más: la CGT no puede resolver tales problemas; es, por su propia esencia, incompetente en la materia. Los medios que se han de emplear acarrean su inmediata disolución. ¿Por qué?

La CGT es una asociación de federaciones. Las federaciones son asociaciones de sindicatos. Los sindicatos son asociaciones de obreros del mismo oficio. La CGT debe, pues, respetar y favorecer los intereses de ciertos hombres en tanto que obreros de cierto oficio. Ahora bien, el problema de la disminución del trabajo no puede resolverse más que mediante la supresión del trabajo inútil y mediante la conducción de tales esfuerzos hacia el trabajo útil. Para esto, un gran número de corporaciones de oficios debería desaparecer.

Sin entrar en una nomenclatura demasiado larga de los oficios que clasificamos como útiles, y de aquellos que clasificamos como inútiles, podemos decir que son útiles todos los oficios que ayudan al desarrollo de nuestros sentidos, a la satisfacción de nuestras necesidades. Pintar reclamos, rótulos, fabricar contadores de gas, imprimir billetes de banco, etc. nos parecen trabajos inútiles.

Todos estos oficios son, por otra parte, la consecuencia directa o indirecta de la desigualdad económica, es decir, de la propiedad individual, que tienen como fin salvaguardar o legitimar. Ya no tendrían razón de ser en una sociedad de hombres liberados.

En consecuencia, no más armeros, no más fabricantes de contadores, no más impresores de billetes de banco, no más monederos (auténticos o falsos), no más revisores de metro.

Muchas de estas corporaciones, cuyo trabajo es inútil, tienen su puesto en la CGT. ¿Va a decidir esta su desaparición? No puede.

Admitiendo por un instante la utilidad de las agrupaciones federativas de oficio del tipo de la CGT, llegamos a concluir que, lógicamente, la CGT debería disolverse y reformarse sobre nuevas bases si quisiera poder hacer un trabajo económico de alguna envergadura.

No aceptaría, entonces, más que representar a las corporaciones de oficio que tuviesen una utilidad evidente. Convocaría a todos los hombres que deseasen trabajar útilmente. No se ocuparía, como ahora, de asociar al mayor número de obreros, sino al mayor número de hombre útiles.

Para disminuir la parte de trabajo de cada uno, hay que disminuir el trabajo global. También se puede aumentar el número de aquellos que comparten dicho trabajo. Todos nuestros esfuerzos deben dirigirse, pues, hacia ese fin. [...]


Los hombres actuales, por muy avanzados que sean, reclaman dos cosas: trabajo y dinero. No demandan, no toman pan, ropas, libros: quieren trabajo, dinero. No se preocupan jamás por saber si el trabajo que ejecutan les aportará a ellos, a sus próximos, a los hombres, una mejora en las condiciones de vida. Trabajan. Les complace trabajar por trabajar. Realizan gestos de loco con la misma serenidad que gestos razonables. Y el revisor de metro pone al perforar un pedazo de cartón el mismo énfasis que podría poner al realizar el «gesto augusto del sembrador».

Pero, lejos de intentar disminuir el trabajo inútil, el hombre, al contrario, frena cualquier movimiento tendente a dicho fin. Cuando se quiso mostrar al obrero que el maquinismo no le era hostil, no se le dijo: «disminuye tu esfuerzo, te sustituye en la dura labor», sino más bien: «aumentará la suma total de trabajo, impulsará el falso consumo». ¡Y la máquina en cuya confección han trabajado centenares de hombres diez o doce horas por día y que servirá para distribuir pastillas de chocolate o fichas de teléfono se considera como algo bueno porque da trabajo al obrero! La clase poseedora, por su parte, piensa que es una de las buenas vías de escape por las que se va el esfuerzo humano. Cada vez que la ciencia, al desarrollar la mentalidad de los hombres, va a suprimir algunos gestos inútiles, los hombres en tanto que obreros, en tanto que trabajadores, se interponen. Su sindicato, su federación vienen al rescate.

El viejo que duerme en el Elíseo había visto todo el ridículo, todo el servilismo del acto que consiste en enviar un pedazo de cartón sobre el cual, previamente, se había hecho inscribir nombre, apellidos y títulos. Muchas otras altas personalidades se quejaron con él. La tarjeta de visita iba a ser suprimida. Era un esfuerzo inútil menos, sin contar todas las demás ventajas individuales. Inmediatamente, el Sindicato de Tipógrafos, la Federación Francesa de Trabajadores del Libro se agitaron y, después de muchas idas y venidas, el viejo consintió en dejarse sepultar por todos aquellos cuadraditos de palpable cortesía.

Sería interesante citar pormenorizadamente los «considerandos» obreros. No se le ocurrió a la CGT decir: «No es cierto que, porque ya no se impriman tarjetas de visita, porque se fabriquen menos imprentas Magand, todo aquello que consumían los hombres que imprimían o fabricaban tales objetos quede fuera de la circulación económica; luego dichos hombres, sin riesgo alguno para los demás, pueden continuar viviendo como anteriormente».

Ocurrió también que, en una ocasión, la autoridad gubernamental constató que había suficientes armas en los almacenes del Estado y cesó a una parte de los obreros de la fábrica de Saint-Étienne. El diputado de la circunscripción, un tal Aristide Briand, hizo oír su voz en nombre de «aquellos trabajadores injustamente sacrificados», y se les readmitió para hacer fusiles, sables, etc. ¡Trabajo útil! (Ya se ha visto en Limoges y en Villeneuve-Saint-Georges).

No mostramos aquí más que reformas oficiales. Podríamos citar el orden del día en la Cámara de Diputados presentado por el señor Jules Coutant, socialista, en compañía del señor marqués de Dion,[101] de Georges Berry[102] y de otras gentes igualmente chic. En nombre de la clase obrera, de esos mecánicos cuyo trabajo, al parecer, conoce por propia experiencia, el diputado obrero propone la puesta en marcha de una Exposición de los Deportes. Este hombre, que defiende los intereses de quienes habitan viviendas insalubres, que representa a una parte de esa población privada de aire y de luz, habla de construir palacios que se destruirán pasado un año con el fin de ocupar al trabajador. El internacionalista habla además de la competencia extranjera y del desarrollo de la industria francesa. ¡Hay que dar trabajo al obrero! Y aún se oye el grito de los del cuarenta y ocho: ¡trabajo!

Ninguna organización económica o parlamentaria ha emprendido el verdadero camino para asegurar la disminución del esfuerzo humano. Ni siquiera la jornada de ocho horas es una tentativa de disminución de dicho esfuerzo, sino más bien una tentativa de su generalización.

La CGT, al reemprender una campaña, no se desembaraza en absoluto de los errores del pasado. Sigue la ruta marcada por los políticos y los sentimentales. No puede resolver la cuestión de las ocho horas o, por decirlo más exactamente, la cuestión de la disminución de la duración diaria del esfuerzo humano, más que amputándose a sí misma. Las tres cuartas partes de los oficios que tienen oficina en las Bolsas de Trabajo son oficios inútiles, que sirven para mantener la organización actual. Si esta última es mala, no queda sino dirigir el esfuerzo contra ella.

¿Qué pensar de un médico que dejase que un hombre absorbiese un veneno que trastorna su organismo, no haciendo más que reducir la dosis? Que tal médico tiene necesidad de clientes. La CGT solo quiere tocar la organización actual con manos delicadas: en su superficie: sin atacar jamás al principio de explotación del hombre, se dedica a discutir los detalles. Y obtiene reformas legales, como la de las oficinas de colocación, cuyo ridículo e imbecilidad se hacen visibles tan pronto se ponen en práctica. ¿Qué pensar sino que la CGT tiene necesidad de clientes?

Disminuir la jornada de trabajo no es una reforma, es un descalabro social; las academias doctrinales, los cuerpos legalmente organizados no tienen nada que hacer en esta ocasión. Es asunto de la ciencia y de los fuertes meter el hacha entre los oficios que hay que podar, en lugar de dejar a los imbéciles dar mandobles a diestra y siniestra.


¿Por qué trabajan los hombres (y lo mismo los demás seres, evidentemente)? ¿Con qué fin? La respuesta es simple. Si el hombre frotaba dos pedazos de madera entre sí durante largo tiempo, si tallaba el sílex, si lo desgastaba contra el suelo durante horas, era para obtener fuego, para obtener un arma o, más bien, un útil. Si derribaba árboles, era para construirse una choza; si tejía fibras vegetales, era para componerse vestidos o redes. Todos esos gestos eran gestos útiles.

Cuando la simplicidad de sus gustos, y también el horizonte necesariamente limitado de sus deseos, le procuraron tiempo libre, como consecuencia de su destreza y de los medios descubiertos por él mismo y sus semejantes, el hombre consideró bueno realizar gestos cuya utilidad no era evidente, pero que le producían una cantidad de placeres que no se le antojaban despreciables. Dio a la piedra formas que le parecieron agradables; trazó sobre la madera imágenes que le habían chocado.

De cualquier modo, los gestos que hacía, imprescindibles para satisfacer sus necesidades inmediatas o para sus placeres, eran gestos a los que no negaba la utilidad; y por otro lado, le estaba permitido no realizar los de segundo orden.

No me propongo describir por qué fases el hombre de entonces, que trabajaba el cuerno de reno voluntariamente, para su placer, pasó hasta llegar al hombre de hoy, que trabaja el marfil a la fuerza, para el placer de otro.

Para millares de hombres, los gestos agradables, hechos voluntariamente, se han convertido en un «oficio» sin el cual no pueden vivir. Los gestos que servían para embellecer su medio se transforman en la condición inevitable de sus vidas. Los gestos que hacían para agudizar sus sentidos no hacen actualmente más que debilitarlos, desgastarlos prematuramente.

Los demás hombres se encuentran entonces en la obligación de hacer los gestos necesarios para mantener la vida social, y desgastan su fuerza en esos mismos gestos. Trabajan para aquellos que hacen de los gestos agradables su «oficio», para aquellos que viven en la inactividad absoluta como consecuencia de un malentendido social.

Aquellos que no trabajan, aberración completa, extraordinaria, hacen controlar en su provecho el trabajo útil o agradable de los otros. Y este servicio de control aumenta el número de gentes que no hacen trabajo útil alguno, ni tampoco agradable. En consecuencia, aumenta la parte de labor de los demás.

Por mucho que el cerebro realice un trabajo perpetuo con vistas a mejorar la labor del cuerpo, por mucho que realice constantes descubrimientos, constantes invenciones, el resultado es casi nulo, pues el número de intermediarios, de controladores, de inútiles aumenta en la misma proporción.

Una suerte de locura acaba por adueñarse del mundo. Llegamos a preferir los gestos agradables sobre los gestos de primera utilidad, e incluso los gestos puramente inútiles. Al punto de que quien no tiene qué comer, o muy poco, mandará hacer tarjetas de visita en papel bristol. Al punto de que quien no tenga camisa llevará falsos cuellos de una blancura impecable. ¡Cuántas estupideces engendradas por los prejuicios de la imbécil vanidad de los individuos!

Como consecuencia de una fuerza puramente ficticia, uno emplea sus cualidades a tontas y a locas. Ciertos hombres, cuyos hogares son negros y sucios, pintarán fachadas con pinturas Ripolin; otros, cuyos hijos no pueden ir a la escuela, compondrán o imprimirán prospectos o menús de gala; otros aun tejerán maravillosos cortinajes, en tanto sus esposas en el hogar ni siquiera tienen una falda cálida que ponerse sobre el preñado vientre.

El hombre ha olvidado que, primitivamente, realizaba gestos de trabajo, en primer lugar, para vivir y, a continuación, para sentirse agradablemente.


En un estudio sobre el trabajo, no podría silenciarse el problema del maquinismo. ¿Ha sido la máquina útil al hombre? ¿Ha disminuido su esfuerzo, permitiéndole el desarrollo de sus facultades? Si se toman estas cuestiones al pie de la letra se puede responder simplemente «no» a ambas dos.

Puede parecer, es incluso verdad, que el empleo de la máquina ha disminuido el esfuerzo en duración y en cantidad, pero se puede también afirmar que ha sido de manera ficticia.

La máquina, que trabaja con una mayor rapidez, reduce la permanencia en el taller; pero no permite las paradas, el descanso, los garbeos, y aumenta la duración efectiva del esfuerzo.

La máquina ya no deja realizar al hombre que la lleva —la lengua tiene sus ironías— más que unos pocos movimientos, siempre los mismos. En ningún momento le exige ingenio, reflexión, iniciativa. Su cerebro se mantiene inactivo. La repetición de los mismos gestos acarrea la fatiga de los mismos órganos y lleva a una lasitud, a una fatiga, que envenenan todo el organismo humano.

Además, la monotonía de los gestos lleva a un tedio que duplica, que triplica la fatiga producida. Si el placer es uno de los factores de la digestión, se puede decir también que es uno de los mejores factores de la producción. Aumenta la calidad de la energía ofrecida, al tiempo que disminuye la cantidad del esfuerzo exigido.

Pasaré rápidamente, a título de inventario, sobre otros perjuicios que pueden reprocharse al maquinismo: la arrogancia patronal provocada por la facilidad de reemplazar la mano de obra; el paro derivado de la sobreproducción de la máquina; el empleo de niños, vista la simplicidad de los gestos que hay que llevar a cabo; la movilidad que ocasiona en la vida de los obreros debido a la facilidad de su desplazamiento, etc.

Examinado lo anterior, ¿podemos decir que hemos encontrado inconvenientes inherentes a la máquina misma? Se puede asegurar que no. No es sino la forma de servirse de la máquina la que está aquí en cuestión, no es sino la organización del maquinismo la que resulta defectuosa. Es la forma de hacerla producir y la forma de hacer circular aquello que produce las que son malas.

Los hombres la emprenden contra la máquina como el niño que se corta la emprende contra el cuchillo: ambos dos deberían emprenderla contra su torpeza, su ignorancia o su debilidad. La razón está en que, después de haberla construido de arriba abajo, dejan la dirección de su rendimiento a ciertos individuos que les hacen creer que el oro y la plata sirven para engrasar la máquina, que la máquina no es provechosa más que para algunos.

El maquinista no se fatiga por conducir la máquina de metro: no es un esfuerzo por encima de su potencia muscular, ni por encima de la atención de sus sentidos. Se fatiga por conducirla durante demasiado tiempo, por repetir los mismos gestos demasiado a menudo. Que ponga en su lugar al perforador de cartones, o al recaudador de arandelas de cobre o al revisor que se pasea. Yo iría aún más lejos y citaría a otros, aparte de estos inútiles: ¿por qué no podría coger él la escoba para sanear los pasillos o verificar las horas de salida de los trenes para evitar accidentes, mientras que los que hacen estos trabajos se ocuparían sucesivamente de la palanca?

¿Por qué? No a causa de la máquina, sino a causa de la mala organización que preside el empleo de dicha máquina. ¿Cómo, entonces, habiendo tantos hombres que quisieran consagrar sus esfuerzos a labores útiles, no se ve aumentar la instrucción técnica que les permitiría el empleo de facultades que ahora permanecen inactivas? ¿El envenenamiento, como consecuencia de la fatiga, de los músculos y los nervios de un hombre no es, sin más, una pérdida para el conjunto de los hombres al completo? ¿No hay que intentar poner remedio a la repetición y la duración de los gestos que lo provocan?

No se le ocurriría a nadie responder negativamente si todos los hombres estuviesen organizados para obtener el máximo de producción con el mínimo de esfuerzos. Pero, ironía, los hombres se han organizado para obtener el máximo de placer para algunos de ellos a costa del esfuerzo de todos los demás. Sin embargo, es a aquellos a los que se confía la dirección del trabajo. Por eso es forzosamente mala: la buena organización de la labor humana no es algo que pudiera interesarles.

La máquina es el temible medio que sirve para encadenar aún más a los hombres. Cuando así lo quieran, será la temible arma que someta la naturaleza a sus deseos. Pero para eso, es preciso examinar la gran máquina social, desembarazarla con cuidado de todos los pesos muertos, de todos los engranajes inútiles, y arrojar a la fundición todos los viejos restos que no sirvan más que para entorpecer su marcha. Entonces podrán los hombres pensar útilmente en hacer de la máquina su más poderosa auxiliar.


El trabajo antisocial, en sí mismo desastroso, acarrea consecuencias todavía más graves.

Los hombres se pasan las tres cuartas partes de sus vidas adelantando la llegada de la muerte. La muerte es la gran preocupación de los vivos; ya se preparen para darla, ya fabriquen instrumentos para producirla, ya se consagren a su culto o cultiven y mantengan su dominio.

Los hombres realizan gestos de muerte. Es una obsesión trágica. Pero, en ciertos momentos, la obsesión se convierte en aterradora. La población entera parece moverse, vivir para elegir a los sacerdotes que se consagran al culto de la muerte. La hora de partida del reemplazo es, entre todas, la hora del sacrificio a la enfermedad, a la inacción, a la muerte.

Todos los años, individuos en la flor de la edad abandonan un trabajo de vida para comenzar un trabajo de muerte. Se ganan el alimento, la vestimenta, el alojamiento, trabajan a su gusto; consagran sus fuerzas, su ingenio, sus aptitudes a recuperar, junto a otros hombres, lo que consume el mantenimiento de su organismo. Después, de repente, sin que ningún motivo de descanso aparente se manifieste, detienen su actividad, salen de la vida. Comienzan a practicar la pereza, entran en la muerte.

Servían a su propia individualidad, servían a la sociedad... ahora van a servir a la patria.

Servían a algo tangible, a un individuo, a una asociación de individuos de la que formaban parte; van a servir a una entidad, a una asociación de entidades de la que los hombres no podrían jamás formar parte.

Mientras los hombres no consagran apenas, o no consagran en absoluto, una parte de si mismos a garantizar la vitalidad del organismo de los niños (que, transformados en hombres, asegurarán la vitalidad del suyo), del organismo de los enfermos (penosa situación en la que podrían encontrarse ellos mismos), del organismo de los ancianos (condición en la que se encontrará casi con completa seguridad el suyo propio), mientras, digo, que los hombres no garantizan la vitalidad del organismo de niños, enfermos, ancianos, deciden garantizar la vitalidad del organismo de hombres que se encuentran entre los más sanos y fuertes. Deciden amasar su pan, tejer su ropa, construir su casa.

¡Qué aberración!

Pero cuando se complica, cuando se convierte en más extraordinaria la aberración de los primeros individuos, y también la de los segundos, es en el momento en el que los unos, no contentos con no llevar ya a cabo actos de vida, se ejercitan en actos de muerte, y los otros, no contentos con trabajar para la existencia de perezosos aficionados, se ponen a trabajar para fabricarles juguetitos asesinos, cañones, fusiles, sables.

Así, ciertos individuos consienten en dejar inactivos y alimentar en su inactividad a cantidad de otros individuos, y, de añadidura, al tiempo que la sociedad les obliga a realizar un trabajo manual extenuante, fabrican, para divertir a tales perezosos, complicadas máquinas cuya construcción les exige un esfuerzo considerable.

Al mismo tiempo que los hombres se sirven todavía de barcos de pesca muy rudimentarios, construyen enormes acorazados cuya utilidad es hacer la guerra, cuyo fin es matar; al mismo tiempo que los hombres se ahogan diariamente en cualquier costa sin que exista aparato alguno para salvarlos, construyen maravillosos submarinos cuya función es destruir en un minuto el trabajo de centenares de ellos a lo largo de todo un año.

Al mismo tiempo que los hombres empujan penosamente el arado sobre la dura tierra, fabrican cañones, fabrican fusiles para matar a los labradores; al mismo tiempo que los hombres viven en cabañas o en alojamientos insalubres, construyen fuertes y reductos que no albergan a familia alguna. Al mismo tiempo, al mismo tiempo... la lista de los gestos de muerte seria larga y fastidiosa.


El trabajo de muerte ocupa a más hombres que el trabajo de vida. El ejército es un doloroso chancro que vive del organismo humano, y los remedios precisos gastan más energía que el mantenimiento de todo el resto del cuerpo.

Los pueblos, las sociedades, los hombres mantienen a ese chancro, el ejército; favorecen su supuración, las guerras; veneran sus manifestaciones trágicas y dolorosas, los héroes y las víctimas de la patria; frecuentan los antros en los que se atrapa, los cuarteles. Lo que es más, enseñan a los niños a amar piadosamente ese mal y sus purulencias, el patriotismo y el militarismo. Y vemos a generaciones enteras profesarse un odio recíproco porque no han cogido la enfermedad frecuentando a la misma patria, a la misma Marianne,[103] porque no se vendan con apósitos del mismo color, con banderas de la misma forma. Y nos encontramos, en las calles de las ciudades, en todos los países, con gentes hinchadas de alcohol y patriotismo que gritan: «¡Viva el ejército, viva la sífilis, vivan los soldados, vivan las ladillas, viva la mugre, viva el honor!».

Las instituciones sociales del momento, por anticuadas, por anormales que nos parezcan, están profundamente ancladas en la sociedad, y no es trabajo menor el intentar erradicarlas. Tales instituciones han sabido ligarse, no solamente a sus beneficiarios, sino también a aquellos a los que explotan más duramente. Y cualquiera que quiera tocarlas choca con la masa anónima de los productores de energía, de la que son o parecen ser los necesarios transmutadores.

Si se toca al ejército, si se habla de reducir sus efectivos o bien de recortar los créditos destinados a su desarrollo, no es solamente toda la jerarquía militar la que se agita, la que se levanta, es toda la gente obrera, fabricante de cañones, de fusiles, de sables, de pólvora, de acorazados, de torpedos y de todo lo demás... No solo es el «porvenir roto» de la progenitura soldadesca, sino la miseria y el dolor para toda una infancia obrera, las que despiertan el sentimentalismo de la población.

Ciudades enteras son construidas y viven del chancro militar, de la podredumbre patriótica, de la constante elaboración de un trabajo de muerte. Las ciudades de arsenales, las ciudades de manufactura de armas, son purulencias exclusivamente militares. Si, por higiene social, amputáis semejantes carroñas, semejantes purulencias, los hombres, que viven en ellas para mejor morir, no sabrán dirigir sus esfuerzos hacia una actividad mejor, hacia una más sana forma de vida. O, en cualquier caso, se les ha persuadido de tal cosa y defienden lo que llaman su sustento.

Si, de repente, la demostración de que la absenta, de que el tabaco son venenos se convirtiese en una evidencia para todo el mundo, cabe preguntarse si los millares de hombres a los que emplea su industria no pedirían a los otros hombres que continuasen envenenándose con el fin de permitirles vivir.

Sin embargo, hasta ahora dichos «obreros» no habían intentado apuntalar su absurdo con razonamientos basados en la lógica; si mantenían de forma oculta la especulación que les permitía —por decirlo así— vivir, no adoptaban su defensa pública.

Hace algunos años, a propósito de un artículo sobre las historias de la Separación que Rene Chaughi[104] hizo publicar en Les Temps nouveaux, el autor recibió una carta de respuesta de un tal señor Étienne Decrept,[105] ensayista libertarizante a tiempo parcial. Una de las quejas más serias de este singular contradictor consistía en el desempleo al que irían a parar ferreteros, carpinteros, mosaiquistas, organistas, fabricantes de hostias, encajeras, etc.

Si aceptamos como verdaderas las cifras de Decrept y como real la situación que denuncia, me hace feliz que esos cien mil obreros de las iglesias y sus familias se queden sin pan, pues de este modo rehusamos seguir costeando un trabajo de ridícula religiomanía, para vestir el altar o al arzobispo, de sastrería para el ídolo y de bisutería para la virgen. Del mismo modo, me haría feliz que los hombres se decidiesen a dejar de pagar el trabajo de los cañones, de los fusiles, de la pólvora, aunque de ello resultase el fin de los obreros que viven de la carroña militaresca. Estoy convencido de que la tierra recuperaría enseguida sus efectivos humanos, y de mucha mejor calidad, si se me permite expresarme así.

Si, que los hombres, incluso los anarquistas, vencidos por la competencia, por la necesidad de comer en medio de la imbecilidad de sus contemporáneos, desempeñen un oficio inútil, ridículo, ¡sea! Pero, si por esto o por aquello, se arranca un cáncer del organismo, ¿puede hacerse otra cosa que regocijarse, que constatar el progreso?

Y digo más: no solo deberían los hombres rechazar un trabajo asesino o pueril, en tanto el esfuerzo de sus brazos y sus cerebros sea de toda necesidad para un trabajo de vida y utilidad, sino que deberían decidirse a considerar como parásitos, en iguales condiciones que los sacerdotes, los oficiales, los rentistas, a aquellos que se consagran, mediante una aportación cualquiera, a la Iglesia, el ejército o la renta.

El interventor de cuentas y el revisor de trenes, el verdugo y el vigilante de banco, el tejedor de casullas y de condecoraciones de la Legión de Honor, el corrector y el impresor del Código y del Evangelio, el buscador de oro y de diamantes pueden desaparecer, derribados por el torbellino del progreso, sin que yo mueva un dedo para impedirlo. Si la ciencia debiese detenerse ante los problemas y trastornos que causa a los imbéciles, a los parásitos, a las bestias feroces, nos encontraríamos todavía en el más cruel de los salvajismos.

La hiedra, tras haberse implantado en el muro, declara que es ella la que lo sostiene. Y la verdad es que, en un momento dado, después de años y años de parasitismo, tal cosa es cierta. No importa; arranquemos la hiedra del muro, aunque este último se derrumbe. Yo diría aún más: arranquémosla para que se derrumbe. En ese momento, veremos de construir un muro que ligará el cimiento de la camaradería y el esfuerzo útil y en el que ya no se implantará la hiedra de la competencia y de los gestos inútiles.


Hechos recientes podrían hacemos reflexionar sobre tales cosas. En dieciocho meses, los molineros de la región de Saint-Jean-d'Angély han recibido más de cien mil quilos de talco, nos dice la investigación del procurador de la República. Teniendo en cuenta la torpeza del operador, las protecciones de quienes, por un medio u otro, escapan a esta estadística, se podría doblar la cantidad. Los industriales entregaban, pues, diariamente, bajo la denominación de harina, más de trescientos quilos de talco.

El talco es una materia mineral, silicato de magnesio, que, por más que no sea tóxica, puede producir perturbaciones en la buena marcha del organismo. No tiene, evidentemente, ninguna de las cualidades nutritivas de la harina y llena el estómago sin proveer al cuerpo elementos reconstituyentes. Todo lo contrario: como no se asimila, continúa sobrecargando el estómago hasta convertirse en un peligro y provocar, entonces, el efecto de un enérgico astringente.

Más de una cincuentena de industriales trabajaban, pues, en envenenar a sus contemporáneos, tomando como base de sus operaciones una materia esencialmente indispensable. Se me permitirá considerar como secundaria la cuestión del valor. No la citaré más que a título informativo. Mientras que la harina se cotiza entre 30 y 35 francos los 100 quilos, el talco no se vende más que a 3,10 francos y, tomado en gran cantidad, se vende bastante más barato aún. Pero esto importa poco.

Examinaremos con mayor atención los engranajes de la sociedad, cómplice de su propio envenenamiento. Desde hace mucho tiempo, los jefes de las explotaciones de las canteras de talco encuentran salida a dicho producto no en empleos útiles, sino en la falsificación de otros productos. Quienes enviaron diez mil quilos de talco a los molinos de Saint-Jean-d’Angély —y a otros lugares— sabían precisamente a qué uso se destinaba dicha materia. Lo sabían de tal manera que, por una complicidad tácita y aceptada, aumentaban los precios de venta con el fin de participar en los beneficios fraudulentos que producía este género de operación: hacer comer talco como si fuera harina.

Si los jefes de los almacenes expendedores podían no conocer el uso de la materia expedida, los jefes de los almacenes receptores no podían ignorarlo. A la vista de todo el mundo, se falsifican las materias que sirven para la vivienda, para la vestimenta; a la vista de todo el mundo, se falsifican las materias que sirven para la alimentación, es decir, que pueden provocar la muerte de quienes las consumen.

La opinión pública se indignará contra los industriales implicados en este asunto. Quien vende algodón como si fuera lana, un mueble de madera de pino como si fuera roble, se encontrará con virtuosos gritos de indignación. El pueblo mostrará el puño —de lejos, respetuosamente— ante la casa de los culpables. Los habrá que ni siquiera se vean afectados por la reprobación y la vindicta pública. Estos son, en mi opinión, los más culpables —tan culpables como se pueda ser—, habida cuenta de la comunidad de bienes y de intereses que los vincula a las víctimas del envenenamiento.

Se trata de ios obreros de los molinos, de los empleados de las almacenes y, sin duda, de los aprendices de panadero. Descargaban con igual despreocupación el talco y la harina. Preparaban la mezcla con sus expertas manos. Amasaban la pasta falsificada, que debía producir el pan envenenado. Manipulaban, de un modo u otro, la materia que produciría una perturbación en el organismo de sus amigos, de sus parientes.

¿Acaso el aprendiz prepararía incluso, por orden del panadero, el pan de los ricos con otras harinas, con harinas superiores? ¿Y no se le ocurriría, sin duda, la idea de preguntarse por qué dos masas? ¿Y no se preocuparía jamás por la extraña untuosidad de dicha harina? ¿No era un obrero, igual que el empleado de almacén, igual que el mozo del molino, es decir, el esclavo que no podría tener responsabilidad alguna de sus actos ni solidaridad alguna con otros hombres laboriosos?

Los hombres, para asegurar su tranquilidad, para velar por su higiene, por su salud, por su vida, delegan en un gran número de ellos. No se les ocurre nunca la idea de garantizársela por sí mismos, lo que sería, sin embargo, más simple.

Sería necesario que los hombres cesaran de emplear esta constante duplicidad que les hace ser, unas veces, los actores del delito y, otras, los actores de su represión. Un tal, que será jurado en el asunto de las harinas, rellenará el aceite con el mismo talco. Otro, que se indignará contra la falsificación del pan, habrá despachado carne caducada.

Los hombres gastan una gran parte de energía en controlar los actos de los otros, sin pensar jamás en controlar sus propios actos. Establecen leyes, reglamentos, estatutos que se empeñan en infringir ellos mismos. «Ojos que no ven, corazón que no siente». Se complacen en realizar un baile de huevos en medio del lío legislativo.

La ley de Esparta que castigaba a quien se dejaba coger, mientras aplaudía las fechorías de los pícaros, está muy desprestigiada hoy en día; por mucho que se diga, sigue en vigor, aunque se disfraza de hipocresía.

Si los hombres dedicaran los esfuerzos que emplean en coger en falta y castigar después a los demás hombres en instruirse y transformarse; si empleasen el tiempo que ocupan en conocer lo que les está prohibido, las leyes que les afectan y las penas a las que se exponen, en conocer los gestos que resultan perjudiciales y perniciosos para su salud, en saber cuáles son los accidentes que resultan de la infracción de las leyes de la naturaleza; si pusieran el ingenio que despliegan en protegerse los unos de los otros en procurar aumentar mutuamente su valor y su poder, vivirían intensamente.

Algunos burgueses constituidos en jurado acaban de declarar que desean conservar la pena de muerte contra los apaches, es decir, contra los desheredados del orden social. ¿Qué pensarían si los obreros, los campesinos envenenados por los patrones de los molinos —los favorecidos por el orden social— decidiesen aplicar la pena de muerte a aquellos que han diezmado sus familias por la muerte o destruido la potencia de sus cuerpos a causa de la enfermedad?

Por el deterioro del brazo de un agente —engranaje inútil—, se pide la muerte de otro hombre; por el deterioro del organismo de un cultivador —engranaje útil—, ¿no podría pedirse la muerte? Tanto más cuanto que en esta ocasión existe premeditación, circunstancia agravante según la ley.

Los negociantes en talco y en harina están despreocupados de lo que les vendrá. Sus envenenamientos interesan al juez; hacen necesaria la intervención del médico. Emplean una de las formas de trabajo previstas por el orden social. Hacen trabajar a las profesiones liberales (?). Gracias a ellos, el pequeño boticario ha adulterado materias medicamentosas y el empleado del archivo del tribunal copiará sus notificaciones. Hacen también, pues, trabajar al obrero.

He leído la opinión pública en varios periódicos. Se dice «que no se dejará jugar impunemente con la ley y la salud pública». Lo mismo sería hablar, inmediatamente, de suprimir todos los engranajes sociales, de destruir la sociedad actual.

Con el asunto de los molineros de Saint-Jean-d’Angély, traficando con harina mezclada con talco, envenenando el pan que horneaban, se debate el proceso siempre pendiente de todas las falsificaciones, de todos los tráficos, de todas las mentiras. Ahora bien, estos son inherentes a la organización social. Todos somos mentirosos, traficantes, envenenadores; engañados, vendidos y envenenados. No podemos ser otra cosa que enfermos en esta pestilencia. Si queremos ser individuos sanos, es preciso que nos decidamos a demoler la máquina política, moral y económica hasta en sus más ínfimos engranajes. Se necesitaría todo un volumen para señalar con detalle todas las ocupaciones humanas espantosas.


Cada día, algunos nuevos hechos despiertan en mi esa obsesión del obrero que construye su propia prisión, la ciudad asesina en la que se encerrará, en la que respirará el veneno y la muerte.

Veo alzarse ante mí, mientras yo intento conquistar más felicidad, al monstruo del proletariado, al obrero honrado, al obrero previsor. No es el espectro del capital ni las panzas burguesas lo que me encuentro en mi camino: expulsaría a tal fantasma y reventaría tales panzas: es la masa de los trabajadores de la gleba, de la fábrica, la que entorpece mi paso... Son demasiado numerosos. No puedo nada contra ellos.

Hay que vivir... Y el obrero engaña, roba, envenena, asfixia, ahoga, quema a su hermano porque hay que vivir. Oh, cómo resuena dolorosamente en nuestros oídos la eterna razón de vivir, que lleva la muerte a los hermanos de la misma familia, a los individuos con los mismos intereses.

El tigre que acecha a su presa en la jungla o el pelicano que hunde su pico en el agua para atrapar su alimento lucha contra las otras especies con el fin de vivir. Pero ni el pez ni el antílope intercambian vanas zalemas con el tigre y el pelícano. Y el tigre y el pelícano no forman sindicatos de solidaridad con el antílope y el pez.

Sin embargo, la mano que estrecháis ha vertido malas aguas, aguas envenenadas, en la leche que habéis bebido hace un rato en la mantequería. Sin embargo, ese hombre que se acuesta a tu lado, en el mismo lecho, acaba de despachar en el mercado la carne corrompida que coméis a mediodía en el restaurante que hay junto a la fábrica. A cambio, sois vosotros los que habéis fabricado los zapatos de cartón cuya humedad ha llevado a uno a la cama, o bien los que habéis construido el muro de contención del metro en mal estado que se ha derrumbado sobre la madre de tal otro.

Os frecuentáis, charláis, os besáis, fratricidas mutuos, asesinos de vosotros mismos. Y cuando uno de vosotros cae, bajo vuestros repetidos golpes, os quitáis el sombrero y acompañáis su carroña hasta la tumba, de forma que, incluso ya muerto, continúe su papel de asesino, de envenenador, y lance los últimos tufos de su carne pútrida para envenenar la joven carne de sus hijos y los vuestros.

Alzad la voz contra el ejército, sed antimilitaristas, gritad contra el envío de soldados a las huelgas, oh mujeres cuyo vientre se abre para dejar caer a los pequeños quintos; oh obreros que confeccionáis la librea, tejéis los galones, fabricáis el fusil, edificáis el cuartel, construís el buque de guerra y que recibís la prima, participáis en los beneficios de la construcción de torpedos, todos vuestros gritos son manifestaciones hipócritas. Sois vosotros, vosotros los obreros, los que fabricáis la materia viva y la materia modificada para mataros mutuamente. No habléis cerca de mí de humanidad, de solidaridad, fratricidas cuyo cerebro está obstruido por el agrio deseo de llenarse la panza.


He aquí, de nuevo, lo que acabo de leer, de lo que nos informan los periódicos: Tolón, 30 de junio de 1907. «Como consecuencia de la penuria causada en la fabricación de torpedos por la competencia de los talleres austriacos de Fiume, el ministro de la Marina acaba de prescribir el estudio de un sistema de participación en los beneficios; esta medida tendrá come efecto aumentar la fabricación concediendo una prima a los obreros cuando cierta media de trabajo haya sido superada».

Ahí está, la bonita participación en los beneficios, la prima por la sobreproducción, la sobreproducción de obuses, de ingenios asesinos. Venga, obreros, valor, que hay prima al final, que hay, podría decirse, un trago más, pues ¿no es más alcohol lo que la prima promete? Inclinaos sobre los tornillos, poned cuidado en la fabricación, evocad en vuestro interior las carnicerías que provocarán las piezas que salen de vuestras manos. Confeccionad, obreros antimilitaristas, obreros sindicados, el arma que matará a vuestros hermanos de Austria o de Italia... Hay que vivir.

Y vosotros, austriacos, gentes de Fiume, ayudad a construir torpedos para Francia, esos torpedos que se lanzarán contra vosotros mismos cuando estéis hacinados en barcos de guerra.

No es por la patria ni por la defensa del territorio por lo que uno se convierte en obrero de la muerte, pues los talleres nacionales intercambian internacionalmente sus productos asesinos, facilitándose mutuamente los últimos perfeccionamientos; es para defender la organización actual de la sociedad.

Si el obrero se inclina por el trabajo, es porque hay que vivir. Para llenarse la panza a gusto, para vaciar el bajo vientre a placer, el obrero envenena y mata a sus contemporáneos.

¿Cómo esos hombres, que se sindican para discutir el tiempo que entregarán o la prima que recibirán, no conciben la idea de reunirse para decidir que no continuarán confeccionando armas para matarse?

¿Por qué? ¡Porque todos los obreros tienen dentro de sí la secreta esperanza de convertirse en el vividor y el patrón!

¿Por qué? Porque todas estas gentes son honradas y ahorradoras, felices por sentir su virtud y sus cuartos a salvo bajo el colchón gracias al gendarme y al fusil Lebel.[106]

¿Por qué? Porque su banalidad y su estupidez son felices al sentir planear la idea de patria y de Dios, en las que encuentran vanas esperanzas, del mismo modo que las encuentran, más rápidas, en la absenta que engullen golosamente.

¿Por qué? Porque así era ayer y deberían abandonar su holgazanería, su indecencia, para que mañana fuese de otra forma.

¿Por qué? Porque hay que continuar con los viejos modos, con las viejas costumbres, cuando menos en el fondo, pues si está permitido modificar la forma y seguir una moda.

¿Por qué? Porque, igual que el burgués degenerado necesita especias y cantaridina,[107] el obrero no puede concebir su vida fuera del alimento, la bajeza y la obediencia, fuera del alcohol y la pestilencia.

Estar empleado en la construcción de un navío de guerra no implica forzosamente una adhesión moral al militarismo, pero sí una adhesión efectiva desde el punto de vista del gasto de energía. Un hombre que sea soldado puede decir lo mismo. No es militarista, moralmente hablando, pero es, de todos modos, una unidad desempeñando la función del militarismo. El soldado podría incluso ofrecer, más razonablemente que el obrero del arsenal, el siguiente argumento: él puede afirmar no estar dispuesto a ejecutar jamás, de forma efectiva, la tarea que se le ha encomendado, mientras que el susodicho obrero fabrica armas todos los días.


No es suficiente con actuar simplemente cuando la «producción esté bien organizada», sino que hay que hacer los movimientos necesarios para que la producción esté bien organizada. No es verdad que si «toda actividad está dirigida al enriquecimiento de una minoría propietaria, importe poco que realicemos movimientos inútiles»; muy al contrario, hay que realizar movimientos útiles para que nuestra actividad esté mejor dirigida.

Algunos dicen: «Con el fin de suprimir esas funciones —malas e inútiles—, deseamos crear una nueva sociedad». Lo que equivale a decir «Con el fin de suprimir las enfermedades, deseamos crear un hombre sano».

Nosotros decimos: «Hay que suprimir tales funciones para llegar a formar una sociedad mejor». O lo que es lo mismo: «Curemos nuestras enfermedades para ser hombres sanos». Cuando el hombre está sano, ya no es cuestión de curar sus enfermedades, sino solamente de prever que no vuelva a cogerlas; del mismo modo, si la sociedad está bien organizada, ya no sería cuestión de destruir el parasitismo, el funcionarismo, la labor nociva, etc., sino solamente de evitar el retomo de estas taras económicas.

Se nos dice también: «Los hombres trabajan para ganar un salario. Esto nada tiene que ver con nuestras concepciones económicas». Los agentes del señor Lépine[108] y los gendarmes de Draveil pueden responder de manera semejante. Esto es verdad tanto en un caso como en el otro. Por eso, debemos empeñarnos en probar a los hombres que sería bueno no «trabajar» por un salario, que no es más que una representación de nuestras necesidades, sino más bien para satisfacer nuestras necesidades mismas.[109]

Yo no sé qué vale más, desde el punto de vista económico, si el aprendiz de panadero, todavía patriota, porque no se le ha sabido mostrar el absurdo y el peligro de la idea de patria, o el obrero antimilitarista del arsenal, que, sabiendo que hace mal, continúa armando con carabinas a los dragones del 18° y del 27° regimientos.

«Haremos esto, haremos aquello». Yo prefiero decir: «Hagamos esto, hagamos aquello», por mínimo que sea el esto y el aquello en el presente y por importante que sea el esto y el aquello del futuro. He escuchado demasiado a menudo a las gentes que se casan, que se envilecen, que se aburguesan, decirme: «En el día de la revolución, estaremos a vuestro lado», mientras que en el presente son nuestros enemigos.

Pienso que, para plantear sólidamente nuestra doctrina, hay que poder vivir un mínimo de ideas, sabiendo mostrar, al mismo tiempo, que la herencia y el ambiente nos impiden vivir la fórmula de una forma perfecta. Por mi parte, desconfío de las bellas promesas y quiero intentar vivir mis ideas para poder revisarlas. Las frases no tienen suficiente relieve a mis ojos como para que no sienta los errores que pueden esconder.

No sé qué se hará después del Amanecer Revolucionario. No serán, tal vez, cañones del 120 corto o torpedos, sino más bien medallas conmemorativas de la revolución y bustos de los héroes y de los mártires, pero el aprendiz patriota seguirá haciendo pan para aquellos que burilen la fisonomía de los «hombres del día» de ese «gran amanecer».

No frecuento a los camaradas que dicen: «Sí, la ciudad futura, muy bonita, pero está muy lejana», sino a los amigos que no conciben el mañana más que marchando delante de ellos, y solicitan un minuto mejor viviendo el minuto presente. La destrucción total está hecha de destrucciones parciales. No se decreta la conciencia social, se forma todos los días.

No, «los anarquistas no producen, no consumen como sus contemporáneos: es decir, de forma irreflexiva» (hablo para aquellos que se esfuerzan por serlo, no mañana, sino hoy). Si, en ocasiones, llegan a producir irreflexivamente, es a su pesar y «saboteando» entonces tales productos; pero siempre se esfuerzan por no consumir más que útilmente. Una vida anarquista es una vida de reacciones constantes. Se vive bajo todos los regímenes. Yo no concibo otra.

Los hombres conscientes trabajan para disfrutar, para la satisfacción de su estómago y de todos sus sentidos, y lo saben. No quieren revestir los gestos realizados con tal fin de oropeles y máscaras. El trabajo no les parece una virtud, una fuerza, cuando está hecho de gestos improductivos.

Tras nosotros, no tenemos ni un Dios que glorificar, ni una patria que defender, ni un honor que conservar; no queremos trabajar por trabajar, trabajar por las primas, por participar en beneficios ficticios; queremos trabajar con vistas a la producción útil o agradable, trabajar para aumentar nuestro disfrute. Somos gente laboriosa que quiere trabajar por su felicidad. [...]

Realicemos gestos útiles o agradables, y nada más que estos.

La máquina que se compone conforme al esquema del inventor incluye centenares de piezas. Está expuesta, en todo momento, a averías, a enfermedades. Tan pronto es una pieza, tan pronto es otra, cuyo desplazamiento viene a entorpecer la buena marcha del organismo metálico. Pero, poco a poco, las observaciones del mecánico, e incluso las del aprendiz, consiguen transformar el mecanismo, mejorar su marcha. Los esfuerzos se dirigen siempre a la supresión de una pieza, al cese de un movimiento. De repente, nos apercibimos de una fuerza inutilizada, de un engranaje de doble uso, e inmediatamente se realizan todos los gestos para aprovechar esta constatación. Siempre o casi siempre, el progreso tiende hacia la simplificación.

El cuidado que ponen los hombres en la simplificación de los engranajes de la máquina más pequeña no se aplica, sin embargo, cuando se trata de la máquina económica. Por una razón o por otra (no quiero más que hacer una constatación), el metal humano, el mecanismo humano, el trabajo humano son empleados con profusión sin que nadie se preocupe de suprimir una pieza, un engranaje, un trabajo inútil. La máquina es horriblemente complicada y las tres cuartas partes de la fuerza se consagran a hacer funcionar mecanismos de los que todo el mundo reconoce la completa inutilidad.

Se habla de hacer trabajar menos tiempo a esa máquina humana y, en consecuencia, de hacerle producir menos, mientras que el beneficio que produce no parece siquiera estar en condiciones de alimentar el gasto de la caldera... Pero nadie quiere disminuir, suprimir las partes inútiles; bielas que no mueven nada, engranajes que no engranan con nada continúan funcionando con esfuerzo, y bielas que no pueden llegar a alcanzar su objetivo siguen funcionando bajo una pesada carga.

La máquina humana no está hecha, no está concebida con el fin de funcionar para producir; funciona por funcionar, funciona en el vacío. Funciona por palabras. Funciona por la patria, funciona por Dios, funciona por el honor, funciona por un montón de cosas; no funciona jamás por si misma. El hombre, que es su motor, que es su combustible, ve entrar el producto de su esfuerzo en la panza de los que miran y cuyos cuidados —cuando los hay— se dirigen a los engranajes inútiles, que al menos tienen en común con ellos el no servir para nada.

Ahora bien, el hombre agotado, extenuado por el trabajo, no tiene fuerzas, absorbidas por el mecanismo monstruo, para realizar los gestos de observación y de selección que serían necesarios y fabrica nuevos órganos para que —por decirlo así— lo representen, para examinar el mecanismo y suprimir el peso muerto, pero que, en definitiva, aumentan el número de engranajes inútiles. Así se crea, sucesivamente, todo el personal del papeleo administrativo de las Bolsas de Trabajo y de las cooperativas, sociedades mutualistas o sindicales, junto a todo el personal del papeleo ministerial y parlamentario.

Sin ocuparse de las condiciones e implicaciones, los hombres deciden el día en que se hará tal trabajo durante tantas horas. No se les ocurre la idea de suprimir un trabajo de una hora, de una jornada, lo que representaría un esfuerzo mínimo, pero un esfuerzo al fin y al cabo. Decretan «azul o blanco» por razones de un vago sentimentalismo, que nada tienen que ver con la cuestión económica.

Sin cambiar nada de la sociedad actual, hablan de limitar el esfuerzo humano. Dejan que el patrón y sus empleados se enreden en papeleos o duerman mientras el obrero se machaca entre tornos y tornillos; los empleados del metro distribuyen y perforan pedacitos de cartón mientras el maquinista permanece diez horas en su jaula: el accionista del ferrocarril soba sus cupones y el jefe de estación ostenta su blanca gorra mientras el mozo acarrea los equipajes; el revisor pasa de un vagón a otro inspeccionando cuadraditos de papel mientras el conductor se cuece junto a la caldera; el poli se pasea con las manos a la espalda junto al hombre que se afana tirando de un carro de mano. Dejan todo en su estado actual y hablan de reformas... ¿de qué reformas?


La máquina humana, en ocasiones, cesa bruscamente de trabajar durante paradas a las que se llama huelgas; esto ocurre casi siempre (pero los hombres de trabajo no saben reconocerlo) en el momento preciso en el que una acumulación de productos afectaría al mercado de los hombres que no hacen nada. El motivo de estas paradas es, nueve de cada diez veces, «un punto de honor». Ya vencedores, los trabajadores vuelven a ponerse en marcha con todos sus músculos para intentar recuperar el tiempo perdido. A esto lo llaman una victoria obrera: el honor es más que la vida.

Puesto que se habla de preparación, de organización, puesto que se le concede a este trabajo preliminar un plazo bastante largo, veamos si no sería posible, en lugar de emplearlo en una falaz limitación de la duración del esfuerzo cotidiano, hallar los engranajes que realizan una doble función o son completamente inútiles con el fin de suprimirlos, y las fuerzas inutilizadas o mal utilizadas con el fin de emplearlas. En lugar de esa limitación, que, en el estado actual, implicaría tantas excepciones (y, en ocasiones, con toda razón), decidamos no volver a poner la mano sobre un trabajo inútil o nefasto, en un trabajo de lujo ridículo o de control arbitrario.

Que el hombre que engasta rubíes o confecciona cadenitas de oro para engalanar el cuello de la prostituta «legítima» o «ilegítima»; que aquel que trabaja el mármol o el bronce con el fin de recubrir la carroña de algún ilustre ladrón; que aquel o aquella que, durante horas, enhebra cuentas de cristal para dar forma a la corona hipócrita de los remordimientos conyugales o de cualquier otro tipo; que aquellos cuyo único trabajo consiste en embellecer, en aumentar, en fabricar lujo para los ricos, para los holgazanes, en ataviar a las muñecas, hembras o machos, hasta convertirlas en «relicarios» o «abalorios», decidan cesar en dichos trabajos con el fin de consagrar sus esfuerzos a hacer lo necesario para ellos y los suyos.

Que aquellos que fabrican el blanco de cerusa o materias envenenadas; que aquellos que trituran la mantequilla, que adulteran vinos y cervezas, que despachan carnes pasadas de fecha, que fabrican tejidos mezclados o pieles de cartón; que aquellos que elaboran lo falso, lo trucado, que engañan, que envenenan para «ganarse la vida», cesen de prestar su mano a ese trabajo imbécil y que no puede aprovechar más que a los amos, cuyo sustento es el robo y el crimen. Que se pongan a querer hacer trabajos sanos, trabajos útiles.

Que todos aquellos que perforan papel, que controlan, que vigilan, que inspeccionan; que los tiparracos a los que se viste de librea para transformarlos en perros inquisidores; que aquellos a los que se pone en la entrada para verificar paquetes o controlar billetes; que aquellos cuyo esfuerzo consiste en asegurar el buen funcionamiento de la máquina humana y su buen rendimiento para las arcas del amo, que todos estos, digo, abandonen ese rol imbécil de soplones y supervisen el valor de sus propios gestos.

Que aquellos que fabrican cajas fuertes, que acuñan moneda, estampan billetes, forjan rejas, templan armas, funden cañones, abandonen ese trabajo de defensa del Estado y de la fortuna y trabajen por destruir aquello que defendían.

Aquellos que hacen un trabajo útil y agradable lo harán por aquellos que quieran ofrecer su esfuerzo en un intercambio mutuo. ¡Pero cuánto habrá disminuido la cantidad de trabajo! Las manos consagradas hasta entonces a trabajar para el rico se disputarán el esfuerzo útil. La máquina humana, liberada de los engranajes inútiles, mejorará día a día. No se trabajará ya por trabajar, se trabajará para producir.

Así pues, camaradas, cesemos de fabricar el lujo, de controlar el trabajo, de cercar la propiedad, de defender el dinero, de ser perros guardianes, y trabajemos por nuestra propia felicidad, por lo que nos es necesario, por lo que nos resulta agradable.

Hagamos la huelga de los gestos inútiles.

[1] Albert Libertad, Gibier de Misère, 12-19 de septiembre de 1897, en Le culte de la charogne, Agone, Marsella, 2006, pág. 64.

[2] Eugène Dieudonné, Souvenirs, citado en Victor Méric, Les Bandits Tragiques, Simon Kra-Éditeur, París, 1926, pág. 98.

[3] André Colomer, A noux deux! Patrie!, citado en Victor Méric, Les Bandits Tragiques, Simon Kra-Éditeur, París, 1926, pág. 96.

[4] Texto n° 21 de nuestra selección.

[5] Anne Steiner, Las militantes anarquistas individualistas: mujeres libres en la Belle Époque, edición digital en http://colaboratorio1.wordpress.com/2009/04/07/las-militantes-anarquistas-individualistas-mujeres-libres-en-la-belle-epoque-anne-steiner-2008.

[6] Pueden consultarse los 484 números del periódico publicados entre el 13 de abril de 1905 y el 22 de julio de 1914 en http://gallica.bnf.fr.

[7] Sobre la Banda de Bonnot, ver la obra de Victor Méric ya citada o, en castellano: Bernard Thomas, La Belle Époque de la banda de Bonnot, Editorial Tzalaparta, Tafalla, 2000.

[8] También publicado por Pepitas de Calabaza: Émile Armand, El anarquismo individualista, 2009.

[9] Charles Jacquier, Avant-propos a Le culte de la charogne.

[10] Le Rétif, l'anarchie, 14 de diciembre de 1911.

[11] Bénard, l'anarchie, 26 de mayo de 1910.

[12] Albert Libertad, Marianne se soûle! Populo s'amuse! La Bastille de l'autorité, l'anarchie, 12 de julio de 1906, en Le culte de la charogne, pág. 239.

[13] Las Causeries llegaron a alcanzar un público que rondaba los dos centenares de personas y l'anarchie tenía una tirada de siete mil ejemplares.

[14] Étienne de La Boétie, Discours de la servitude volontaire, Folioplus-Philosophie (Gallimard), París, 2008, pág. 45 y ss.

[15] V. I. Lenin, El Estado y la Revolución. La doctrina marxista del Estado y las tareas del proletariado en la Revolución, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1975.

[16] Raoul Vaneigem, Tratado del saber vivir para uso de las nuevas generaciones, Anagrama, Barcelona, 1977, pág. 116. Traducción de Javier Urdanibia.

[17] 7-14 de junio de 1898.

[18] Libertad hace probablemente alusión a la deformación popular del nombre de pila del presidente de la República de la época, Félix Faure.

[19] 28 de agosto - 3 de septiembre de 1898.

[20] 27 de agosto - 2 de septiembre de 1899.

[21] Jan Hus (1370-1415). Teólogo, filósofo y predicador checo; fue un pionero del protestantismo.

[22] Jean-Baptiste Cloots (1755-1794). Nació en Alemania en el seno de una rica familia de origen holandés. En 1789 se instala en Francia y, tres años más tarde, se convierte en ciudadano francés. Fue miembro de la Convención y, durante un breve período de tiempo, presidente del Club de los Jacobinos. Será excluido de ambos por su radicalismo y, a instancias de Robespierre, llevado ante el Tribunal revolucionario, que lo condenará a ser guillotinado.

[23] Alusión al verdugo Anatole Deibler, que ejecutó a 395 condenados a muerte entre 1885 y 1939.

[24] Nessus o Neso: centauro hijo de Ixión y Néfele. En un arrebato de lujuria, intentó raptar a Deyanira, la esposa de Heracles. Este lo descubrió cuando intentaba violarla y le disparó una flecha envenenada al pecho. En sus últimos estertores. Nesus le aseguró a Deyanira que su sangre haría que su marido le fuera siempre fiel. Deyanira lo creyó y untó la camisa de Heracles con la sangre del centauro, provocando su lenta y dolorosa muerte a causa de la sangre emponzoñada.

[25] 10-16 de septiembre de 1899.

[26] 1-8 de agosto de 1903.

[27] André Veidaux (hacia 1860-?). Periodista, poeta simbolista y libertario hasta 1914. En particular, contribuyó al número especial sobre la anarquía de La Plume (1893) con un artículo sobre La filosofía de la anarquía. También trabajó para el Libertaire, donde, a partir de septiembre de 1900, publicó una serie artículos sobre Las utopías mayores, cuya tercera entrega estaba consagrada a la cuestión Comunismo e individualismo.

[28] Wilhelm Roux (1850-1924). Zoólogo y embriólogo alemán; fue uno de los fundadores de la embriología experimental.

[29] Georges Mathias Paraf-Javal, alias Péji (1858-1942). Anarquista en la época del asunto Dreyfus, colaborador del Libertaire y, más tarde, de l'anarchie. Autor de un manual de vulgarización científica, Paraf-Javal encarnaba el cientifismo en boga de los medios anarquistas de la época. Participó en la creación de las Causerie populaires y, junto a otros camaradas, en la del Groupe détudes scientifiques; grupos que, por cierto, llegarían a oponerse violentamente entre sí. También estuvo implicado en la fundación de la Liga Antimilitarista y, junto a Émile Armand, en la de la colonia anarquista de Vaux (1902-1907).

[30] 13 de abril de 1905.

[31] La Comédie-Française, también conocida como Téâtre-Français, fue fundada en el año 1680. Su primer emplazamiento fue el Hotel de Guénégaud, pero, desde 1799 y tras verse afectada por las convulsiones revolucionarias, la Comédie se encuentra en el Palais-Royal, en el primer arrondissement de París. Es el único teatro estatal francés que cuenta con una compañía permanente de actores: la llamada Troupe des Comédiens français.

[32] 27 de abril de 1905.

[33] Este artículo de Libertad tiene como telón de fondo los llamados acontecimientos obreros de Limoges: una serie de huelgas y manifestaciones que tuvieron lugar entre febrero y abril del año 1905. El movimiento comenzó entre los trabajadores de las fábricas de zapatos y sombreros, que protestaban por los bajos salarios y los abusos de los capataces, y más tarde se extendió por todo el tejido productivo de la ciudad. Los trabajadores de la porcelana se unen a la huelga en abril y en la fábrica de Théodore Haviland —una de las dos que los Haviland, industriales de origen estadounidense, tenían en la ciudad— se iza la bandera roja. A partir del 14 de ese mismo mes, el ejército interviene para reducir a los obreros en lucha. Se levantan barricadas en los barrios populares, estallan bombas, el coche de Théodore Haviland es incendiado... Comienzan los arrestos masivos. El día 17 de abril, una manifestación organizada después de un mitin de la CGT llega hasta la prefectura y exige la liberación de los detenidos. Tras el rechazo de las peticiones por parte del prefecto, los manifestantes se dirigen al Ayuntamiento y piden la mediación del alcalde socialista Émile Labussière. Su intervención también fracasa. La multitud se dirige entonces a la prisión departamental y echa abajo la puerta de entrada. Las cargas de la caballería acabarían con numerosos heridos entre los obreros y, al menos, con un muerto: Camille Vardele, obrero porcenalista de 19 años a cuyo funeral, dos días después, acudirán varias decenas de miles de personas. Más sobre los acontecimientos de Limoges en VV.AA., 1905, le printemps rouge de Limoges, éditions Culture et patrimoinse en Limousin, Limoges, 2005.

[34] 18 de mayo de 1905.

[35] El Torbellino de la Muerte era un espectáculo que consistía en saltos acrobáticos a bordo de un automóvil. En la misma época en la que Libertad escribe su artículo, la Revue universelle publica una breve nota en la que se hace referencia al Tourbillion: «El Looping the loop ya es historia. Con el fin de complacer un esnobismo en busca de emociones malsanas, se buscó algo mejor y se encontró en el Torbellino de la Muerte. De nuevo se trataba de un bucle, pero esta vez con solución de continuidad, y el artista, atado a su automóvil, hacía, al llegar a lo más alto, cabeza abajo, un vertiginoso salto en el vacío. Cada noche, algunas espectadoras se desmayaban de miedo. Era encantador. La desgraciada acróbata que llevaba a cabo ese giro en pocos segundos, y por el cual recibía 25.000 francos al mes, la Srta. Marcelle Randal, acaba de pagar con su vida el pequeño escalofrío de espanto que procuraba cada noche a algunos centenares de desocupados».

[36] El 14 de julio de 1903, dos administradores coloniales del Congo, Gaud y Toqué, pusieron granadas en torno al cuello de un africano y las hicieron estallar.

[37] El periodista se sirve de un juego de palabras intraducibles al español; habla de une première sans seconde: literalmente, una primera sin segunda. Téngase en cuenta que el término première también significa estreno (teatral, cinematográfico, etc.).

[38] 1 de junio de 1905.

[39] Es decir, el mercado de abastos de París. Creados durante el Segundo Imperio, los mercados cubiertos de París llegaron a ocupar una decena de hectáreas entre los distritos primero a cuatro de la capital francesa. En la década de los sesenta del siglo XX, y debido a los problemas de tráfico que ocasionaban, fueron trasladados a Rungis, muy cerca de Orly.

[40] Marie-Louise Loubet (1849-1938), esposa de Émile Loubet, Presidente de la República Francesa entre 1899 y 1906.

[41] Théophile Delcassé (1852-1923). Político francés, miembro del Partido Radical. En la época en la que escribe Libertad, Delcassé ocupaba la cartera de Asuntos Exteriores, desde donde trazaría la política de alianzas vigentes hasta después de la I Guerra Mundial.

[42] 10 de agosto de 1905.

[43] Georges Étiévant (hacia 1865-?). Tipógrafo anarquista, condenado en 1892 a cinco años de prisión por el robo de la dinamita utilizada por Ravachol en los atentados contra los dos magistrados responsables de la represión anti-anarquista. A pesar del desmentido de Ravachol, Étiévant y tres de sus camaradas fueron condenados a duras penas de prisión. Poco después de su salida de la cárcel, el tipógrafo será condenado en rebeldía a una nueva pena de cinco años por una serie de artículos publicados en Le Libertaire. El 19 de enero de 1898 Étiévant decide devolver el golpe: apuñala a un policía parisino y hiere a otro con un revólver. Condenado a muerte en junio del mismo año, la pena será finalmente conmutada por trabajos forzados a perpetuidad. Moritá pocos años después en el presidio de la Guayana francesa.

[44] 26 de octubre de 1905.

[45] Hijo de Poseidón y padre de Sinis. Procusto era ladrón y posadero. Poseía una casa en las colinas del Ática, en la que ofrecía posada al viajero solitario. Si el invitado era alto, lo acostaba en un lecho más corto y serraba las partes que sobresalían; si era bajo, en una cama de mayor tamaño, donde lo maniataba y descoyuntaba sus huesos con el fin de estirar el cuerpo.

[46] Cazadora del uniforme utilizada por los húsares.

[47] 15 de febrero de 1906.

[48] Anna Mahé (1881-1960). Ex institutriz y propagandista ácrata que fue compañera de Libertad a partir de la fundación del grupo de las Causeries populaires en 1902. Más en Anne Steiner, Las militantes anarquistas individualistas: mujeres libres en la Belle Époque (2008). Edición digital en https://colaboratorio1.wordpress.com.

[49] 1 de marzo de 1906.

[50] 19 de abril de 1906.

[51] Libertad se refiere aquí a los sindicatos amarillos, creados por la patronal a partir de 1899 para contrarrestar la acción de los sindicatos rojos.

[52] Alfred Gérault-Richard (1860-1911). Periodista y político socialista francés. Fue elegido diputado por el XIII distrito de París en el año 1895, y en dos ocasiones por Guadalupe (1902-1906 y 1906-1911), donde supo encumbrarse y mantenerse en el poder gracias a la corrupción y la violencia electoral. Formó también parte del grupo de redactores de Histoire Socialiste 1789-1900, obra dirigida por Jean Jaurès.

[53] Libertad se refiere, tal vez, a Maurice Rouvier (1842-1911). Hombre de negocios y político republicano francés cercano a Léon Gambetta, que fue Ministro de Finanzaas y de Comercio, y Presidente del Consejo hasta en tres ocasiones.

[54] Jean-Baptiste Marchand (1863-1934). Militar y explorador francés. Estuvo al mando de la Misión Congo-Nilo y directamente implicado en la crisis de Fachoda, en la que se enfrentaron los intereses coloniales en África de Francia y el Reino Unido. Durante un breve periodo retirado de la vida militar (1904-1914), Marchand se acercó al periodismo y a la política partidista, aunque con escaso éxito. Volvería a vestir el uniforme tras el estallido de la Gran Guerra.

[55] 28 de junio de 1906.

[56] Sobre este debate: Émile Pouget, La Confédération générale du travail, seguido de Le Parti du Travail, introducción de Jacques Toublet, Editions CNT-RP, 1997.

[57] Jardinero y militante anarquista. Fue, desde 1907 hasta 1913, secretario de la Bolsa de Trabajó de Ivry. En 1908 fue candidato al puesto de secretario adjunto de la CGT, sección Bolsas, contra Desplanques, que fue elegido adjunto de Georges Yvetot (1868-1942).

[58] Louis Niel (1872-1952). Camarero y, más tarde, tipógrafo. Fue Secretario general de la CGT. En torno a 1906 evoluciona hacia el reformismo. Durante el Congreso de Amiens, defiende, frente a anarquistas y guesdistas, la independencia del movimiento obrero, exaltando la primacía de la acción sindical.

[59] Charles Malato (1857-1938). Militante anarquista, escritor, publicista y francmasón. Fue autor, entre otras obras, de La filosofía de la Anarquía (1889) y de Revolución Cristiana y Revolución Social (1891). Deportado junto con su padre, defensor de la Comuna de París, a Nueva Caledonia en 1874, poco después de su retorno a Francia, funda la Liga Cosmopolita, en cuyo seno defiende el ilegalismo. Será condenado a quince meses de prisión por «incitación al asesinato, pillaje e incendio». Durante el asunto Dreyfus, colabora en el Journal du Peuple de Sébastien Faure y forma parte del comité revolucionario de coalición encargado de responder a las manifestaciones nacionalistas. En 1905 y debido a su cercanía a Francisco Ferrer, se le imputa la participación en el atentado contra Alfonso XIII; saldrá absuelto. Su explícito apoyo a los aliado con el estallido de la Primera Guerra Mundial y su firma del Manifiesto de los 16 causará una gran polémica en los medios anarquistas.

[60] Palais Bourbon, esto es, la Asamblea Nacional francesa.

[61] Gérault-Richard había conocido cierta fortuna, en sus años mozos, como intérprete de canciones de inspiración campesina y socialista en las tabernas y cabarés del barrio parisino de Monmartre. Más sobre Gérault-Richard en nota 52.

[62] Jules Coutant (1854-1913). Obrero, militante socialista (de tendencia blanquista a partir de 1895) y diputado por el Sena. En 1905 se adhirió a la SFIO (Section française de l'Internationale ouvrière; en 1969, se transformó en el Partido Socialista Francés), aunque la abandonó poco después por no poder soportar la disciplina de partido. Fue reelegido en su circunscripción como republicano-socialista en 1910.

[63] De Jean Allemane (1843-1935). Tras ser excluido del Partido Obrero de Jules Guesde en el Congreso de Châtellerault (1890), funda su propia organización: el POSR (Partido Obrero Socialista Revolucionario), que preconiza la huelga general como medio de acción revolucionaria. Aunque ideológicamente cercanos al anarcosindicalismo, en la práctica, los allemanistas perseguirán siempre la unidad con otros miembros de la familia socialista y su presencia en las instituciones políticas burguesas. De hecho, en 1902, el POSR se fusionará con los socialistas independientes y la FTSF (Federación de los Trabajadores Socialistas de Francia) de Paul Brousse para crear el PSF (Partido Socialista Francia), que tendrá como portavoz a Jean Jaurès.

[64] De Paul Brousse (1844-1912). Médico y militante anarquista de primera hora, se convertirá al socialismo en la década de 1880. Representante de un socialismo no marxista (o incluso anti-marxista), Brousse considerará posible el advenimiento de un régimen socialista mediante reformas progresivas, tanto en el ámbito nacional (mediante leyes) como en el municipio (a través de la descentralización), centradas fundamentalmente en los servicios públicos. Su reformismo será conocido como broussismo o posibilismo.

[65] Auguste Bebel (1840-1913). Fue uno de los fundadores del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) y director de la publicación socialista Vorwärts. Entre sus obras se encuentran La guerra de los campesinos en Alemania (1876), La mujer y el socialismo (1883), Charles Fourier (1888) y Mi vida (1910).

[66] René Raphaël Viviani (1863-1925). Fundó el Partido Republicano Socialista en el año 1910. Fue Ministro de Instrucción pública entre 1913 y 1914 y Presidente del Consejo desde el 13 de junio de este último año hasta el 29 de octubre de 1915.

[67] Aristide Briand (1862-1932). Pasó de posiciones cercanas al sindicalismo revolucionario, en su juventud, a la defensa de un socialismo de tonalidades más suaves, cuya expresión organizativa fue la creación de una efímera Fédération des gauches en el año 1914. Ocupó diversas carteras ministeriales y la Presidencia del Consejo en varias ocasiones. En 1926 recibió el Premio Nobel de la Paz (junto a Gustav Stresemann) por su labor en pro de la reconciliación entre Francia y Alemania (Acuerdos de Locarno).

[68] Étienne Alexandre Millerand (1859-1943). Como Briand, abandonó su inicial militancia izquierdista para irse escorando paulatinamente hacia la derecha. También estuvo implicado en la fundación de la Fédération des gauches y, más tarde, en la creación de la Ligue républicaine national. Fue el primer socialista que formó parte de un gobierno francés; entre el 29 de septiembre de 1920 y el 11 de junio de 1924, ocupó la Presidencia de la República.

[69] Jean Grave (1854-1939). Militante y teórico anarquista francés. Fue fundador de la revista Les Temps Nouveaux, que acogió, entre otras, las firmas de Élisée Reclus y Kropotkin. Se convirtió en divulgador de las tesis de este último con La société mourante et l'anarchie (1892). Escribió Las aventuras de Nono, una utopía libertaria para niños, que, tras su traducción al castellano por Anselmo Lorenzo, sería utilizado como libro de texto en la Escuela Moderna de Ferrer i Guardia. Fue, por cierto, Grave, adversario de la corriente anarco-individualista dentro del movimiento libertario, el que hizo correr la voz de que Libertad era, en realidad, un confidente de la policía.

[70] Ferdinand Domela Nieuwenhuis (1846-1919). Pastor luterano convertido al socialismo y, más tarde, al anarquismo. Fue el primer socialista que ocupó un escaño en el parlamento holandés. Estuvo también entre los organizadores del Congreso Antimilitarista de Ámsterdam de junio de 1904. Fue un ardiente propagandista de la huelga general en caso de conflicto, pero se opuso a una organización anarquista estructurada y se mostró muy crítico frente al anarcosindicalismo.

[71] Sede del Senado en Francia.

[72] 9 de agosto de 1906.

[73] 27 de septiembre de 1906.

[74] 11 de octubre de 1906.

[75] Abadía utópica descrita por Rabelais al final de su Gargantúa. Se trataba de un espléndido castillo destinado a la vida en común de jóvenes de ambos sexos, hermosos y ricos, que no habían de someterse más que a una sola regla, precisamente la que menciona Libertad: «Haz lo que quieras». Abadía de Thelema fue asimismo el nombre con el que Aleister Crowley bautizó a la comunidad mágica establecida en Céfalu (Sicilia) durante la década de los años veinte del siglo pasado.

[76] Semanario fundado por Libertad, que apareció todos los jueves entre el 13 de abril de 1905 y el 30 de julio de 1914 y del que están extraídos la mayor parte de los artículos de esta selección. Libertad publicaba en él bajo distintos seudónimos: Matar, le Baladeur (el Paseante), Rédan, Candide, le Grincheux (el Gruñón), Adamentos, L. A. Boirieux, etc. Tras su muerte (noviembre de 1908) asumirán sucesivamente la dirección del diario: Armandine Mahé, Jeanne Morand, Maurice Duflou y, finalmente, Lorulot, que lo instala en Romainville en el año 1910. Rirette Maitrejean y Víctor Kibalchich (el futuro Victor Serge), que asumen el cargo a partir del 13 de julio de 1911, llevan la publicación de vuelta a París en octubre de ese mismo año. Desde entonces, son Ernest Armand y Mauricíus quienes se ocupan de ella hasta su desaparición. En paralelo al semanario, l'anarchie publicó murales anti-electorales (El ganado electoral y El Criminal), carteles, tarjetas postales de propaganda. Además, y durante sus más de diez años de existencia, se dedicó a la edición y distribución de folletos y opúsculos anarquistas, cuyo listado completo puede encontrarse en http://cgecaf.com/mot.php3?id_mot=202 y en http://cgecaf.com/mot.php3?id_mot=203.

[77] Émile o Ernest Louis Girault, también apodado Angilleras o Angelleras (1871-1933). Obrero tipógrafo que fue anarquista y, más tarde, comunista. Colaboró en L'Aurore y también en Le Libertaire, donde defenderá una posición hostil al sindicalismo. En junio de 1904, participa en el Congreso Antimilitarista de Ámsterdam. Excelente orador, hizo multitud de giras dando conferencias —sobre todo, con Louise Michel, con quien estuvo en Argelia—. Sus discursos le valieron penas de prisión en diversas ocasiones.

[78] Georges André Roulot, conocido como André Lorulot (1885-1963). Propagandista anarco-individualista hasta 1914. En 1905 es arrestado durante ocho días por haber silbado al paso del coretejo del rey de España y despedido de la imprenta en la que trabajaba. Conoce, poco después, a Albert Libertad, con quien fundará l'anarchie y de cuya dirección se hará cargo tras el fallecimiento del primero. Al terminar la Gran Guerra, evoluciona hacia el comunismo.

[79] 20 de diciembre de 1906.

[80] 28 de marzo de 1907.

[81] Libertad se refiere, como es evidente, a la separación entre las iglesias y el Estado, que había quedado sancionada por una ley de diciembre de 1905. Más en M. Larkin, L'Eglise et l'État en France, 1905: la crise de la séparation, Privat, Toulouse, 2004.

[82] El 13 de julio de 1906 el Parlamento francés votó la llamada Ley Sarrier, que establecía el descanso dominical obligatorio de 24 horas para los obreros y los empleados de comercio. Más en http://www.force-ouvriere.forma/1906/index.asp?dossier=4000&idea=1987 [Cit. 09/03/09].

[83] Edme Piot (1828-1909). Político francés. Miembro de la izquierda democrática y senador. Fue el promotor de una comisión extraparlamentaria sobre la despoblación de Francia, asunto al que además dedicó la obra La Question de la dépopulation en France. Le mal, ses causes, ses remèdes, publicada en 1900.

[84] Jacques Piou (1838-1933). Diputado católico. Fundador de la Action libérale populaire en el año 1901.

[85] Día en el que, desde 1880, se celebra la fiesta nacional francesa. Conmemora la fiesta de la Federación, celebrada, a su vez, en el primer aniversario de la toma de la Bastilla.

[86] 25 de abril de 1907.

[87] 8 de agosto de 1907.

[88] 21 de noviembre de 1907.

[89] Militante socialista del Sena que representó a la Federación en los congresos nacionales de Limoges (1906), Nancy (1907) y Toulouse (1908), después de haber sido delegado del Norte en el Congreso de Unidad (1905).

[90] Louis Armand Matha (1861-1930). Militante anarquista, gerente de la publicación L'En Dehors (http://endehors.org/) y amigo de Émile Henry. Participó también en la creación del Libértaire y del Journal du peuple en la época del asunto Dreyfus. Más tarde participará en la organización de la gira de conferencias de Sébastien Faure y de Louise Michel por toda Francia. Perseguido por falsificar moneda, «afirmaba ser víctima de una maquinación policial» (Jean Grave, Quarante ans de propagande anarchiste, Flammarion, París, 1994, pág. 446).

[91] Ernst Armand (1872-1962). Participante en las Causeries populaires, fue arrestado el 6 de agosto de 1907 y condenado, el 9 de mayo del año siguiente, a cinco años de prisión por complicidad en la emisión de moneda falsa.

[92] Soeur Anne, en el original: nombre de la hermana de la joven esposa de Barba Azul en el cuento de Perrault de igual título. En el momento en el que Barba Azul se apresta a decapitar a su mujer por haberlo desobedecido, Ana se encarama a una torre desde donde espera avistar la llegada de sus hermanos, que salvarán a ambas mujeres.

[93] 26 de diciembre de 1907.

[94] Texto póstumo, 1909.

[95] Henri Harduin, colaborador de Temps nouveaux y del Matin.

[96] Paul Leroy-Beaulieu (1843-1916). Economista y ensayista francés. Se licenció en derecho en París y amplió estudios en Bonn y Berlín. De vuelta a su país, se consagra al estudio de las ciencias económicas y sociales. Fiel a los principios liberales, aunque interesado por la llamada cuestión social, pronto se convierte en el principal representante de una nueva generación de economistas. En 1874 publica De la colonisation chez les peuples modernes, en la que defiende la expansión colonial del imperio francés.

[97] René Armand François Prudhomme, conocido como Sully Prudhomme (1839-1907). Poeta francés al que se concedió el primer Premio Nobel de literatura (1901). Su poesía tardía incorporó preocupaciones de orden científico y filosófico, muy alejadas del sentimentalismo de sus textos juveniles.

[98] San Benito José Labre (1748-1783). Santo de la Iglesia Católica que, habiendo sido rechazado por diversas órdenes religiosas, acabó llevando una existencia de mendigo y peregrino.

[99] Referencia a la parábola evangélica de igual nombre. La parábola de los obreros de la hora undécima se encuentra en el Evangelio según Mateo, Cáp. 20, versículos 1 a 16, y pertenece a las enseñanzas de Jesús en Judea, antes de su entrada en Jerusalén. Los tales obreros son aquellos que llegan al final de la jornada y, sin embargo, cobran el mismo jornal que los que trabajaron durante todo el día. Cuando estos últimos pretenden hacer ver al dueño de la viña la injusticia de semejante proceder, el dueño les responde: «Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo hacer yo con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno? Así los últimos serán primeros y los primeros últimos».

[100] Sistema de organización de los horarios que consiste en la rotación de tres equipos durante ocho horas consecutivas con el fin de asegurar el funcionamiento continuo del mismo puesto de trabajo durante toda la jornada, con excepción de los fines de semana.

[101] Albert Dion (1856-1946). Pionero de la industria automovilística francesa. Junto a Georges Bouton y Charles Trépardoux, creó, en el año 1883, la sociedad de automóviles De Dion-Bouton.

[102] Georges Berry (1855-1915). Diputado por el Sena desde 1893 hasta 1915, doctor en Derecho y abogado. Era un monárquico que se definía a sí mismo como «republicano asociado». Llevó a cabo encuestas sobre la pauperización y presidió diversas sociedades de beneficencia. En 1905, se opuso a la separación de las iglesias y el Estado.

[103] Mujer tocada con un gorro frigio que representa a la República Francesa. Es además la figura simbólica de la madre patria, fiera guerrera y amorosa protectora a partes iguales.

[104] Henri Gauche, conocido también como René Caughi y Henri Chaughi (1870-1926). Aunque de origen burgués, se integró en el movimiento anarquista a partir de 1892. Fue colaborador de La Révolte de Jean Grave y uno de los fundadores de La Revue anarchiste. Por hostigamiento policial, se vio obligado a exiliarse en Bélgica y Holanda en 1894. A su regreso a Francia se convertirá en uno de los primeros colaboradores de Les Temps nouveaux, y seguirá siéndolo durante veinte años.

[105] Étienne Decrept (1868-1938). Co-autor, junto a Charles Colin, de la ópera cómica Maitena (1909) y colaborador del Mercure de France.

[106] Fusil adoptado por el ejército francés en 1887. Fue ampliamente utilizado por la infantería francesa hasta las postrimeriás del Pimera Guerra Mundial y, en menor grado, hasta la Segunda. Recibió su nombre de uno de los miembros de la comisión que contribuyó a su creación: el coronel Nicolas Lebel.

[107] Compuesto químico venenoso que se obtiene mediante la desecación y pulverización de la cantárida, un coleóptero meloidae de color verde. Consumida por vía oral produce irritaciones en el aparato urinario y la erección del pene; de ahí que se tomase, erróneamente, por un afrodisíaco.

[108] Louis Jean-Baptiste Lépine (1846-1933). Prefecto de policía del Sena desde 1893 y, tras un periodo como gobernador general de Argelia (1897-1899), hasta el año 1913. Fue el creador del Concurso Lépine, que cada año premia a los inventores más originales.

[109] Draveil: comuna situada a 19 kilómetros al sudoeste de París. En el verano de 1908, los mineros de Draveil se pusieron en huelga para protesta contra un salario mediocre, en contraste con la dureza de su trabajo; el movimiento fue duramente reprimido por las fuerzas policiales. Los acontecimientos de Draveil llevaron al enfrentamiento abierto entre el gobierno de Clemenceau y la CGT, que salió debilitada del lance. Más en Théo Rival, Juillet 1908: Draveil-Villeneuve, la CGT à l'heure de la vérité (2008), en http://alternativelibertaire.org.